Bieber tendrá que esperar

Tres días intentando comprar entradas…

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Llegar a la oficina. Feriaticket. Mail. Feriaticket. Belelú. Feriaticket. Twitter. Feriaticket. The Daily Mail. Feriaticket. Post. Feriaticket. Post. Feriaticket. Post. Feriaticket.

Eso pasó hoy y ayer. No se preocupen señores jefes y dueños de la empresa. No he reducido mi productividad. Pinchar Feriaticket no me toma más de un par de segundos, porque como no cargan nunca, no he podido comprar la entrada. Lo que pasa es que en el trabajo de mi hermana tienen todo bloqueado. Sólo puede leer ciertos diarios. Ni siquiera puede comprar entradas para conciertos.

El domingo, fue con mi sobrina y mi sobrino con trastornos del desarrollo, a una caótica fila de un mal capitalino con nenas gritonas, para llegar a la caja y no poder comprar la entrada por problemas “del sistema”. Intenté por Internet entre 21.00 y 24.00 mientras leía una revista, el diario, un libro, me pintaba las uñas, ordenaba mi pieza y veía tele. Nada.

Mientras en las noticias, avisan que se están agotando las entradas. No entiendo cómo, si no se pueden comprar por Internet.

Mi sobrina tiene 12 años. Ama a Justin Bieber, mucho más de lo que yo amé alguna vez a los Backstreet Boys, Cristina y Los Subterráneos, Supernova, y a Hanson. Y como el cabro Bieber viene a Chile, ella lo quiere ver.

Nunca he escuchado las canciones de este tal Bieber, excepto el coro de una que se me ha cruzado por los oídos mientras mi sobrina se pasea por los pasillos escuchando al niñito sin audífonos, cual regetonera flaite sin consideración. “oooooou beeeibi beeeibi beibiiii” terrible.

Aparte de Hanson, los grupos que nombré no eran taaaan malos. Y como no había Internet, ni MP3 era muy difícil escucharlos, ergo, muy difícil atormentar a los adultos con esa música infernal disfrazada de angélica. Y como jamás en la vida vinieron, o vinieron cuando yo era grande, no podía atormentar a los adultos con que quería ir a verlos.

Pero mi sobrina no ha dejado de atormentar. Ayer la llamó todo el día preguntándole si yo había podido comprar la entrada. Si me hubiera llamado a mí, la mando a freír monos.

Su madre no es dada a los regalos caros ni a las cosas materiales; más bien trata de darle momentos que recordar, y de apañarla en sus cosas; porque además de pagar las entradas, tendrá que pedir permiso en el trabajo, ponerse su tenida más cómoda, desplazarse, apretujarse y esperar al ídolo adolescente junto con ella.

“Ya, te voy a llevar a ver al Justin Bieber” (leído así, Justin, no Yastin) declaró mi hermana a pesar de odiarlo no porque cante mal, no porque tenga el peor corte de pelo de la historia, se maquille como niñita, o haya lanzado una colección de esmaltes de uñas.

Simplemente lo odia porque mi sobrina suspira por Bieber en vez de estudiar matemáticas.

Mi sobrina, sus compañeras, las niñas que lloraban por las entradas agotadas que les permitirían “estar cerca de él” están aprendiendo algo. Aprendiendo a esperar, y a desilusionarse. Ni mi hermana, ni yo, ni nadie de mi familia tenemos el tiempo para ir a hacer filas para comprar en galería -$46.000 por dos personas- Yo lo intento por Internet en la medida de lo posible, y una amiga se ofreció ir a comprarlas mañana. No hoy. No altiro. No seguro.

La inmediatez de estos tiempos, donde escasos minutos pueden separar a los niños de lo que quieren, porque existen las tarjetas de crédito, porque existen padres culposos, y porque existen celulares que permiten que los niños llamen a sus padres,que lo único que quieren es hacer felices a sus niñitas. “Estoy a punto de castigarla y decirle que no va a ir a ninguna parte para que me deje de hinchar” dice mi hermana “O quizá debería sujetar la ida al concierto a un esfuerzo mayor en los estudios” agrega. No sé, le digo. “Todo sea por matemáticas”, piensa ella. “Todo sea por Justin Bieber” piensa mi sobrina.