Un fin inesperado: Cuando el golpe de gracia llega sin aviso. Por Leo Marcazzolo.

La Tere era bonita. Y a las bonitas, según su creencia, jamás les pasaban ese tipo de cosas. Cosas tan humillantes, como que te mandasen una patada en el culo, a plena luz del día, en una heladería, a kilómetros de tu ciudad.

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Al momento en que la Tere Betancourt se tomó el avión de vuelta a Santiago, sintió –literalmente– como que un puñado de vidrios rotos se le atragantaban en la garganta. Era, a todas luces, una sensación extraña. Una sensación que jamás había sentido. O que jamás pensó que podría sentir. Un dolor que le atacaba directo al ego, como una bala alojada en el cráneo. Ciertamente, dolía más de lo que pudiese aguantar. Había pasado un fin de semana en Arica en la casa de sus suegros. Y allí, en esa ciudad de mierda, sofocante, polvorienta y gris, había recibido su primer golpe de gracia. La primera vez que alguien osaba arrancarla de su vida, como si hubiese sido una maleza. Y es que la Tere Betancourt no era de esa clase de mujeres. Sencillamente, no estaba acostumbrada a esa clase de embates.

La Tere era bonita. Y a las bonitas, según su creencia, jamás les pasaban ese tipo de cosas. Cosas tan humillantes, como que te mandasen una patada en el culo, a plena luz del día, en una heladería, a kilómetros de tu ciudad. Y más encima, en un sitio no apto para tragos amargos. Con demasiada glucosa para tragos amargos. Pero así le ocurrió a la Tere. En una tarde en la que el cielo lucía especialmente azul y las familias disfrutaban paseando sus sonrisas embadurnadas de helado. En ese contexto, la Tere cuenta que se inició el conflicto. O más, bien el no-conflicto. Porque el caso fue que la "terminada" fue casi completamente unilateral. La terminada logró llevarse a cabo sin el consentimiento de la Tere. De hecho, ella fue hasta la más sorprendida con el asunto. Incluso, sufrió un ataque de risa.

En especial, cuando el sujeto le comenzó a poner cara de circunstancia, dejándole muy en claro que tenía "un asunto muy urgente que hablar con ella". Y luego, comenzó a hablarle. A decirle una seguidilla de cosas que ella hubiese preferido nunca escuchar. El proceso era claramente no democrático. La Tere no estaba de acuerdo con nada de lo que él le decía. Él decía cosas terribles. Como que quería terminar porque ella "jugaba a ser una niña-frágil" y en verdad era "una mujer-de- mediana-edad-débil-y-patética". Además, que detestaba la voz de pájaro de su madre y lo pusilánime que era su padre. Y por si eso fuera poco, que era muy "recatada" en la cama, por no decirle que era una frígida. Eso, entre otras cosas. Y lo peor de todo es que mientras más le hablaba, ella menos dominio tenía de sí.

Aún recuerda que ese día hacía mucho calor. Aún recuerda que a pesar del calor, ella comenzaba a temblar. El helado comenzaba a consumirse, a derretírsele entre los dedos. Aún recuerda que mientras más lo escuchaba, más ganas tenía de huir. Aún recuerda que el dulce del helado comenzó a parecerle amargo. Aún recuerda la cara de su novio al decirle las cosas terribles que le decía, su tono melindroso de "buen amigo", y el brillo apagado de sus ojos. Y finalmente, recuerda que recién cuando el helado comenzó a chorrearse en su blusa, recién allí su novio atinó a pararse y, en lo que fue su último gesto caballeresco del día, le trajo una servilleta. Pero cuando lo vio pararse, más humillada se sintió.

Increíblemente, lo estaba viendo por primera vez. Aunque lo había conocido por más de un año, nunca antes lo había visto en su real dimensión. El tipo se impulsaba con los brazos para poder caminar. Brazos cortos, quince kilos de sobrepeso, medio pelado, mal vestido. Muy poco para ella, siempre había pensado ella. Y por lo mismo, ahora no entendía por qué le estaba haciendo esto. Por qué era él y no ella quien estaba decidiendo los destinos de ambos. Por qué mierda la había invitado a Arica sólo para darle el golpe de gracia. Lo normal hubiese sido que le hubiese dicho todo por teléfono. Pero no. Él había querido que la cosa fuera así. La había hecho viajar desde Santiago sólo para humillarla. Para castigarla. Y ella no sabía por qué.

Eso, hasta que de pronto se atrevió a preguntarle. Le preguntó, y él no supo qué responderle. Sólo se limitó a repetirle lo mismo. Lo mismo, hasta que se cansó de hablarle y la dejó varada. Sentada en una mesa sola, con los dedos pegajosos de helado y un mar de incertidumbres. Eso, hasta que de pronto se le atravesó un recuerdo. Un recuerdo en forma de rayo. El recuerdo de una noche de verano en que él le dijo que se sentía "mal" cuando estaba con ella. Mal, como poca cosa. Y ella no le hizo caso. No lo escuchó esa vez, logrando que su resentimiento se transformase en venganza. Porque lo que él había hecho esa tarde en Arica no era otra cosa que una cruenta venganza.