El problema de los sostenes. Por Leo Marcazzolo

A medida que fui creciendo, todos fueron desencajando conmigo. Mi cuerpo simplemente comenzó a no acondicionarse a ese tipo de prendas.

 

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Aunque ustedes no lo crean, el asunto de los sostenes siempre fue un tema en mi vida. La verdad sea dicha, nunca logré encontrar ninguno que me calzara perfecto. A medida que fui creciendo, todos fueron desencajando conmigo. Mi cuerpo simplemente comenzó a no acondicionarse a ese tipo de prendas. Inclusive, hasta llegué a pensar -a veces en la penumbra de mi locura-  que mis pechugas podrían hasta haber salido falladas, como con una especie de repelente contra corpiños. Increíble.

Porque a pesar de que mi trivial problema aún ni se acercaba a uno real, todavía no veía ni luces de retorno. Y es que todo comenzó en mi cumpleaños. Cuando cumplí once y la brutal tía Nancy -que era mi tía menos querida por ese entonces- prácticamente me obligó a comenzar a usarlos. Aún lo recuerdo. Una tarde fría de septiembre.

Por ese tiempo, todo solía ser más a sangre de pato que ahora. Los adultos -por ejemplo- siempre opinaban cosas malas de los niños que no eran sus hijos. Siempre. Simplemente, se sentían con ese derecho. Con ese privilegio adquirido por el sólo hecho de haber entrado en la edad adulta. En especial, la brutal tía Nancy. La brutal tía Nancy que, en ese undécimo cumpleaños mío, fue más descarnada que nunca. Lo recuerdo como si fuera hoy. Recuerdo que arribó algo tarde a mi casa. Recuerdo el bullicio de toda la chiquillada y ella, que venía con el pelo todo revuelto y tan mal vestida como siempre. Con sus clásicos jeans ajustados que la hacían lucir tan corta de tiro como una anciana, combinado con un suéter medio rosado completamente percudido. Verla era macabro. Se veía enteramente mal hecha. Tanto, que hasta llegaba a llamar la atención.

Más aún porque gritaba. Vociferaba como barraco que me tenía una sorpresa. Y todos los niños corrían tras su voz. La perseguían como pequeñas hormigas ávidas de azúcar. Los niños morían ante la curiosidad de la palabra "sorpresa". Además, porque mi brutal tía los avivaba aún más, diciéndoles una y otra vez que para ellos estaba prohibida. Y recuerdo que yo también estaba allí, yo también como la protagonista de esos niños. Como una cumpleañera más, que miraba confundida y taciturna el espectáculo de su propia fiesta. Porque aquello no era otra cosa que un brutal espectáculo.
                                                                                                                

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