¿Qué hacer cuando él no se comunica? Las vicisitudes de un "autista". Por Leo Marcazzolo

Pablo era así, se negaba a hablarme. Recuerdo que lo conocí un verano en Tongoy, y era el padre de los autistas. Me miraba y se limitaba a quedarse mudo. Como un topo. Y si le preguntaba qué le pasaba, era peor...

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Siempre he sentido cierta aversión por los hombres mudos. No por los mudos de nacimiento, sino por los que tienen voz y se niegan a hablar. Por los que se sientan en una esquina y simplemente se limitan a ver la vida. Los encuentro desesperantes. Francamente desesperantes. Los miro y no los entiendo. No comprendo por qué se quedan callados. Por qué no participan del ruido. Por qué optan por ser autistas. Sobre todo con nosotras, que llegamos a zamarrearlos para que abran la boca, a armar puzzles mentales para entender su juego. Lo malo aquí es que ni siquiera hay juego; sólo hay un individuo que no quiere que lo molesten. En especial el Pablo.

Pablo era así, se negaba a hablarme. Recuerdo que lo conocí un verano en Tongoy, y era el padre de los autistas. Me miraba y se limitaba a quedarse mudo. Como un topo. Y si le preguntaba qué le pasaba, era peor, porque me decía que quería pensar. Pero nunca me decía en qué.

Y yo me quedaba con la incertidumbre, jurando que en cualquier minuto me patearía y me mandaría a la punta del cerro. Pero no me mandaba nunca. Él me quería, pero no tenía ganas de hablarme, así funcionaba la cosa. Decía que esa también era una forma de quererme. Extraña, pero existía. Igual yo no podía entenderlo. Para mí el Pablo era un autista. Un tipo extraño. Tan extraño que no podía decirle que se fuera. Y como no podía, paradójicamente comencé a sentirme cada vez más enganchada a él. Su enigmático comportamiento comenzó a transformarme en su esclava Isaura. Sé que suena chulo, pero así no más fue.

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