Pellejerías de una separada: Los pros y contras de estar sola. Por Leo Marcazzolo

Hoy cumplí seis meses de separada y no puedo seguir engañándolos: me da una lata soberana quedarme sola. No lo elegí. Me cayó del cielo.

 

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Me siento un poquitito como la Bridget Jones. Así de perdedora. De hecho cada vez que me aparezco con mis dos niños en cualquier parte, todos me quedan mirando con cara de "perdedora". Me tienen chata. Ya está bien, no tuve la mejor de las suertes al separarme, pero ¿por qué cresta me tienen que mirar así?, ¿por qué cresta tienen que ponerle tanto color a todo? Si no es tan terrible, ¿o sí lo es?

El otro día no más, mientras cometía el poco glamoroso acto de afeitarme las piernas, lo pensaba. Pensaba si acaso era verdaderamente tan "delicada" mi situación. Pensaba en los pros, y los contras. Paso a enumerarlos. Pros: 1) Ahora que estoy separada, tengo dos clósets en vez de uno, más espacio para mí; 2) Ahora me puedo pescar al que yo quiera sin remordimiento, (este es un "pro" relativo, ya que como prácticamente no conozco a nadie, no hago usufructo de mi "derecho"); 3) Ahora ya no tengo que andar soportando a nadie que me diga "señora". De hecho cada vez que me lo dicen, les digo: "Demórese un poquitito no más señor, mire que yo soy se-ño-ri-ta".

Pero también están los contras. Paso a enumerarlos. 1) Ahora todas las trasnochadas y las mamaderas nocturnas me las banco yo, antes en cambio, le mandaba una sóla patada al susodicho e iba él; 2) Ahora los hombres me ven como una "mina cacho", antes en cambio, como estaba "ocupada", me veían como una especie de  "placer culpable". 3) Ahora mi mamá me ve tan  "pobre ave", que cada vez que habla de mí, comienza con frases tales como: "Bueno tú sabes, esta niñita, pobre…". ¡Increíble!

Nada qué decir. Sólo esto: después de todas mis reflexiones, sólo me queda reiterar que tras estos seis meses, ya no sé si ando tan bien sola. La verdad es que ya no lo sé. Le digo a todo el mundo que estoy "bien", pero ni yo misma me la creo. Tampoco es que me ande cortando las venas, ni nada por el estilo, (no soy del tipo suicida felizmente), es sólo que andaría mejor acompañada. En estos meses me he dado cuenta. Me he dado cuenta que estar separada es un poco como ser una mesa con tres patas. Uno se sostiene sí, pero le falta el equilibrio. A uno le falta la rutina. Más bien a uno le falta alguien con quien hablar de la rutina. Alguien con quien hablar de esas pequeñas cosas más insignificantes y pedestres, de jugueras descompuestas, de lavadoras que chirrían, de recetas de cocina, de ropa interior barata, de verduras orgánicas, o de cualquier otra menudencia, sin parecer aburrida. Sin parecer decadente, sin parecer desesperada. El matrimonio lo cubre. Un marido lo soporta. Y cuando ya lo deja de cubrir, significa que ya hay que hacer las maletas no más, porque ya no hay cómo revertirlo.

Recién ahora lo comprendo. Recién ahora, después de más de seis meses de separación, he logrado captar la esencia. He logrado comprender que cuando uno está a punto de separarse, a lo que verdaderamente le teme, no es a quedarse sola, sino a la "posibilidad" de quedarse sola para siempre. Eso es lo terrible. La posibilidad de no poder volver a construir esa precaria estructura rutinaria que ya se construyó. Eso es lo que da miedo. La sombra de la soledad que ronda. La sombra de esa soledad, que a veces resulta, simplemente, demasiado lapidaria