¿Es él un "lengua negra"? Cuidado con este tipo de hombre. Por Leo Marcazzolo

Simplemente, era así. Casi como un “acomplejador” por deporte. Como alguien que sabe utilizar muy bien su lengua, sin hacerse cargo de ella.

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La María Ester siempre dijo que todo hubiese resultado perfecto, y que su historia de amor hubiese sido de antología, si no hubiese sido por la lengua negra del Hugo. El Hugo tenía una lengua negra capaz de derribar edificios. Realmente negra. Tan negra como la noche o como el hilo negro con que se cosen ciertas túnicas de las principiantes de brujas. Por aquel entonces, la María Ester lo quería mucho. Tanto, que lo ocupaba como referente para casi todo. Sus frases solían comenzar con su nombre. Con el encabezamiento: "El Hugo piensa que esto es así…".

Y él lo tenía tan claro, que siempre sacaba ventaja. Le encantaba tenerla comiendo de su mano, saberse necesitado y ocupar su lengua negra para ponerla en forma, para que no se le elevara ni por un segundo más allá de su nariz. Le decía de todo: que no estaba tan flaca, que no le caía del todo bien a sus amigos y que hasta era un poquito lenta para su trabajo. Pero todo esto se lo decía encubierto. Con tal nivel de suavidad y encanto, que la María Ester se sentía completamente incapaz de increparlo.

Como que se encontraba dormida. Como que se encontraba hasta un poco sedada por la lengua negra del Hugo. Porque aunque sus insultos encubiertos sí le quedaban dando vueltas en la cabeza, como que no eran lo suficientemente evidentes para ofuscarla o para dejarlo callado. Y eso que hasta su propia madre se lo decía. La señora Clara era vieja zorra. Desde un principio había develado el juego malsano de su yerno. Lo había captado y hallado tremendamente torcido. Como una estrategia deformada de dominar a su hija. Y eso no le gustaba. Eso de que acomplejaran a la María Ester haciéndola sentir cada vez más vulnerable le hacía doler las costillas. "Hasta lo más profundo", decía que le dolían. Pero el Hugo lo seguía haciendo, lo seguía haciendo, y nadie comprendía por qué.

El tipo ni siquiera era mala persona. Tampoco era acomplejado ni tenía trancas sicológicas o alguna tara o recuerdo que olvidar. Simplemente, era así. Casi como un "acomplejador" por deporte. Como alguien que sabe utilizar muy bien su lengua, sin hacerse cargo de ella. De hecho, hasta se atrevía a criticar a su raza. Decía que le molestaban los hombres apocadores, frente a los cuales –aseguraba–siempre se había sentido diferente, muy diferente. Más liberal, más pro, más cool. Pero eso sólo lo decía por fuera, porque por dentro seguía siendo la misma serpiente de todos los días. El escorpión con doble discurso. Y el escorpión no iba a cambiar jamás.

De eso la señora Clara estaba segura. Ella lo veía como por rayos X, pero la María Ester, no. La María Ester jamás sería capaz de verlo, aunque las evidencias se siguiesen acumulando como una fila de dominó caída. Y es que lo único cierto era que la María Ester nunca en su vida había sido capaz de ver nada. Incluso, desde su época escolar que era miope. No distinguía entre sus amigas y sus enemigas. En aquella época, recuerdo, solía juntarse con un grupo de niñas que la molestaban siempre, pero ella insistía en frecuentarlas porque era incapaz de discernirlo.

Al igual que con el Hugo. La misma historia. Una historia que no podía durar para siempre. Dicen por ahí que tanto la ceguera como el enamoramiento jamás duran para siempre. Eso está claro. Tan claro que así se sucedieron los hechos. La mecha que los encendió ni siquiera la María Ester podría definirla con precisión. Creo, eso sí, que todo ocurrió un martes en la mañana; todo el conflicto comenzó a través de un pequeño episodio muy cotidiano. Creo que esa mañana ella se miró en el espejo y se sintió especialmente bonita. Se lo dijo, y luego se desencadenó el conflicto, cuando él involuntariamente elevó sus ojos al cielo como para decirle que la tenía harto, que no podía seguir diciéndole cosas así por toda la vida. Algo así fue lo que le transmitieron sus ojos. Y la María Ester lo quedó mirando con fuego.

Con un odio casi inconsciente. La realidad se le revelaba de pronto de forma violenta, sin haberlo pedido. Como un balde de agua fría en plena boca y nariz. Así comenzó a ver su pasado. Su pasado segmentado en segundos, en escenas con el Hugo, él insultándola a ella varias veces casi como un racconto violento. Casi como un racconto violento de todas las veces en que él la había mirado mal, en que él le había dicho cosas terribles con su lengua negra, con su lengua asesina. Asesina pero disfrazada –como dije antes– con una sutileza casi terrible.

Pero esa vez la María Ester lo vio todo claro. Lo vio y le dijo que ya no lo aguntaría más. Ni un segundo más. Que esa parte de su personalidad tenía que erradicarla por siempre. "Las miraditas raras me enervan", me contó que le dijo. Pero él no le concedió nada. Con su doble discurso, se lo negó todo. La acusó de mentirosa y luego se quedó parado, congelado como una estatua, mirando hacia la ventana, con cara de puchero, contando con esmero las copas de los árboles. Algo así me dijo la María Ester que hacía. Permaneció allí, creo, por un tiempo interminable, infinito. Había escogido esa posición, y no otra, para que ella le pidiese perdón. Sólo para que ella le pidiese perdón. Pero la María Ester no lo hizo. No lo hizo ni ese día, ni el siguiente, ni el subsiguiente, ni nunca. Y es que nunca más quiso recibir sus sablazos. Lo siguió queriendo sí, pero sin oírlo. Sin afectarse con su lengua negra. La lengua negra quedó sepultada por siempre, perdió su poder, y la relación se desvaneció tan rápido como una tarde de invierno. Quedó seca. Casi tan seca como la misma lengua de la serpiente.