Las desilusiones que queremos pero no podemos olvidar. Por Leo Marcazzolo

Cada vez que empieza el invierno comienzan a dolerme los dientes. De manera profunda. El dolor se asemeja a un congelamiento reiterativo de huesos. Es como si estuviese todo el día masticando hielo. Pedazos diminutos de él. Es ese tipo de dolor el que me atormenta, el que me hace retroceder y tragarme un par de aspirinas. Eso me pasa con la llegada del invierno. Eso, y la venida de Canales a mi cabeza.

 

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El ayudante Canales siempre llega a mi mente, como si alguien lo estuviese teletransportando desde el exterior. Mi memoria lo asocia –casi intuitivamente– con el invierno, porque fue en esta estación cuando se presentó en mi vida. De hecho, la primera vez que lo vi fue hace como mil inviernos, cuando llegó con su suéter deshilachado, su cuerpo desgarbado y su mirada extraviada a dar su primera clase de Literatura. Frente a mí y todos mis compañeros.

Desde esa vez que el ayudante Canales pasó a ser imborrable, por su peculiar manera de enfrentar el mundo. Era simplemente una hierba extraña, o que intentaba ser demasiado extraña. Luego yo misma averiguaría que jamás hubo tanta autenticidad en su rareza. Pero eso lo sabría después. Porque, por lo pronto, yo de verdad creía en lo que decía. Él decía ser el lobo, "El lobo estepario", igualito al personaje de Hermann Hesse. De hecho, una vez, un día en que granizaba violentamente, dijo que cuando se leyó esa novela lloró porque se consideró igualito al lobo. Planteó un mini-melodrama en plena clase. Sobre todo cuando remató que tenía el alma tan "desolada" como una "isla de vegetación" en el  desierto. Y luego se quedó mirando por largos instantes a través de la ventana.

El ayudante Canales siempre miraba por la ventana. Sus gestos contemplativos eran indescifrables. Cada dos segundos se introducía en una bruma prácticamente incomprensible y se convertía automáticamente en un misterio. De hecho, nadie sabía por qué hacía lo que hacía; por ejemplo, por qué siempre se quedaba mirando a través de la ventana, mudo como una serpiente. Y tan indescifrable como una llave huérfana de cerradura. Con su mirada extraviada en algún punto difuso del exterior, hablando de literatura y de la gran "travesía" del artista. Porque aparte de lobo, el ayudante Canales también se sentía artista.

Aún logro dibujar su estampa en el cuadrilátero de la universidad, escribiendo con un lápiz Bic en su diminuta libreta de anotaciones. Enclavado como el lobo, sin nadie cerca. Tocado por un poco de la marihuana que se fumó por la mañana. Y yo tratando de saludarlo, de entablar algún tipo de conversación con él, de trascender un poco más allá de la clase de Literatura.

Yo, tan distante. Porque sin darme cuenta me enamoré del lobo. Comencé a vislumbrarlo, a imaginarme cosas. El lobo se metió en mi vida, el ayudante Canales se metió en mi mapa. Tan definitivamente como un tarugo, tanto que un día simplemente decidí que tenía que hacer algo para que me mirara.

El recuerdo aún me provoca náuseas. Ganas de salir huyendo. Los errores siempre provocan náuseas. Quisiera enterrar las partículas de cada uno de los detalles que componen ese día. Como dije antes, el invierno lo trae a mi memoria. Casi simultáneamente con el dolor de dientes. Aún recuerdo que ese día llegué temprano y me senté en primera fila, porque traía un plan. Quería que el ayudante Canales fijara su vista en mí. Pero no lo hizo. El ayudante Canales no clavó los ojos en ningún maldito ser humano. Ni siquiera se percató de mi presencia. Menos aún de mis intenciones. Sólo se limitó a hacer su clase. A hablar de Cortázar hasta desintegrarlo. Terminó de desintegrarlo, y luego se vació su clase. Pero yo decidí quedarme. Por infinitos segundos decidí quedarme, tan quieta como una esfinge, tanto que finalmente me preguntó qué era lo que quería. Me preguntó como desafiante. Tan desafiante que me internó aún más en mi mutismo.

Comencé a sentir la boca seca. Los ojos dilatados. Y unas ganas casi irrefrenables de salir huyendo. Pero inexplicablemente, a último minuto, decidí quedarme y hacer lo que debía hacer: entregarle el paquete. Aún lamento la hora en que lo hice. Aún siento que pude haberme evitado todo. La vergüenza. El minuto patético. Su boca fruncida cuando recibió mi libro, mi ejemplar ajado de "El lobo estepario" del colegio. Porque cuando lo recibió se transformó inmediatamente en otro. En un ser normal. Dejó de ser el lobo. De hecho me dijo que ya no era más el lobo, que "yo" lo había "mal interpretado", porque él era sólo mi "ayudante". Un ayudante que debería haber quedado enterrado por siempre en el olvido.