Día de la Madre tardío... Por Leo Marcazzolo

Desde que tengo conciencia, para el Día de la Madre sólo he visto desfilar por televisión a una seguidilla de madres perfectas. Postales impolutas de adultas y niños que, simplemente, no pertenecen a este mundo. Postales que podríamos resumir en las siguientes escenas, a mi criterio, las más trilladas.

 

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Primera escena: mujer de cutis terso y vientre plano, recibiendo su guagua recién nacida perfecta, en una sala de maternidad. Segunda escena: mujer siendo despertada por su propio hijo, que le salta encima insistente y horrorosamente a las siete de la mañana de un día domingo y, a pesar de eso, ella sonríe. Tercera escena: mujer partiéndose el lomo, levantando todos los ingredientes de repostería desparramados insensatamente por su pequeño diablillo en la cocina y, a pesar de eso, también sonríe.

Increíble. Tres escenas que se repitieron tan insistentemente en los días previos al Día de la Madre, que ya se han convertido en clichés. Verdaderos clichés que tienen tan poco que ver conmigo, que inclusive hasta podría llegar a erradicar dicha celebración de mi vida. Y es que ni yo ni mi madre nunca hemos representado eso. Nosotras hemos sido, definitivamente, más malhumoradas. Yo, por ejemplo, soy básicamente errática. Soy de ese tipo de madres que se ven superadas continuamente por la situación. La locomotora de la vida, como dirían algunas viejas del camino, simplemente me absorbe. Llego a tocar el surrealismo con mi inoperancia. Para el terremoto pasado, por ejemplo, como se cortó el agua y no hallaba cómo prepararle la mamadera a mi hijo, no hallé nada mejor que hacerle la leche con el agua reciclada de mi propio guatero, provocándole tal rechazo -debido al sabor a caucho que adquirió- que el niño estuvo por más de un día sin comer. Insólito.

Hasta yo misma me sorprendo, a veces, de mi falta de sentido común. De mi falta de conciencia. Aunque, por otro lado, cada día estoy más convencida de que la falta de conciencia también significa ser madre. Los errores también son parte del crecimiento de los mamíferos. Las madres andamos básicamente mareadas por la vida. La vida avanza un centímetro más adelante que nosotras, deja de ser nuestra cuando nos convertimos en madres. Todo. La cama, el tiempo, las mañanas, las tardes, las noches, los crepúsculos, los amaneceres, la comida buena, la comida mala, el chocolate y hasta la ropa. Todo tiene que ser compartido.

Y compartir a veces molesta. Molesta, porque ser madre también significa ser egoísta. Aunque el egoísmo sólo sea capaz de asumirse con culpa. La culpa en una madre es tan persistente como una polilla que revolotea en torno a una luz. No cesa nunca. Una es culpable de todo. Hasta cuando el pipí sale más hediondo. Pero, en especial una es culpable cuando asume que definitivamente el egoísmo es parte de todo. Esa es la mayor culpa de todas. Al menos, yo he sentido esa culpa. Yo he mirado a mis hijos por largo rato, y he pensado que me gustaría que permanecieran detenidos en el tiempo por siempre, y eso definitivamente es ser egoísta. Porque los hijos no son araucarias. Porque los hijos también tienen que crecer, cambiar, dar portazos y dar gritos. Porque ambicionar aquello es ser egoísta.

Como Debby Reynolds, que pensaba que su hija Carrie Fisher debía mantenerse niña por siempre para que ella no se sintiera más vieja. Y eso para que la gente no le calculara los años, para que nadie intentase traducir sus arrugas en tiempo. Porque ser madre también significa ser vieja. Hacerse cada día más vieja. Pero no por ello más sabia. Aunque a mí, de vieja, confieso, sí me gustaría ser sabia. Sí me gustaría proyectar mi futuro con una imagen idílica. Sí me gustaría verme como una mujer de más de setenta años, delgada y con salud, sentada en la terraza de su departamento antiguo, esperando la llegada de sus hijos adultos. La llegada de ellos. Y el sonido de sus pisadas al entrar a la casa. Y el eco de sus voces al pedir un vaso de algo. Y la mueca de fastidio porque hace calor. Y el gesto de alegría por una niña nueva que han conocido. Y el brillo de nostalgia por encontrarse con un objeto que los lleve al pasado. Y la rutina de mantener una conversación banal. Y el quiebre de la rutina por comenzar una discusión importante. Y que todo eso, y un montón de cosas más que ahora no logro imaginar, ocurran frente a mis ojos. En un día cualquiera, y no necesariamente en el día de las madres perfectas.