Diversión

Mi encuentro fortuito con un futbolista. Por Leo Marcazzolo

Me encontré con uno de aquellos famosos futbolistas que juegan fuera de Chile, ovacionado por todos. Uno que sólo nombraré aquí como el "futbolista", porque no vale la pena tampoco andar cahuineando a la gente.

 

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El otro día no más pensaba en que el mundo podía llegar a ser demasiado freak. Me puse a pensar en eso después de un encuentro demasiado bizarro que tuve: un encuentro con un futbolista. Me lo topé casi en pleno casino de Viña. El lugar donde yo, al menos, me he topado con casi toda la gente realmente famosa que me he cruzado en alguna oportunidad de la vida. Nunca he sabido por qué, pero por alguna extraña razón los he visto llegar allí. Y allí mismo los he visto nadando como verdaderos peces en su propia pecera. Mezclándose entre la multitud y confundiéndose entre el ruido de las maquinitas, el ajetreo de las cartas y el murmullo ininteligible de la gente.

Y precisamente allí fue donde me encontré con uno de aquellos famosos futbolistas que juegan fuera de Chile, ovacionado por todos. Uno que sólo nombraré aquí como el "futbolista", porque no vale la pena tampoco andar cahuineando a la gente. O andar sacándole la sangre como si fuera otro murmullo más de la farándula. Pero sí diré que el tipo apostaba como si se le fuera la vida, como un real condenado que estuviera dispuesto a todo por lograr la ganancia. Fichas de mucha plata que exponía como en una verdadera vitrina. Y todo el mundo se lo quedaba viendo, lo buscaba –supuestamente para felicitarlo– cuando en verdad lo único que querían era saber si iba ganando o perdiendo. Para poder calibrarlo. Para poder contentarse así mismos luego de constatar que, efectivamente, un futbolista famoso también podía enfrentar la derrota.

Pero él ni se inmutaba. Más bien como un animal resignado a su vida, simplemente sonreía y continuaba apostando. Nervioso como nadie jugaba al Blackjack. Transpirando con toda la ansiedad del primerizo, y aplicando exactamente la misma dinámica repetitiva que aplicaba en la cancha. Allí golpeaba una y otra vez la pelota, aquí pedía más y más cartas. Casi al filo de pasarse de los 21. En eso estaba imbuido. De hecho, al único que le hablaba era al croupier. Le hablaba al único, de los que estábamos en la mesa, que estaba realmente acostumbrado a su presencia, que estaba de alguna manera "curado de espanto" frente a la gente famosa perdiendo. A él le decía que le trajera la suerte. A él le pedía que le repartiera tal o cual carta, o que le diera tal o cual consejo para ganar. Pero definitivamente la suerte no lo acompañaba ese día.

Ese día simplemente no estaba a su lado. Y él tampoco sabía cómo enfrentar la derrota. De hecho estaba tan desacostumbrado a ella que no podía entender lo que estaba viviendo. Su descontrol era tan evidente que era incapaz de reprimirse, para no llamar la atención. Porque de hecho maldecía como nunca nadie lo hubiese creído. La mesa completa lo estaba mirando, anonadados con su reacción. Quizás ni la más pitonisa de todas las mentes podría haber adivinado nunca en qué estaba verdaderamente metido. En qué estaba verdaderamente pensando. Habría sido prácticamente imposible saberlo. Yo sólo lo miraba desde mi esquina. Como una espectadora más de su derrota. Hasta que de pronto sucedió lo increíble.

Hasta que de pronto alguien habló. Un caballero calvo, que también estaba allí, y que se había mantenido inmerso- por un lapsus demasiado largo- en su mutismo, decidió tomar la palabra. Lo quedo mirando reflexivo y le dijo, que "había veces en la vida, en que uno simplemente necesitaba perder para poder aprender". Y se lo dijo con tal intensidad, que al futbolista, ni siquiera le quedaron ganas de responderle. De hecho sólo se limitó a pedir más cartas y asentir con la cabeza. Insólito. Pero más insólito aún, me resultó pensar, en lo freak que pudo haber llegado a ponerse ese momento.

El asunto ciertamente podría haber terminado peor. El futbolista ciertamente podría haber hecho cualquier cosa. Desde insultar al calvo hasta pegarle. Pero no lo hizo por algo. Porque de alguna manera-creo yo- le encontró algo de razón. Y es que a veces en la vida, se hace simplemente imprescindible experimentar la derrota. La derrota para aterrizar al mundo de los vivos. El mundo de los vivos, cohabita rodeado de ella. Tengo una amiga, por ejemplo, que está desde hace cinco años, tratando de embarazarse y todavía no lo logra. Y cada vez se siente más miserable. Y cada vez se siente más parecida a un cuenco vacío. De hecho cuando ve el signo negativo del maldito test, sólo le entran ganas de entrar a un pozo y enterrarse viva.

Insólito. Aunque más insólito aún me resulta el miedo. Más insólito aún me resulta vivir temiéndole a la derrota. Tengo otro amigo por ejemplo, que le tiene tanto miedo a ella, que vive amargado por la mínima probabilidad de llegar a sentirla. Y por lo mismo prácticamente no experimenta nada. Pero yo me rehúso a ser como él. Tan terminantemente que digo, que más vale enfrentarse cara a cara la vida, que cuidarse tanto de no vivir la derrota.