¿Sabes lo que es andar sobre arenas movedizas? Por Leo Marcazzolo

La sensación de andar caminando por arenas movedizas debe ser lejos la peor sensación en el mundo...

 

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A uno como animal terrestre le gusta el suelo firme. Lo inmutable. Lo que no se mueve y no cambia. Y es que desde que uno es chica, lamentablemente, a uno le enseñan a amar eso. A no ser aventurera. A no desafiar la estabilidad. Los trabajos con contrato indefinido y los matrimonios.

Sobre todo los matrimonios. La institución que supuestamente debe perdurar para toda la vida, cueste lo que cueste, duela lo que duela, sangre lo que sangre. De lo contrario uno pasa a ser perdedora.                                                                                                                                       

Y no hay peor cosa en este mundo que ser perdedora. Que vivir con esa sensación de vacío. Esa sensación de fracaso. Un amigo mío la experimentó hace poco y casi no pudo soportarla. Cuenta que una mañana -luego de varios días después de haberse separado- simplemente se despertó con esa imagen terrible en la cabeza: él solo y desnudo en un estadio lleno de hinchas mirándolo. Así de horrible. Se tomó su jugo de naranja y después se puso a caminar bajo el cielo gris de Santiago. Apenas avanzaba, y mientras lo hacía, sentía cómo literalmente una lluvia de asteroides le caía encima. Pero lo peor de todo no era eso, era que aunque tenía la firme certeza de que la lluvia cesaría en algún momento, igual vivía con la sensación permanente de que ésta no acabaría nunca. La incertidumbre lo mataba. Lo mataba -básicamente- porque ya había comenzado a caminar por arenas movedizas.

Como otra de mis amigas. Una que acaba de comenzar a hacerlo y casi ni lo soporta. Dice que hay días en que sencillamente el suelo se le parte a pedazos. Tanto que amanece mareada. Mareada y con sensación de fracaso. Y todo eso porque su marido -que ya lleva más de veinte años casado con ella- hace un par de meses no más que se atrevió a decirle que "ya no sabía si la quería tanto como antes". Y a partir de esa frase cagó. A partir de ahí -asegura mi amiga- perdió todas sus convicciones. Los cuatro troncos que la habían mantenido tiesa por siempre, de pronto se le habían convertido en una débil gelatina. Fue como si de un día para otro -repentinamente- le hubiesen quitado a su Dios. Y no precisamente porque sintiera una devoción tan especial hacia su marido, sino más bien, porque tras esa frase, ella sabía que se escondía algo muchísimo más profundo. Algo como la posibilidad del cambio. La inquietante inestabilidad que atemoriza. O que al menos la atemorizaba a ella.

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