Adiós a mi árbol

cortaron a mi fiel compañero

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Estabas ahí desde hacía mucho antes que yo; desde mucho antes que mi casa, tal vez. Eras un ciruelo grande y vistoso, de lindas hojas moradas; que en primavera te tornabas floreado, en otoño adelgazabas y en verano dabas ciruelas que hacían doler el estómago. Manchaste mi calzón de Frutillita cuando me ponían vestido y yo me sentaba en el pasto, olvidando que habías dejado las ciruelas allí.

El verano pasado, quizá intuías el fin de tu vida y nos diste en cambio ciruelas deliciosas que hicimos mermelada y aún guardamos en nuestra despensa: pero tu enfermedad avanzaba y no había nada que hacer, ni los químicos nefastos podían matar los microbios que te consumían por dentro.

Aguantaste 10 años la burocracia municipal que decía que aún no había que cortarte, que tu cáncer no era tan extendido, que aún aguantabas unos años más. Quizá tuvieron razón y nunca sabré si te gustaba darme sombra y protegerme de vecinos curiosos; si fuiste feliz modelo de fotos cuando te usé de fondo para lo que se me ocurriera. Sales en tantas que llego a pensar que eres un integrante más de mi familia, llegando incluso a dibujarte en los recreos escolares.

Nunca supe si sabías que cuando todo estaba mal, mirarte me daba consuelo, de que pasara lo que pasara siempre estarías ahí.

Cuando estuve lejos, me preguntaron qué extrañaba de casa: extraño mi árbol; dije.

Les sorprendió la respuesta y es que ellos no sabían que eras mi lugar favorito para esconderme, que evaluamos construir una casa sobre ti con mis vecinos, que a tu sombra jugamos a las tacitas, al dominó, a las muñecas y con barro. Que la piscina inflable iba bajo tus ramas, que cuando mi pieza era rosada más rosada se veía. No saben que no entendía cuando llegué anoche a verte y en cambio vi desnuda mi ventana; un resto de ti se erguía desmembrado. Tantas veces regué el pasto y me encargué de aposar mucha agua a tu alrededor; pensé que eso te había enfermado, pero nos dijeron que no..

Me dijeron que te ibas y que volvía un joven jacarandá. Recordé la canción brasilera y me dije que tendría que saber dejarte ir, que simplemente te enfermaste y que los amigos, aunque sean árboles, no viven para siempre, y que cuando se van, no quiere decir que ya no te quieran. Ahora por mi ventana sólo veo otras casas; quizá tenías que irte para yo poder ver lo que había detrás de ti.