El amor en los tiempos modernos. Por Leo Marcazzolo

Hay algo que me molesta de los tiempos modernos. Es como una especie de espina que tengo atravesada dentro.

 

Imagen foto_0000002220130523091145.jpg

Me perturba, por sobre todas las cosas, que a veces simplemente sea mal visto decir "te quiero" luego de que uno se acuesta por primera vez con alguien. Si uno lo dice, automáticamente se quema. Se produce un silencio incómodo, no se sabe qué responder, se cae en una especie de saco roto, de dimensión desconocida. En la dimensión de la gente "afectada", porque "afectada" es la nueva palabra para denominarlos a ellos, a los bichos raros que se atreven a decir, "te quiero". Porque decirlo es lo mismo que cometer pecado mortal. Es equivalente a acostarse con alguien y después transformarse en culebra. Porque lo correcto, lo que habría que hacer, sería quedarse callada y comportarse como si nada hubiese pasado. Como un cool de verdad. Como si nada importase mucho. Y eso es quizás lo más difícil de todo: tragarse las palabras, vestirse rápido y cerrar la puerta con una sonrisa. Eso es lo que dictan los tiempos modernos.  Aunque una quisiera que todo fuera distinto.

Aunque una quisiera haber nacido menos egocéntrica y así poder tomárselo con mejor cara. Porque a mí me traiciona el ego. Porque mi ego, a veces, se resiente tanto cuando alguien me trata como si no me hubiese visto ni en pelea de perros después de haberse acostado conmigo, que me darían ganas de ahorcarlo.  Yo quisiera que todos se enamorasen de mí. Desde chica que así funciona mi cabeza.

Desde chica que aspiro al sueño siútico de convertirme en la Pitufina para que todos los Pitufos desgraciados comiencen a girar en torno a mi casita de la aldea. De esa forma opera mi mate. Me acuesto con alguien y, salvo que haya sido muy desastroso en la cama, me gustaría verlo de nuevo. Esa es mi realidad. Como así también es la realidad de mi amiga Maida, que ya está tan desconcertada con los hombres de este mundo que el otro día no más me confesó que está a punto de convertirse en lesbiana. Al menos así tendría más chances de una relación "segura". El problema es que le siguen gustando los hombres, pero igual no puede llevarse con el ritmo de los tiempos modernos. La pobre no entiende nada, no calza con el ritmo del "touch and go". No entiende, por ejemplo, el acto de acostarse con un tipo y que después ese mismo tipo la vea en otra parte y se comporte como un fantasma. Como si nada hubiese pasado.

El otro día no más le ocurrió, y sólo atinó a ponerse a llorar. Se encontró con un tipo en una fiesta con él cual ya se había acostado hacia más de un mes en otra reunión y, como no la pescó, cuando esa noche volvió a su casa, armó tal tragedia que inclusive se desconoció a sí misma. Y eso que el tipo ni siquiera le había gustado.

Y eso que todo, después ella misma se lo confesó, se había gatillado por un asunto de ego. Únicamente por ego. Porque aunque el tipo la había saludado amable esa noche, igual al final prefirió quedarse con otra. Y eso, a gusto de la Maida, fue sencillamente imperdonable, porque nunca en su vida estará de acuerdo con que un tipo la vea pilucha y después se haga el desentendido. Porque para ella eso es simplemente demasiado rancio. Tanto como que le reciten un rosario lleno de garabatos en el propio frontis de su casa.

De hecho la Maida es tan enchapada a la antigua que ni siquiera se atreve a pedir un teléfono… Si el tipo no tiene la iniciativa de pedírselo, simplemente se despide calladita, y se traga la bala pasada. Siempre lo ha hecho así, y esa ha sido su regla de oro. Como también, luego de concretar el acto, ponerse a mirar soñadora y contra todo pronóstico llegar y decir "te quiero". Sea cual sea el galán. Y sea cual sea su suerte. Porque después de que lo ha hecho, invariablemente, siempre se ha echado encima toda la mala suerte.