Ratona de biblioteca

Quién no se ha refugiado en un libro

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No sé si les he dicho que yo era una perna, una nerd, una antitaquilla –bueno-aún-lo-soy-pero-no-me-molesta-en-lo-más-mínimo.  Y como tal, diablos que leía. Quizá influyó la colección de cuentos “Mi primera biblioteca”, colección a la que pertenecía “La lechera” que me regaló mi papá cuando aún no sabía leer.

No sé si fue por un sueño o qué que pensó que el legado que debía dejarme era la lectura. Y vaya que lo logró. Comenzó por leerme cada día, sagradamente, un cuento. Si él no estaba, me lo leía mi hermano, o el pololo de mi hermana, o mi mamá en el peor de los casos. Cuando ya me había leído todos los cuentos, inventaba algunos. El problema era que se dormía en la mitad. Luego rezábamos y buenas noches. Se suponía que yo debía dormirme, pero siempre me levantaba a pelusear por ahí.

La cosa es que de tanto libro que me leían, no me quedó otra que aprender a leer. Cosa extraña, me costó. Resulta que en primero básico, teníamos una especie de taller, donde se separaba al curso en dos. Unos se quedaban con la profesora jefe, y otros íbamos con una profesora de cursos más arriba, que en paz descanse pero no era para nada pedagógica. Yo era muy inquieta, movediza y con un severo déficit atencional o algo así no diagnosticado. Creo que aún lo tengo.

En fin, la cosa es que la profe no me aguantó y me mandó con un papel a la otra sala. Nunca había visto a dos profesoras pelear tan feo. Una era joven y la otra experimentada, una creía en la libertad y en las técnicas psicopedagógicas y la otra en el rigor y los gritos.

Finalmente, me quedé con la profe joven y aprendí a leer. Y de ahí, nadie me soltó. Me leía todo lo que mandaban, varias veces incluso. Para mis cumpleaños todos me regalaban al menos un libro. A la salida de misa, era sagrado comprar “Las soluciones escolares” ¿Se acuerdan? Era un pack que costaba algo así como 2 lucas, que venía con un mapa, un suplemento ya sea del cuerpo humano o de un atlas, un folleto recortable y una revista con informaciones, recortables y demases. Traía manualidades auspiciadas por Tugurt (Una marca de un saborizante para la leche con gusto a yogurth). Por supuesto, el pack también traía un libro. Libro que no llegaba al final del día sin que me lo leyera. Y si no alcanzaba a leerlo, se leía en el verano.

En los recreos, salir a jugar para que me hicieran bullying no era una opción. Así que me refugiaba en la biblioteca. Primero, comencé con las sillas chiquitas y los libros de cuentos. Cuando ya me los leí todos, pasé a las repisas bajas de contorno, y cada vez fui subiendo. De pronto, ya no supe que leer. “¿Tía, me puede recomendar un libro? La ex profesora de matemáticas que se rehusó a hacer cursos de capacitación y que fue desplazada a la biblioteca, miró a ver si estaba su compañera y me dijo. “Ven”.

Agarró la escalera, la llave (¡Los libros guardados!) y agarró Las Vírgenes del Paraíso. Me lo tendió pero no lo soltó antes de decirme: “Camila, yo te paso este libro porque yo sé que tú eres muy buena lectora, y una niñita muy madura. Pero trata de no comentar mucho de dónde lo sacaste”. No es que en mi colegio fueran baneadores de la cultura o que quemaran libros como en la Inquisición; pero aún no puedo entender cómo es que ese libro estaba en la pequeña biblioteca “Michel de Montaigne” que así se llamaba en honor al hermano de la fundadora (una religiosa al igual que muchas de las que por allí circulaban), entremezclado con muchas ediciones de Marcelino Pan y Vino. (Si la persona que me lo robó lee esto, sepa también que lo culpo por la desaparición de mi Quintrala).

No debo haber tenido más de 14 años y esa lectura fácil rápida y atrapante de las novelas de Bárbara Wood me atraparon tanto que ni siquiera intenté resistirme. Claro, ahí no conocía otra literatura de mejor calidad, más profundidad o alguna posibilidad de aprendizaje que no fueran lineamientos básicos del Islam que, cosa curiosa, no estaban equivocados.

Seguí con La Casa Maldita, Bajo el Sol de Kenia y Canción de Cuna, de la misma autora. Mi prima no podía creer que yo hubiera leído “todos esos libros” ¿Habrán sido 200? Los veranos se sucedieron con Mala Onda, Pregúntale a Alicia, Por qué te llevaste mi peineta amarilla y me dejaste sólo en París, Los manuscritos de Magdala, La Estrella de Babilonia, Malena es un nombre de tango, Tierra Sagrada, Nueva visita a Un mundo Feliz (no, no es una novela, es un ensayo un tanto fome aunque muy interesante), La Casa de los Espíritus, Paula, Retrato en Sepia, Cien años de soledad, La hojarasca, Relato de un náufrago, El amor en los tiempos del cólera… los digo en el orden que los recuerdo evocando lluvias en vacaciones que nada tenían de veraneo, mezclados con la siempre necesaria relectura del Principito. La mayoría prestados, ya no me regalaban porque yo no pedía sino que pedía agendas y lápices y ropa, porque además ya cachaba que habían muchos libros que podía pechar.

Leí compulsivamente hasta la llegada de Internet. Luego fue el movidísimo cuarto medio, donde fue imposible dejar los facsímiles y los “resúmenes” y leer libros que yo quisiera, durante horas, días, semanas y meses.

Luego llegó la universidad y oh felicidad: Tenía que leer. 1 libro por asignatura, por semana. 6 asignaturas. 6 libros. O algo así. Calculo haber leído 100 páginas por día durante cuatro años. El color púrpura, La Casa en Mango Street, Cosmópolis, Elegía, La Ciudad Ausente, Juana Lucero, Gabriela Mistral de nuevo, literatura antigua, medieval, moderna, contemporánea, hispanoamericana, norteamericana, chilena (todo con 1 y 2). Entre tanto paseo por Manuel Montt, por San Diego, buscando los libros que necesitaba para la universidad, encontré varios tesoros que andan por ahí; no sé si los leí o no. Un viaje a Mendoza y mi padre comprador compulsivo me prácticamente obliga a comprar todos los de oferta: Seda, El lector

Y con todo eso, a veces siento que me he cansado de leer. Cada día avanzo trabajosamente un capítulo del Quijote, un par de páginas de “Imaginar el pasado, decir el presente” de Antonia Viu, mi profesora guía de tesis. El libro es una muy buena manera de acercarnos a la reflexión sobre la novela histórica chilena (me lo terminé la semana pasada, les debo la reseña). Ahora voy por El Capitán San Bruno y de cierta forma no tengo ganas de cambiar el celular por uno con Internet porque sé que durante 20 minutos en la mañana y 20 en la tarde, tengo ese tiempo en que sólo puedo leer, y sentirme protegida entre las páginas del mundo; esta vez no de unos cuantos bullies, sino de mis propias preocupaciones y miedos.

¿Alguna vez se han refugiado en un libro?