Pellejerías de una separada: Un verano destapado en Santiago. Por Leo Marcazzolo

La cosa está feroz. Este es mi primer verano de separada desde hace ocho años, y puedo dar fe. La consigna pareciera ser "tirar, tirar y tirar, que el mundo completo se va a acabar".

 

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Las malditas hormigas invaden mi casa. Por lo que cuentan las fábulas, esto se produce básicamente porque en el verano salen a buscar su comida para el invierno. Uno les echa cloro, pero igual sobreviven. Son cara dura. Pero filo, ¿a quién le importan las malditas hormigas? A mí me dan lo mismo; en realidad sólo las menciono porque me es imposible no ver el paralelismo que existe entre ellas y lo que está pasando en Santiago este verano.

Los santiaguinos, al igual que las hormigas, están saliendo como locos a buscar su comida. La cosa está feroz. Este es mi primer verano de separada desde hace ocho años, y puedo dar fe. La consigna pareciera ser "tirar, tirar y tirar, que el mundo completo se va a acabar". ¿Rico o no? Depende. Todo depende si uno está lo suficientemente blindada o no. Yo, por ejemplo, que soy una grunge atormentada de los 90, separada, dos hijos, de 1.53 de estatura, 52 kilos, hasta el minuto 100% heterosexual, no sé si lo estaré.

A veces pienso que sería rico, pero otras veces no. Me asaltan las dudas. Me pongo a recordar lo que viví de soltera-liberal, y sólo me dan ganas de ponerme un cinturón de castidad bien apretadito y quedarme bien encerrada en la casa. La ley de la selva es la ley de la selva. El sexo por el sexo es sin llorar, y eso hay que entenderlo bien. Porque si uno no lo entiende, después anda puro dando jugo y haciéndose pebre el alma.

Y es que uno no puede andar por la vida saltando de cama en cama y después esperar que la busquen. O autocompadeciéndose porque no la llaman. No se puede. No se puede ser tan mamona y llorar hasta el límite de que se te corra la máscara de pestañas y luego quedar como oso panda hambriento sin su flor. Con los dos ojos bien negros. La imagen podría ser tan triste como un tarro de jurel podrido. Los tiempos cambian, y todas cambiamos. La única pregunta que me hago es si yo habré cambiado realmente. No estoy tan segura. Pero bueno, la cosa es que estamos en Santiago, y como es verano, está lleno de pececillos frescos y listos para tirarse al mar. De hecho una amiga los describe así. Ella está convencida de que el mar y los peces son la mejor metáfora para describir Santiago. Hay de todo: solteros, separados, semi-separados y viudos de verano. Una amalgama de hombres que, según ella, sólo quieren una cosa: sexo. Igualito como la canción de Los Prisioneros, sólo que ahora con más tecnología. A mi amiga le da lo mismo cómo sean; si les gusta, se los lleva ligerito a la cama, y ya.

Sólo les pide dos requisitos: que sean mamíferos que respiren, y que no sean extremadamente religiosos. Porque con los sermones morales ni a la puerta. Y después nunca llora. Nunca. Si le gustó el desempeño los llama de nuevo, y si no, mala suerte no más. Si te he visto no me acuerdo. Total, así es el verano en Santiago. Volátil, urbano y rápido. Mi amiga tiene 25 años, y tal vez por lo mismo puede tomarse las cosas así. Yo, en cambio, tengo 39, y siento que soy muchísimo más huevona. Más bruta. Más buena para hacerme caldo de cabeza. Me hago tanto rollo que finalmente siempre termino malherida. Oculta en un rincón, zamarreando el celular como estúpida, para ver si así me cae un mensaje. Como si de verdad los mensajes "cayeran" del cielo. Como si de verdad no hubiese aprendido nada en estos últimos veinte años. Al parecer hay animales que, pase lo que pase, jamás cambiarán de piel. Yo soy una de esos animales, seguiré por siempre siendo la misma. Una bruta. Una bruta a punto de vivir su primer verano de separada en Santiago.