Dime qué traje de baño usas, ¿y te diré cómo eres? Por Leo Marcazzolo

Recuerdo que mi pequeña tragicomedia veraniega comenzaba en el instante mismo en que intentaba traspasar el umbral de la pequeña tienda de trajes de baño donde íbamos todos los años con mi mamá a cumplir siempre el mismo ritual.

 

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Cuando era chica el verano tenía sólo una significación para mí. Significaba completos. Los completos que nos comíamos en la playa, rodeados de un ambiente festivo, en una mesa de lo más rústica, cubierta por un mantel verde, completamente de plástico. Allí se engullían los completos, como un verdadero ritual. Con todos los ingredientes sobre la mesa, puestos en los mismos recipientes de siempre. Con un protocolo inalterable. Porque en la playa nada variaba. En la playa la palta iba siempre en el pocillo rojo de la palta, el tomate iba siempre en el pocillo de vidrio y la mayonesa, bueno la mayonesa, en un dispensador –que hoy parecería del siglo pasado– un tubo delgado idéntico a una pasta de dientes.

 

Y todo aquello rodeado de un ambiente festivo, reitero. Porque los completos se comían en el minuto mismo en que llegábamos, y ese minuto era festivo porque marcaba el inicio de las vacaciones. Del verano, el sol y la arena. Pero por sobre todo el inicio de los trajes de baño. De la temporada de trajes de baño. Mi odiosa obsesión de esa época. Y es que toda mi euforia del arribo y los completos se disipaba al mismo tiempo que empezaba la hora de los trajes de baño. Y es que hasta hoy me es imposible precisar, realmente, qué diablos sentía al momento que intentaba comprarme uno.

Era una mezcolanza de sensaciones. De sensaciones que me hacían verdaderas trizas el estómago. Tan desagradables que hasta hoy las recuerdo. Recuerdo que mi pequeña tragicomedia veraniega comenzaba en el  instante mismo en que intentaba traspasar el umbral de la pequeña tienda de trajes de baño donde íbamos todos los años con mi mamá a cumplir siempre el mismo ritual. Con los ojos inquisitivos de la vendedora de siempre, delgada y bronceada, que me miraba más arriba de la nariz. Porque se creía con derecho a poder hacerlo, porque su soberbia la hacía ser una persona casi no perteneciente a este mundo. Una raza. La representante de la raza del verano. De las flacas que se creen las dueñas del universo, precisamente porque el verano es la temporada en que mágicamente se hacen poderosas. Al nivel de sentirse en lo políticamente correcto mirando en menos a las gordas. Y como yo era gorda –como una verdadera pelota de fútbol– la vendedora se sentía con todo el derecho del mundo a tratarme mal. Y yo debía soportarla.

Soportar su indiferencia. El látigo de su indiferencia. Porque ésta llegaba a ser casi un mal bicho. Al nivel de mirarme con cara de simio regañado, a veces hasta a negarse a mostrarme un producto. Lo recuerdo como si fuera hoy. Cuando le pedía cualquier traje de baño me quedaba mirando directo a los ojos y luego me decía que "no existía para mi talla". Con ese descaro. Y con esa desidia.

Pero luego yo era peor. Le decía que no fuera floja y que me mostrase cualquier cosa. Y se lo decía con tal determinación que hasta la dejaba temblando. Porque en ese caso se cumplía al pie de la letra la máxima de las flacas. Una que es completamente infalible. Que las flacas, sean como sean, siempre les temerán a las gordas que estén dispuestas a hablarles fuerte. Porque las dejan descolocadas. Porque las flacas están tan acostumbradas a ver a las obesas con total sumisión hacia ellas, que luego no saben cómo tratarlas.

Como ese día. Como ese día particular de enero en que me atreví a solicitar un bikini. Y lo hice sólo por las ganas de querer desafiarla, sabiendo perfectamente lo que pasaría. Sabiendo que la vendedora me miraría "feo". Primero de arriba abajo, y luego me traería otra cosa. Pero igual lo hice, sin siquiera adivinar que ese sería el comienzo de la peor pelea. De una pelea que aún tengo grabada en la memoria. La ira de la vendedora. Su impaciencia y su enojo como reacción a lo que le dije. Porque ese día le dije lo peor que pudo haber escuchado en toda su vida. Lo peor que pudo haber escuchado luego de haberse negado a traerme el maldito bikini. Le dije que cuando envejeciera se transformaría en una pasa seca e inservible. Y ella me quedó mirando con un odio negro y profundo. Pero no pudo contestarme; sólo se limitó a traerme lo solicitado, con su cara tan oscura como el petróleo, de derrota. Y es que se sabía derrotada. Se sabía derrotada por una niña rolliza que, gracias a ella, había salido finalmente del clóset de la gordura. Había logrado convertirse en una gorda dispuesta a ocupar bikini.