La historia del hombre con dos mujeres y la señora bulto. Por Leo Marcazzolo

Muchos de los "bultos" humanos que pululan por allí ni siquiera se percatan de que se han convertido en uno. Sólo viven el día a día, hasta que algo los sacude.

 

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Raymond Carver decía que una pareja sencillamente no puede ser feliz si uno de los dos, a lo largo del tiempo, se transforma en bulto, en un objeto inanimado, mudo e inerte, que sólo está allí respirando y ocupando espacio. Raymond Carver decía esto porque, básicamente, a lo que más le temía era a transformarse en uno. Para él hubiese sido simplemente patético.

Aunque para muchos de los "bultos" humanos que pululan por allí, su realidad les es completamente ajena. La mayoría del tiempo ni siquiera se percatan de que se han convertido en uno. Sólo viven el día a día hasta que algo los sacude, hasta que algo los remueve lo suficientemente fuerte como para sacarlos de su inercia. Y es en ese momento –y no en otro– cuando recién despiertan, cuando dejan de ser "bultos" y vuelven a ser personas. Personas que muchas veces chocan, como contra una roca, con una realidad de la cual estuvieron por demasiado tiempo ausentes. Casi como el caso de un par de tíos díscolos de mi familia, la tía Amelia y el tío Juan Pablo. Lejos el matrimonio más disfuncional de mi familia. La cruza imperfecta entre la mujer "bulto" y el hombre con dos mujeres. Porque después se descubriría que el tío Juan Pablo era justamente eso, un hombres con dos mujeres.

Pero eso se sabría después. Antes, en la prehistoria de eso, para todos los que los frecuentábamos siempre, ellos sólo conformaban otra pareja disfuncional más, en un universo de muchas. Aún recuerdo cómo se miraban cuando venían a mi casa, la forma en que se movían y cómo cruzaban el umbral. Ella siempre venía caminando un par de pasos atrás de él. Como un bulto. Con la cabeza gacha y el cuerpo pesado. Lacónica. Los pies le retumbaban en el piso. Y además nunca lo miraba, nunca le hablaba, y era poco y nada lo que se reía de sus chistes. En cambio, él sí se reía de sus chistes. Ella sí le importaba a él. Su figura sí existía. Quizás con un poco de culpa, pero al menos, existía. Tanto que inclusive a veces, sin siquiera darse cuenta, él clavaba sus ojos en ella y le reflejaba cariño. La miraba con amor fraternal. Como un padre mira a una hija, o como un hermano miraría a su hermana. Aunque ella hasta el último minuto siguió siendo fiel a su indiferencia.

De hecho, sólo cambió después, en el minuto mismo en que se revolvió todo, en que se vió realmente amenazada. La amenaza fue lo único capaz de cambiarla, de hacerla salir de su estado. Y es que hay veces en la vida en la que sólo un terremoto obliga a salir a la gente afuera. Un terremoto lo suficientemente fuerte como el que vivió mi tía la mañana del sábado en que se destapó la olla, en que se enteró de todo, en que finalmente descubrió que el tío Juan Pablo le había sido infiel por más tiempo del necesario.

Recuerdo que esa mañana comenzó temprano. Con un viento tibio, comienzo irrevocable de una mala mañana. Me sería imposible relatar aquí todos los detalles de aquello, pero de lo que sí me acuerdo es que fue la más inocente de las llamadas la que finalmente encendió la mecha.

La llamada de un niño al teléfono fijo de la casa de la tía Amelia preguntando por su "papi". Un niño que claramente no era el hijo de la tía Amelia, pero que igual insistía en hablar con su "papi" porque era el único que podía consolarlo en ese momento en que se sentía tan triste por la muerte de su ardilla. Tanto que no pudo frenar su impulso por marcar el único teléfono que nunca debió haber marcado en su vida. El único teléfono que su "papi" le había dado para los casos de ultra "emergencia". Porque su "papi" resultó ser nada más ni nada menos que el propio tío Juan Pablo, y por esa misma razón, ese teléfono estaba prácticamente prohibido, como se enteró la tía Amelia por la propia boca del niño. Como también se enteró por él de otras verdades aún más sorpresivas. Como que el tío Juan Pablo había iniciado esa relación inclusive antes de que comenzaran los problemas, antes de que la tía Amelia se transformase en "bulto", ya que estaba con la madre del niño más de diez años.

Pero lo más sorpresivo de todo no fue eso, sino la reacción final de la tía Amelia. Después de que supo todo, inexplicablemente se transformó en otra. Dejó automáticamente su estado de bulto y se pasó al odio. Un odio tan grande que sólo logró superarlo cuando consiguió borrarlo. Borrar definitivamente al tío Juan Pablo.