Diversión

El gordo que flotaba... ¿Conoces a alguno? Por Leo Marcazzolo

He comprobado que hay veces en la vida en que los gordos flotan, tal como si fueran verdaderas boyas. De esas boyas naranjas fluorescentes que uno se encuentra en el mar y que, aunque uno intente aplastar, permanecen intactas como monos porfiados. Sobre la marea quieta e inmóvil, como si fueran globos...

 

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Igual que un gordo que conoció una amiga. Un gordo que a pesar de parecer inofensivo, era como la peor lastra de este mundo. Como uno de esos tipos que esconden su súper yo con la máscara más inocente, antes de que los descubran. Como uno de esos tipos que pretenden ser osos de peluche, pero no son más que serpientes. Serpientes manchadas por la vida, a punto de destilar todo su veneno. Un veneno tan fulminante como terrible, tan tóxico como el que conoció mi amiga. Mi amiga que conoció a un gordo y luego terminó completamente arrepentida, como si hubiese vivido la peor de las resacas, de esas (describió después) que no dejan ni huella ni final.

Al parecer el gordo apareció una noche en que ella andaba vulnerable. Casi como una torta blanca de cumpleaños, como un edificio a punto de caer. Al nivel que el gordo la vio y de inmediato se trenzó con ella. Tocaban un tema de The Cure y a partir de allí se dio el punto de partida. Bailaron, y a las dos horas ya estaban en la casa del gordo hablando de la vida. Pero más que nada del trabajo que realizaba el gordo por las noches. Porque a mi amiga le interesaba mucho, lo suficiente como para engancharla, para sortear su grave sobrepeso, para olvidar sus noventa kilos y su mirada del mundo a la redonda. Porque a pesar de mirar el mundo así, el gordo era definitivamente el mejor Dj de la ciudad. Bastaba con que pinchara un disco para olvidarse de su apariencia. Las luces de la noche y la música lo cubrían todo. La tarima y el espectáculo lo volvían invencible. Tan formidable como uno de aquellos hombrecillos de Marvel que tanto le gustaban. Casi como para caerle encima. Casi como le cayó mi amiga.

De hecho, mi amiga cuenta que luego que se conocieron todo sucedió de la manera más rápida de este mundo. De pronto estaban en el living y después ya habían pasado al dormitorio. Y en el dormitorio el gordo se había dejado envolver por tal lentitud que había pasado a ser sólo un gordo. Allí no era más Dj. Apenas comenzó a moverse empezó a mutar en un tipo extraño de animal marino, uno por lo demás bastante perezoso, lo suficiente como para parecer mohai. Igualito a uno de esos que alegran el pasto verde de la isla. Como esos que no se mueven ni con una roca, ni con un asteroide, ni mucho menos con mi amiga. Y para empeorar aún más la situación, absolutamente mudo. Con la boca sellada a pesar de los vaivenes y las circunstancias. Al nivel que mi amiga tuvo que hacerlo todo, porque el gordo no se dio ni por enterado.

De hecho, sólo se despertó a la mañana siguiente producto de la resaca. No producto del cadáver tibio de mi amiga. Porque mi amiga luego del gordo se sintió tan a punto de quebrarse como un cadáver. Tan invisible como la estratósfera, como si nunca se hubiese materializado, verdaderamente, en esa cama. Y lo peor de todo es que el gordo se lo dijo. Le dijo que las cosas no habían andado bien. Que ella había andado mal. Y ella le respondió que no había sido por su culpa, sino del gordo que había mutado de Dj a animal marino.

Y mi amiga se lo repitió cuando eran casi las ocho de la mañana, y el gordo no encontró nada mejor que despedirla, destilando todo su veneno. Sacando a la luz a la serpiente que llevaba dentro. Diciéndole que se tomara cualquier micro. Cualquiera, pero que saliera lo antes posible de su casa. Como la peor de las presencias, como si el gordo no hubiese sido nada más ni nada menos, que otra de sus resacas. Una boya que flotaría por siempre lo más lejos posible de la orilla.