La historia del taxista bizarro. Por Leo Marcazzolo

Un taxista me embaucó con la historia más extraña que haya alguna vez oído. Una con tintes de ficción, humor negro y cierta dosis de malicia.

 

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Hay algo recurrente en este tipo de episodios: una mujer sentada en el asiento trasero de un taxi, y un taxista que le habla y le habla, aunque ella jamás le haya pedido nada, ni una historia, ni una opinión, ni menos aún un comentario.

Eso ocurre siempre bajo el cielo gris de esta ciudad. O al menos es lo que me ocurrió a mí el otro día, cuando un taxista me embaucó con la historia más extraña que haya alguna vez oído. Una con tintes de ficción, humor negro y cierta dosis de malicia. En realidad, con bastante dosis de malicia. Porque lo único cierto fue –o al menos lo único que puedo asegurar– que en aquella oportunidad, aquel taxista no le hizo el quite a lo perverso. Imagínense que partió exponiéndome su teoría sobre los "cornudos", y terminó adentrándose en el drama más tórrido de un suicida. Insólito. El drama de un suicida, que no era nada más ni nada menos que su propio cuñado que, según él, andaba por la vida con "la mala suerte de arrastrar la mala suerte".

"¿Y qué significaba exactamente eso?", le pregunté con ingenuidad. Y él sólo se limitó a responderme lo predecible. A decirme que había gente que en este mundo simplemente no le acertaba a ni una. "A nada", recalcó al volante taxativo, y luego se mandó un bostezo con el cual casi termina tragándome. Un bostezo que significó mucho más que cualquier bostezo, porque con él me demostró definitivamente que sentía un desprecio especial por los cornudos. Si no, ¿por qué hubiese bostezado así? De esa manera, como tragándose el mundo y elevando los ojos al cielo. Porque no sólo quería dejarme en claro su desidia, sino también demostrarme que sentía tan poco respeto por su cuñado que lo hubiese atropellado allí mismo. Sin pena ni gloria. Porque además me dijo que era un imbécil por haberse dejado "gorrear" así. Y me lo dijo con tanto odio que luego de escucharlo sólo pude pensar en su mala suerte, en su historia, en él y en todos los que se movían con su misma mala suerte. En toda esa masa humana que respiraba el mismo aire enrarecido de la gente feliz, y que al igual que el cuñado cornudo del taxista, simplemente no le acertaban a nada. Que simplemente se levantaban en la mañana con un propósito, y luego, después de haber vivido un día infernal, tenían que conformarse con otro muy distinto, con otro que era, a todas luces, peor.

Como el mismo cuñado del taxista reiteró. Como aquel cornudo que se casó con una mujer que jamás lo quiso, que jamás lo cuidó, que jamás le sirvió ni una taza de té con leche, ni un trozo de pan con tomate. Que jamás le preguntó ni por sus días ni por sus noches. Y que al final, al igual, que las canciones más negras de Juanes, sólo supo darle la peor de las vidas. Una vida tan negra que –según el propio taxista– invariablemente lo condujo al suicidio. A uno frustrado. Porque justamente lo más increíble de esta historia es eso; que la decisión que finalmente termina tomando el cornudo, después de haber descubierto que le han sido "infiel"  por toda la vida, resulta ser que es mejor castigarse a sí mismo que abandonar a su mujer. ¿Y por qué lo decide? Ni el propio taxista lo sabe. Él sólo puede hablar de los hechos. Del hecho de que una tarde lo encuentran, finalmente, con una dosis abismal de veneno para ratas encima, y con cara de nada.

Y lo más increíble de todo es que la historia comienza de la manera más mecánica de este mundo. Un evento, simplemente, desencadena el otro. Al parecer todo comienza cuando al cornudo una vecina le viene con el cuento. Y él se lo cree. Tanto que al día siguiente ya sabe cuál será su destino. Se lo cree y no duda, básicamente porque –según le comenta al propio taxista después– él ya tenía sus sospechas fundadas. Al nivel que en esa oportunidad se convence rápidamente que lo mejor será proceder y quedarse callado. Planear su estrategia solo. O su no-estrategia solo. Comprar una maldita lata de raticida, verter la mitad del contenido en un plato hondo de lentejas cocinado por su propia mujer, y después pasar a mejor vida. Todo perfecto. Más bien todo hubiese resultado perfecto si no hubiese sido por un maldito detalle: fue justamente su mujer quien le salvó la vida. Quien después de habérselo encontrado completamente "envenenado", y tirado en el suelo con convulsiones, lo llevó a un hospital y lo salvó. "¿Y todo para qué?", me preguntó el taxista con desencanto, para terminar de aclarárselo a sí mismo: "sólo lo había hecho para humillarlo. Para darse el gusto de seguir humillándolo por siempre, bautizándolo con el peor sobrenombre que pudo haber craneado alguna vez en su vida. El sobrenombre de "ratón Mickey", porque justamente fue un veneno para roedor y no para otro animal el que finalmente ocupó para tratar de desaparecer de este mundo".