No es lo mismo amigos virtuales que virtuales amigos. Por J. Santino

Una nueva mirada al mundo masculino de la mano de nuestro columnista J. Santino, quien nos cuenta aquí otra de sus aventuras.

Imagen

Hace unos días, en una reunión con amigos y conocidos, comenzó una discusión acerca de la importancia de las redes sociales. Básicamente, de las dos más populares. En lo personal, sólo utilizo una de ellas. Me parece que tengo tanto que decir, que 140 caracteres son como una máquina de escribir con una sola letra.

Casi todos participaban de alguna. En contados casos, de las dos.

Si bien se dice que los hombres están ligados a ambas, pude comprobar que su conexión con el ciber mundo es mantenida principalmente mediante Twiter. Las mujeres, en cambio, lo hacen mayoritariamente por Facebook. Es ahí donde ellas postean sueños, fotos, alegrías, rabias, amores, desamores, ubicación geográfica, banalidades, etc.

Cibernéticamente hablando, al parecer tengo un lado femenino bastante desarrollado. Como comenté, lo mío es la red del "ME GUSTA". Tengo exactamente 365 amigos. Me alegra pensar en que estadísticamente podría contar con uno distinto cada día.

La discusión aquella noche se centró en cuál de las dos era mejor, la que más servía, la más popular. Obviamente, y habiendo casi igual número de mujeres que de hombres, no llegamos a nada concluyente. Como una radiografía de lo que nos diferencia, la conversación terminó con ellas optando por la de la "MANITO" y con ellos, por la del "PAJARITO". Erótica ironía la de aquella velada.

Fue una buena noche de sábado. Conversación entretenida, comida abundante y el teléfono de unos ojos color caramelo, como broche de oro. Lo que se hereda no se hurta, dicen por ahí.

Llegué tarde a casa. Un vaso de agua, dos analgésicos para evitar la resaca y a dormir. Luego de un rato en la cama, mi estómago pareció querer cobrar venganza luego de años de maltrato. Y no sólo él, también la cabeza y el hígado se hicieron cómplices de una madrugada del terror.

Dolor abdominal, fiebre y náuseas completaban un cuadro dantesco. Me sentía pésimo.

Pensé en ir a la clínica, pero no estaba en condiciones de manejar.

A eso de las cinco y media de la mañana, me levanté a buscar el celular. Necesitaba ayuda. En mi chaqueta, los pantalones, el baño, debajo de la cama, encima de la cama, en el living, el comedor, la cocina, en todas partes. El maldito teléfono había desaparecido. A duras penas saqué del closet un pantalón de buzo, un chaleco y bajé a revisar el auto. Ahí tenía que estar. Nada.

Me dirigí hacia los ascensores y al pasar por la recepción del edificio, el conserje en un esfuerzo sobrehumano, logró abrir un ojo y hacer un leve movimiento de cabeza simulando un "buenas noches".

Sigue > >