Infiltradas, mi placer culpable

Cuando se hacen secuencias cliché a propósito, hay que entregarse y disfrutarlas

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Me resisto a ver teleseries nocturnas porque en general son una simple excusa para ver sin ropa a las mismas actrices que salen en la teleserie de la tarde, sólo que con menos argumentos, menos personajes y tocando deliberadamente temas que se eluden elegantemente en las de la tarde. Es como si dijeran:

“en la tarde nos ven niños y no podemos mostrar tetas, violaciones ni degollamientos así que  en la de la noche habrá como mínimo 3 tetas por capítulo, una violación semanal, 2 asesinatos por noche, y según vayamos cachando el people meter, le metemos besos lésbicos o entre hombres, intercalando un día uno y un día otro”

No digo que no me guste ver actrices sin ropa, y a pesar de que no debiera ser distinto que ver a las actrices gringas, españolas o francesas en las películas con escenas eróticas, admito que hay un morbo adicional en ver a rostros más cercanos en cutis, que luego ves arropados en estelares o comerciales de grandes tiendas.

Pero bueno, todo esto se aplica a todas las series y teleseries nocturnas desde “Infieles” a “Ídolos” pasando por el “Cuento del tío” y otras confituras. Yo me quiero referir específicamente a “Infiltradas” porque me pasó algo que nunca me había pasado (mentira, en realidad me pasa muy seguido).  Me resistí a verla por las razones que expongo arriba, pero en la oficina escuché tantas veces que era potente, entretenida y adictiva que le dí una oportunidad. Y me encantó.

Creo que, pese a las excusas morales que se anteponen a un producto que está destinado a la entretención (O las que puso Coca Gómez cuando al entrevistaron en revista YA), la teleserie es honesta con su cometido. Tiene largas secuencias que recuerdan al tarantino original, ese que podía recurrir a escenas cliché sin quedar mal porque se notaba que lo hacía a propósito. Cosas que nunca pasarían como la secuencia final de “Perros de la Calle” se volvieron de culto porque son a propósito. O secuencias intencionalmente chanta de Robert Rodriguez como en “La Balada del Pistolero (Desperado)” cuando Antonio Banderas salta de un edificio a otro de espaldas, disparando a dos manos, sin temer una lesión cervical en la caída.

Infiltradas es un ejercicio lleno de esos clichés. Y cuando haces un cliché pretendiendo que es en serio corres el riesgo de hacer el ridículo, pero cuando lo haces a propósito con el fin honesto de hacer una secuencia entretenida y sin pretensiones morales ni artísticas (la misma fuerza que impulsa un sketch de colegio)  uno se remite a disfrutarlo.

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El lunes fue la segunda vez que veía la teleserie y me tocó ver el que -al parecer- ha sido uno de los mejores capítulos. Un funeral que tributaba abiertamente al Padrino, con Álvaro Morales llevándolo a un lado para hablarle cabezas de pescado asumiendo el rol de una especie de Sal Tessio. Una excelente fotografía del Cementerio General, un revival de Héctor Noguera interpretando a Héctor Noguera/Ángel Mercader, la mitad del elenco participando del funeral aunque no conocían a nadie (Will Ferrell demostró que es posible colarse a un funeral para ligar), un ciego que tiene una lazarillo exquisita, una adivina (a.k.a. “La Santa Muerte”) que anda más perdida que el mago Yin,  y cerrando con un tiroteo y un secuestro simultáneo.

