Diversión

Pellejerías de una separada: el mundo perfecto de Chicureo. Por Leo Marcazzolo

Las madres de Chicureo se han hecho conocidas por su infinita paciencia. La mía es claramente menor que la de ellas. Desde que me separé que ando así, cortita de tiro. Mis hijos lloran y casi no puedo soportarlo.

 

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Esta historia comienza con dos niños. Uno de 4 años y otro de 2, que van con la vista pegada en la autopista. Los niños observan, a través del vidrio, cómo los árboles van empequeñeciéndose uno a uno. Eso hacen, cuentan los árboles y van mareándose cada vez más. Vamos a la Primera Comunión del hijo de una amiga. Mis hijos son los niños que están a punto de reventar. El padre de mi amiga es el que conduce el auto. Vamos a 120 km a Chicureo. En Chicureo todo el mundo maneja así de rápido, y la mayoría de las madres tienen un 4×4. Ruedas altas para cargar muchos niños. Les gusta eso de cargar muchos niños. Las madres de Chicureo se han hecho conocidas por su infinita paciencia. La mía es claramente menor que la de ellas. Desde que me separé que ando así, cortita de tiro. Mis hijos lloran y casi no puedo soportarlo. Las madres de Chicureo lo soportan muy bien. Por las noches los acostumbran a rezarle a la Virgen. A mí también me gustaría acostumbrarlos a rezarle a la Virgen, pero mis hijos prefieren ver televisión.

 

El aire de Chicureo los tiene apunados. Se quejan de dolor de estómago y el padre de mi amiga dice que les falta aire. Este viaje se está enrareciendo cada vez más. Mis hijos se están mareando cada vez más. El padre de mi amiga se niega a bajar la velocidad. Abre la ventana y acelera en la curva. Mis hijos se ponen más blancos. Pálidos, pálidos, pálidos. Y puafff. El más grande revienta. Llora. Emerge su olor. Llama a su padre. Cada vez que tiene un problema, llama a su padre. Su padre me dice que cuando está con él, y tiene un problema, también llama a su madre. Me consuela saberlo. Su hedor es tan fuerte que densifica el aire. Inclusive yo –que soy la madre del "vomitado"–estoy a punto del colapso (me pregunto si seré muy mala madre por estar a punto del colapso). Mi otro hijo también va por la misma. Lo presiento. Olisquea el ambiente. Achina los ojos. Pálido, pálido, pálido. Y puaff. Revienta. Por qué a mí. Por qué en Chicureo.

 

Quisiera no llegar nunca a esa Primera Comunión. Finalmente llegamos. Nos cambiamos de ropa y seguimos oliendo. Parecemos zorrillos. Parecemos tres sobrevivientes de una guerra terrible. Soy incapaz de sobreponerme a mi situación. Nunca en mi vida me había sentido tan paria, tan separada. Creo que Chicureo es el peor lugar del mundo para estar separada. Está lleno de familias felices. La Primera Comunión está a punto de comenzar. Entramos a la iglesia y todo luce perfecto. Impecable, impoluto, menos nosotros. Las familias sonríen. Nos sentamos y el resto de los niños comienzan a preguntarse qué de dónde proviene ese olor. Se tapan la boca. Se tapan las narices. Comienzan a segregarnos porque olemos muy mal. Nos dejan solos en medio de una banca muy larga. Las familias de Chicureo no huelen mal. Salimos. Vemos un gato. Jugamos con él. Y finalmente dejamos de oler. Milagrosamente dejamos de oler. O al menos entre nosotros dejamos de sentirnos tan mal.