¿Se puede morir de amor?

Doblepe comparte con nosotros una íntima historia de amor.

Estaba tan encantada con la pulsera de elefantes de lapislázuli de mi abuela, que no dudé ni un minuto más en pedírsela. Como es evidente en estos casos de nietas consentidas y abuelas desprendidas de lo material, me la regaló.

Felicidad de pertenencia intermitente, que acabó con su sorpresivo –Ay negra ¿Te la puedo prestar mejor?-. Era claro que la expresión “negra” la ocupaba como una estrategia cariñosa para compararme con una de las razas más admiradas por su persona y por ende, conseguir su nuevo objetivo. También era claro que lo único que pudo hacer cambiar su opinión, era que la linda joyita se la había regalado mi abuelo. Y es que “el Luis” desde que la secuestró hace más de cincuenta años para exigir su mano como esposa, se había transformado en el hombre más increíble de su vida.

¿Y cómo no? si aparte de construir un hogar, una familia y un camino en común, se trataba del único hombre capaz de ir caminando por la calle y sacar un Pinot Undurraga y dos copas de un árbol para brindar por la belleza de la vida. ¿Y cómo no? si se trataba del único hombre capaz de defender de un asalto a su mujer con armamento suizo –multiuso- y coraje en mano.

Y así, pensando en lo lindo que sería llegar a tener una relación como la de  mis abuelos, tomé el brazalete “prestado” y me sumergí en lo de ellos.

En el metro ochenta de él y en el profundo color negro de sus ojos fundiéndose en el pardo mirar de ella, mientras  bailaban al compás de un exquisito  – y con su permiso- intenso y erótico tango proveniente de la genialidad de D’ Arienzo, Gardel e incluso un contemporáneo Piazzolla.

En el insoportable machismo de él, muy bien representado en el personaje de Ángel Mercader en una teleserie que en algún momento estuvo de moda.

En la admirable incondicionalidad de ella, capaz de doblegar con guiños de humor y espontaneidad, la oxidada armadura de un no precisamente triste caballero nacido en los años ‘30.

En la fusión de sus almas desparramando pasión, sumisión, bohemia, desafíos, Valparaíso, reveses, vino, champagne, llantos, piojera, esfuerzos, viajes, culpas, bares, club de tangos, gritos, club de rayuelas, entregas, fútbol y largas caminatas con vida y besos incluidos.

Y aunque para mi era incómodo y difícil entender que una pareja de más de sesenta años les bajara el amor en público y así como de repente se pusieran a pololear,  asumía en silencio  – y con mucha vergüenza- mi improvisada y nueva destreza como violinista.

Y es que la pulsera era tan bonita que un día como hoy, pero hace 11 años, decidí llevarla. Era viernes y hacía un frío de mierda, pero había noche, fiesta, amigos y algo más que vino.

El sonido de las ambulancias entorpecía la deliciosa melodía de una noche de viernes que recién comenzaba y la llegada de mi padre, con cara de tres metros, terminó por callarla.

– Tienes que ser fuerte- me dijo.

Y como si el tiempo me hubiera arrancado algo más que un pedazo de memoria, estaba parada a medio metro de sus cuerpos tendidos en el cemento, cubiertos de heridas y del frío río de un par de venas por las que ya dejaba de correr la sangre.

Estaban felices, pero lejos de mí.

-Venían del club de rayuela-. – La micro venía rajada y no los vio cruzar-. – En la noche ni un conductor respeta las luces-. -Ella murió al instante, no debió haber sufrido nada-. – El impacto lo recibió él. Yo vi cuando puso su cuerpo para protegerla-.  – Él quedó vivo-.  Son las frases sueltas que puedo recolectar dentro del estado de shock que todos vivimos.

-Él quedó vivo-, insistió un carabinero que trataba de explicarme algo que lo tenía profundamente emocionado. – El quedó vivo y me preguntó por su vieja. Pensé que lo más conveniente era decirle que había muerto. Ahí, ¿tu abuelo cierto? – , me preguntó y prosiguió: – Tu abuelo me miró profundamente con unos mojados ojos negros y me dijo: “Entonces yo me voy con ella”.-

Fue así como el romántico de mi abuelo, disimuló completamente el más intenso infarto al corazón y murió.

Un final ideal, quizás perfecto, subliminal, pero que ni siquiera el intenso azul del lapislázuli de mis elefantes pueden explicar.