El capítulo de anoche tampoco decepcionó, porque Roberto Vánder cada vez ejerce su caricatura de personaje mafioso mexicano con menos timidez. A estas alturas intercala sin filtro mexicanismos de barrio (chamaco, carnal, orale, wey, lana, chamba, etc) y es tan ridículo que llega a ser querible. En cualquier momento creo que lo veré mirando a la cámara como Cirilo Rivera y diciendo “de qué se rien, ignorantes!”. Eso, seguido de una secuencia que rinde tributo al Batman de Adam West: el ciego y su larazilla amarrados espalda contra espalda en un tanque de acero con el líquido subiendo milímetro a milímetro. La diferencia es que acá Robin no dijo “Santos tanques de acero con líquido subiendo milímetro a milímetro, Batman!” ni había un baticinturón al cual acudir, porque ambos estaban en ropa interior, y porque el líquido era Carmenere. No sabemos qué pasó con ellos pero en general cuando los malos dejan a los buenos condenados a una muerte lenta y segura no se quedan para comprobar la defunción sino que se van dejando a los buenos la oportunidad de escapar. En el caso de Los Magníficos en general no sólo escapaban sino que encontraban herramientas y hacían lanzallamas, tanques, granadas y motosierras de la nada.

Definitivamente “Infiltradas” se convirtió en mi placer culpable, pero como esta es una columna para hacer mierda lo que vemos en TV no puedo evitar tirar mis dardos.

Primero, si la teleserie se llama “Infiltradas” lo más importante debieran ser ellas, las infiltradas. Pero me parece que los roles masculinos se están robando la película por goleada. La familia de Héctor Noguera recuerda al “Último Don” de Mario Puzo, con Álvaro Morales como Dante Clericuzio (hijo del Don pero un chanta) y Thiago Correa como Cross di Lena (a fin de cuentas, un empleado que hace la pega mejor que el hijo del Don). Esa “Famiglia” en donde el ciego también es hijo del Don es como los Mercader pero en vez de dedicarse a tirar se dedican a los tiroteos.  Ya les hablé también de Roberto Vánder que es un rock star, y por último Willy Semler, César Arredondo y Juan Pablo Ogalde también tienen papeles notables.

De las infiltradas, Ignacia Allamand está subexplotada. No tiene la carga dramática que tenía su personaje Lietta en Mujeres de Lujo. La exquisitamente adorable Marcela del Valle (en la foto)  tampoco brilla, en un papel de detective lésbico-chanturri.

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Marcela del Valle (c) Misshbanu – Flickr

Catalina Olcay es muy atractiva pero su personaje no tiene relieve, y Katty Kowaleczko, una mujer muy hot y una buena actriz, se diluye al interpretar a las gemelas Atenea y Minerva (es la misma deidad, sólo cambia el nombre según el panteón griego y romano, ok, ya entendimos el easter egg). Se diluye porque no hay una diferencia apreciable entre las hermanas salvo la vestimenta y ligeramente la expresión. El problema es que cada una suplanta a la otra y se visten igual para engañar a los demás actores. La idea es que en el contexto de la teleserie todos crean en la charada, pero que el telespectador la vea en forma evidente.

En Amores de Mercado era muy evidente la diferencia entre Peyuco y su gemelo cuico. Señores guionistas, vestuaristas, directores: tienen que hacerle la vida más fácil al televidente. Yo veo a Katty Kowalezco en una escena cualquiera y no sé cuál hermana es. Además como ambos nombres aluden a la misma deidad, también me confundo cuando las oigo nombrar.

La hija de Carolina Arregui tiene un papel bien plano también, aunque hay que destacar que es muy linda, muy linda realmente. Esperemos verla más seguido y en papeles más complejos. Por último, Bárbara Ruiz Tagle, que es una buena actriz, no actúa mucho sino que hace de comparsa para el ciego con amnesia, esperemos que al menos lo salve de morir ahogado en Carmenere… que no es una forma tan mala de morir, ahora que lo pienso.

En resumen, si no han empezado a ver Infiltradas, les recomiendo que se infiltren a la programación y la vean aunque sea para reirse del mexicanote Roberto Vánder. Esperemos eso sí que los guionistas enderecen el rumbo y se noten más las infiltradas que los mafiosos, o bien cambiémosle el nombre a la teleserie, bueno?

(Con esta segunda columna ya hice el día. Si sigo con este ritmo puedo renunciar al diario donde trabajo)

Actualización: en el capítulo del miércoles mataron a Roberto Vander al estilo Hattori Hanzo. Por lo tanto retiro mis palabras y declaro que esta teleserie…

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