Cita a ciegas con tintes de humor negro. Por Leo Marcazzolo.

No era el momento para rechazarlo. No era el momento de discriminar a alguien sólo por su fealdad endémica o sólo por ser el personaje más horripilante en 5 kilómetros a la redonda.

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Ya había pasado un tiempo inmemorial desde que la Estela estaba sola. Meses y meses sin que se le presentase nada bueno en el camino. Estaba viviendo, por decirlo de algún modo, una etapa-compleja-de-prolongada-sequía. Se sentía completamente atrapada. Las lágrimas se le caían como si hubiese estado pensando permanentemente en la más triste de las teleseries. Como un conejo atrapado en un hoyo. Atribulada y a punto de desquiciarse. Presta para caer en la trampa. Presta para no ver más allá de la zanahoria. Presta para abrirle más espacio a la mala suerte. Porque aunque no la llamó, ésta no tardó en llegar.

Cuenta que fue un martes cuando comenzó todo. Cuando escuchó la llamada fatídica ella, simplemente, se dejó caer. Se encontraba en posición horizontal, como todos los días, recostada sobre su cama, cuando contestó el teléfono. De inmediato accedió a salir. "¿En qué diablos estaba pensando?", reflexionaría luego. Aunque no en ese minuto. No estaba reflexionando mucho. La verdad era que últimamente estaba accediendo a casi todo. Estaba pasando por un trance en su vida en que el letargo le nublaba el juicio. En especial con respecto a los hombres, a quienes los veía más como "presas" que como "seres humanos". Salvo excepciones, claro. Porque al espécimen que conocería después le sería imposible catalogarlo como presa. Ese espécimen, a todas luces, se parecía más a un peñasco que a algo cazable.

Se llamaba César. César usaba barba y parecía leñador. La Estela aún recuerda su estampa prominente en el umbral de su casa. Sus extremidades regordetas y su pelo apelmazado. Venía con una sonrisa inmovilizada en el rostro. Una sonrisa que parecía dibujada y que no se alteraba ni siquiera con las malas noticias. De hecho, sin dejar de sostenerla ni por un segundo, le comunicó que era el amigo de la Sarita. La Sarita tres días antes se lo había "recomendado" a la Estela como un candidato "no muy agraciado, pero concreto". De hecho la Estela jamás imaginó que era así. César no tenía nada de "concreto". Parecía recién sacado de una saga de terror. De la de los Cazafantasmas. De hecho, era idéntico al hombre de malvavisco.

Sólo que era negro en vez de blanco. Pero a pesar de eso, se merecía ser escuchado. Aún no cometía ningún error lo suficientemente terrible como para ser merecedor de un rechazo previo, previo a ser conocido. No era el momento para rechazarlo. No era el momento de discriminar a alguien sólo por su fealdad endémica o sólo por ser el personaje más horripilante en 5 kilómetros a la redonda. De hecho, a Estela no le quedaba más camino que aguantarlo. Morderse la lengua y pensar en otra cosa. En cosas bonitas mientras él hablara. Eso se dijo a sí misma que haría para aguantar la cita. Y aunque lo hizo, por una extraña razón que ya estaba escrita, todo estaba sumamente destinado a que saliera mal. Tan mal como que la cosa terminó en pelea. Pero antes de eso se sucedieron una serie de eventos macabros que marcaron un antes y un después en la vida de los personajes. Antes de eso el hombre de malvavisco cometió una serie de errores funestos e interminables. Tantos como todos los que un hombre puede cometer en una cita.

Todo comenzó cuando, no contentándose con desparramar su cuerpo completo en una silla, le desparramó una Cuba Libre recién servida a la Estela sobre su vestido impoluto de florcitas amarillas. La Estela aún recuerda la imagen. La imagen tétrica del gordo moviéndose y botándolo todo. Al igual que el hombre de malvavisco que caminaba y arrasaba con la ciudad de Nueva York. La única diferencia estaba en que ella no era la ciudad de Nueva York, y el tal César tampoco era un fantasma. Era un hombre de carne y hueso. Y ella lo tenía que soportar. Porque su aspecto no era lo único negativo en él, también estaba su carácter. Su personalidad llorona y abusiva. El hombre de malvavisco no paraba de quejarse de las mujeres. Tenía un rollo extraño. Se pensaba traumado. Pensaba que ya desde los diez años su madre lo había traumatizado porque había nacido feo. Decía que desde esa edad su madre lo ponía frente a un espejo, prometiéndole que le haría una cirugía estética más adelante.

Y que por eso le costaba tratar a las mujeres. Porque se sabía feo. Porque sabía que el espejo no mentía y que jamás le entregaría un reflejo agradable de si mismo. Era un verdadero drama el que había atesorado, por años, el hombre de malvavisco. Pero más allá de él, la verdad era que la Estela no tenía por qué tolerarlo. O quizás sí. Quizás por piedad y prudencia. Aunque lo realmente intolerable vendría después, cuando comenzó a comer con el ritmo de un cosaco, y ni siquiera reparó en limpiarse la barba. De hecho a la Estela le causó tanto pavor la imagen que, aunque trató de pensar en cosas bonitas, cuando lo vio así igual no pudo. Su imagen aterradora y repugnante fue muchísimo más fuerte.

Pero aún peor que eso fue que se mostrase tan tacaño. Tan tacaño que gatilló el peor lado de la Estela. La Estela cuenta que jamás en su vida había sentido tanta rabia, tantas ganas de matar a alguien, de acuchillar al hombre de malvavisco y dejarlo desparramado en su propia silla. Rabia porque con todo el descaro del mundo sencillamente se negó a pagar la cuenta. Se rehusó a hacerlo. Dijo que los tiempos estaban malos, que él no podía pagarla, y que por favor lo perdonase. Y la Estela sólo lo quedó mirando. Le clavó sus ojos con odio, como dos agujas sobre una mota de algodón forrado, y le dijo de todo. Todo lo que pensaba de él, todo lo que pensaba de los hombres, y lo que pensaba de las citas a ciegas. El hombre de malvavisco quedó impactado. Tan shockeado que se sintió aún más feo de lo que ya era. Aún más solo. Al nivel que hasta se le extinguió la sonrisa y sólo pudo hacer una cosa: meterse una mano en el bolsillo y sacar dos billetes, ponerlos sobre la mesa, y desaparecer enseguida. Como si de verdad se hubiese esfumado. Como si de verdad hubiese sido el fantasma del hombre de malvavisco.