¿Somos realmente los esclavos de nuestros hijos? Por Leo Marcazzolo

Mi peluquera me dijo que los padres de hoy eran los verdaderos esclavos del mañana. Los esclavos de sus hijos. Yo la escuché y la encontré francamente "amargada". ¿Cómo era posible que describiese de forma tan cruda la realidad?

 

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El otro día no más escuché algo en la ciudad que me quedó dando vueltas en la cabeza. Me dejó absolutamente consternada. Mi peluquera me dijo que los padres de hoy eran los verdaderos esclavos del mañana. Los esclavos de sus hijos. Yo la escuché y la encontré francamente "amargada". ¿Cómo era posible que describiese de forma tan cruda la realidad?, ¿Cómo era posible que alguien se atreviese a elucubrar una teoría tan iconoclasta sobre sus propios hijos? Y luego a pesar de su resentimiento, logré entender de qué se trataba. Logré entender que toda su amargura nacía del caos, del descontrol. Del descontrol de no poder dominar a un pequeño monstruito que era infinitamente más diminuto que ella. Así estaba su mundo. El mundo estaba más equivocado que nunca, decía.

Mientras, seguía insistiendo en que los hijos eran los que verdaderamente mandaban. Los que hacían y deshacían sólo moviendo el dedo meñique del pie. Niños convertidos- de la noche a la mañana- en pequeños dictadorcillos reguladores de unos aterrados progenitores.

Así eran las cosas, según mi peluquera, que era realmente capaz de levantar un edificio con toda su ira. Una ira lo suficientemente fuerte como para tirarme el pelo y hacerme morisquetas de nerviosismo frente al espejo. Y eso que yo no tenía nada que ver. Y eso que yo sólo estaba ahí -como enterrada con neopren en su silla- esperando mi corte. Pero igual, me tuve que bancar su perorata. Y es que, al parecer, su niño monstruo de 10 años había hecho de las suyas. Hacía sólo una semana que había sido insolente y atrevido, únicamente motivado por su irrefrenable codicia. El niño era codicioso. El infante quería -según él más que nada en el mundo- el celular de moda, y como ella sólo le había podido comprar uno modesto, (sin ninguna función cibernética por supuesto), el niño le había librado un escándalo. Y eso que ella mil veces le había explicado que con su exiguo sueldo no podía.                                                                                          

Pero el pequeño dictadorcillo seguía gritando. El pequeño dictadorcillo gritó hasta más no poder. Se convirtió en un verdadero "Chuqui" diabólico, repitiendo una y otra vez que su "mamá no lo quería" y que si verdaderamente lo quisiese, "sacaría el maldito aparato en tres cuotas". Así de materialista. Pero más insólito aún me resultó, cerciorarme esa vez, del acabado conocimiento del mercado que tenía ese niño. Y es que a pesar de que aún no aprendía ni siquiera a dividir, ya era capaz de conceptualizar lo que significaba endeudarse. ¿A dónde íbamos a ir a parar con esta nueva generación? Me pregunté para mis adentros,  mientras la peluquera me vio tal cara de estupefacción, que igual tuvo que aclararme que quería a su hijo.

                                                                                                                                                                             
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