Feliz cumpleaños Marilyn

Siempre te recordaremos

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Dicen que los caballeros las prefieren rubias. O que las rubias se divierten más. Una vez traté de ser rubia, pero poco. Pero a Marilyn, nadie la puede igualar. Sus curvas son una cachetada dolorosa en las nalgas huesudas que un tiempo se pusieron de triste moda en ciertas revistas y que tristemente también se insertaron en nuestros discos duros y nos susurran permanentemente que debemos ser flacas, muy flacas.

Y ese corte rubio que podría haber estado de moda pero que ella hizo icónico. Sólo ella tomó un nombre común y corriente, que quizá alguna vez escuchó que en castellano significaba “regla”. Y ella no estaba para reglas. Comenzó llamándose Norma Jeane Mortenson -eso decían los papeles- a ser bautizada como Norma Jeane Baker –bah, claro que no estaba allí su padre-  a llamarse Marilyn Monroe.

Vivió sólo 33 años, pero fue como que hubiera vivido un siglo: Abandonada antes de nacer por su padre, dejada al cuidado de tíos y amigos por su madre, abusada sexualmente por dos de sus cuidadores, habitante recurrente de orfanatos, se casó nada más tener 16 años con un militar. Y luego vino Marilyn Monroe, los maridos, la fama, el dinero,  y la belleza en todo su esplendor  y por supuesto, los amantes.

Debo de haber tenido unos 9 años cuando supe que Marilyn Monroe, que era exactamente como yo quería ser cuando creciera, había muerto a su propia mano. ¿Pero cómo? No me lo podía explicar. No podía explicarme que una mujer tan, pero tan bonita, y con tanta plata quisiera matarse. Poco pudo hacer mi madre para decirme que en realidad las depresiones y los miedos podían ser más poderosos que la belleza y el dinero. Menos podía explicarme las teorías conspiratorias que hablan de que no fue ella quien quiso dejar este mundo, sino alguien más. Alguien que tenía miedo de lo que ella podía decir.

Y es que Marilyn no sólo despertó la admiración de generaciones, sino que llegó a las altas esferas del poder de Estados Unidos iniciando una relación con el entonces Presidente John F. Kennedy, y después con su hermano. Tal cual.

No puedo juzgarla. No puedo juzgarla de buscar el amor que nunca tuvo de niña; no sabía ser amada y quizás no sabía amar aunque lo hiciera. Se dicen tantas cosas. A estas alturas, si fueras una anciana distinguida y adorable, podría decirte que admiro que hayas llegado hasta acá. Pero no estás; quizás no quisiste, o quizás no quisieron. De todas maneras, te entiendo.