El hombre que se desvaneció en el acto. ¿Quién no conoce a uno? Por Leo Marcazzolo.

Yo huelo ese misterio, ese humo. Lo huelo porque a estas alturas ya estoy vacunada, ya he conocido a demasiados “desvanecidos”.

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Siempre he quedado intrigada por ese tipo de personas que tienen la afición de desaparecer en el acto. Son una mezcla extraña de gente. Mezcolanza entre alquimistas y sinvergüenzas. Magos que dejan una estela de misterio a su paso. Y yo huelo ese misterio, ese humo. Lo huelo porque a estas alturas ya estoy vacunada, ya he conocido a demasiados "desvanecidos". A demasiados hombres que prefieren huir antes de bancarse mi cara. Mi cara de culo. Porque mi cara de culo es tan inevitable como una llovizna. Es mi mueca recurrente ante cualquier aguacero. Y ciertamente el término de una relación –al menos para mí– es un gran aguacero.

Pero nunca tanto como para merecer que no me lo digan. Porque a pesar de todo, siempre pensaré que lo peor es un hombre que guarda silencio, un "desvanecido". En especial uno. En especial el hombre que protagonizará esta historia. Porque hay que decir que esta historia, desde un inicio, fue fatídica. El Desvanecido era esa clase de personas que atraen la mala suerte. De los del tipo de alacranes que caminan en reversa. Que escogen retroceder. De hecho yo lo conocí retrocediendo, en un bar, tomándose miles de cervezas. Solo. Como el protagonista de la escena más patética del cine, de una trama infeliz. Porque esa vez lo querían echar del bar y él sólo rogaba, al mozo de turno, para que no lo sacara. Rogaba un último trago, mientras se tambaleaba como muñeco de trapo en su taburete de acrílico. Era la viva imagen de un borracho infeliz.

Pero a pesar de todo yo misma, con mi mejor cara, lo invité a quedarse. Lo invité a mi mesa para salvarlo. ¿Y por qué lo hice? Ni siquiera hoy puedo dilucidarlo. A veces uno hace cosas y ni siquiera sabe el por qué. Quizás a cierta hora de la noche se gatilla el chip de la brutalidad. No sé. Creo que lo hice, simplemente, porque me dio un poco de pena. Me motivó la misma razón que motiva a una niña a rescatar un cachorro de la calle. La lástima. Y eso que todas mis amigas me dijeron que no. Todas se alinearon en una mirada de fuego única, tomando la decisión de enterrarlo vivo. Ya que, tal como lo vaticinaron entonces, el tipo resultó ser una catástrofe. Un aeromozo. De esa clase de personas que existen, pero que uno cree que jamás conocerá. Un asistente de vuelo que cayó fulminado. Como un piojo. Como un pájaro en vuelo que revivió a una bala. Que revivió y que al día siguiente, cuando estuvo sobrio, me invitó a salir.

Misteriosamente logró dar vuelta toda la situación. La peculiaridad de sus historias me dejó sencillamente desencajada. Eran tan alucinantes como entretenidas. Mientras hablaba no podía dejar de mirarlo. Lo seguía como si hubiese sido el único habitante sobre la Tierra. Era ese tipo de personas que sólo sirven para encantar a otras personas. Ese tipo de gente que a una la hacen sentir como si estuviera de vacaciones. Liviana. Liviandad total. Alivio. Pero el problema era que lo liviano vuela, y lo que vuela no dura nada. Tal como el Desvanecido. El Desvanecido, que salió huyendo más rápido que una serpiente a través de la tierra. ¿Cuándo? En el momento justo en que me tenía más enganchada. Tal como si hubiese sido la peor profecía, eligió ese momento y no otro para largarse. Recuerdo que me avisó una mañana que se iba a Madrid –un vuelo programado por trabajo– y jamás volvió.

Su vuelo terminó resultando eterno, y su retorno, infinito. Porque lo único cierto fue que, después de ese vuelo, jamás me llamó. La ciudad española lo convirtió en espectro. Lo desvaneció más rápido que a sus aviones. Sin mail, sin teléfono, sin explicación alguna. Sólo dejo una estela de misterio tras su paso. El humo y el misterio. Porque finalmente eso fue lo único que dejó, un enjambre de suposiciones. De las suposiciones más perversas de mis amigas, que sólo pudieron hallar una única explicación lógica al desencuentro: que el Desvanecido era y siempre había sido un hombre casado.