La triste realidad de un amor platónico. Por Leo Marcazzolo

Decía que su enamoramiento era una cosa fisiológica. Del cuerpo. Que le empezaba en la cabeza y no le terminaba en ninguna parte. Que le bastaba sólo con verlo para que le comenzaran a temblar las rodillas.

Imagen

No sé si fue este año o el pasado que la Mariela lo vio de nuevo. Andaba montado en su jeep nuevo, y se veía casi igual que hace diez años. Como si su imagen hubiese quedado congelada en el tiempo desde la época de la universidad. De esa época, cuando lo vi por primera vez en la clase de Historia de Chile.

La Mariela cuenta que el enamoramiento ocurrió de inmediato. Fue casi instantáneo, casi como un destello de luz, casi tan rápido como la irrupción intempestiva de un trueno en un día lluvioso. Así de rápido había ocurrido todo. Y la Mariela había logrado preservar la imagen intacta en su memoria, como si ésta hubiese sido un museo. Se acordaba de todo. Se acordaba de que llevaba un pantalón gris y una chaqueta verde oliva. Se acordaba de sus bototos negros y sus calcetines chillones. Pero de lo que más se acordaba era de su cabeza. Del color de su pelo amarillo fluorescente y sus poquísimas posibilidades de acertar.

Porque el Pepe (así se llamaba), tenía cero posibilidades de acertar. Caminaba por la vida con un paso tan errático como corrosivo. Era casi un espectáculo verlo. Su cabeza –que sonaba tan hueca como una calabaza– parecía la pantalla misma del programa más estúpido de la televisión. El Pepe emitía comentarios sin fundamento con cara de inteligencia; caminaba como canguro a causa de sus tendones cortos, y siempre, pero siempre, andaba con algo roto. Casi como una cábala. Los pantalones rotos o los calcetines rotos, así se vestía.

Pero a la Mariela le gustaba. En especial porque parecía como si hubiese provenido de otro planeta. Del planeta Simio, le decía yo, sin dar crédito a su enamoramiento. Y es que ese tipo no debería haber sido el amor platónico de nadie. De nadie. Ni siquiera de la Mariela, que insistía en soñar con él. Decía que su enamoramiento era una cosa fisiológica. Del cuerpo. Que le empezaba en la cabeza y no le terminaba en ninguna parte. Que le bastaba sólo con verlo para que le comenzaran a temblar las rodillas. Y  luego le venía el ardor. El ardor en el estómago. El clásico que viene desde que una es chica y entras por primera vez al colegio. La peor parte del amor platónico. La llama. El fuego que se encendía y no se apagaba nunca. Y es que no había nada bueno en aquello. Cada vez que sus pupilas se enfrentaban con la cabeza fluorescente del Pepe, lograba agarrar realidad. Se enfrentaba a la certidumbre de la desesperanza.

Por ese tiempo el Pepe era cotizado, era grunge. Y los grunge solían organizar fiestas donde asistían miles de niñas bonitas, que eran mucho más bonitas que la Mariela. Y el Pepe accedía a ellas porque era Dj. Y le funcionaba esa especie de garbo. Y la Mariela presenciaba todo el flirteo. Desde la distancia. Desde un poste, desde un parlante o desde el mismo amarillo pálido de una cerveza. Hasta que un día todo cambió. Su punto de inflexión llegó. El punto de inflexión, dicen, siempre llega en el minuto más inesperado, en el minuto en que una persona sencillamente se cansa de seguir haciendo lo que venía haciendo. Como que de pronto pierde interés y abandona. Tal como lo hizo la Mariela.

Un día sencillamente se cansó de mantenerse así. Su amor platónico se fue evaporando poco a poco. Al parecer en algún momento logró entablar ciertas conversaciones con el Pepe, y se dio cuenta que sólo se había enamorado de un holograma creado en su cabeza. Y no del ser humano mismo. Porque el ser humano mismo –la Mariela lo dilucidó después– no era ni la sombra del holograma. Era casi como invisible. Casi tanto como lo son la mayoría de los amores platónicos, esos amores que sólo nacen para mantenerse en silencio. En las sombras. En la imposibilidad de ver la luz.