Yingo se convierte en carnicería

Hace muchos años, cuando este humilde columnista era un mozalbete inexperto, hubo un programa que marcó escuela en la TV por lo chabacano y descarnado: Mekano.

Años después, el mismo director se autoplagia en el canal de al lado y nuevamente la competencia de la red estatal lo obliga a tomar medidas desesperadas.

De esto se cumplen ya 6 años, pero lo recuerdo clarito y eso que era una época en la que rara vez andaba sobrio. El rey de la sintonía en la tarde, Mekano, programa dirigido por Alex Hernández, empezaba a tambalear. TVN había dado con una fórmula para combatir en esa franja horaria y le estaba resultando. El programa Rojo: Fama contra Fama (o algo asi, nunca supe si contrafama era una sola palabra) empezó a quitarle el protagonismo y no se detuvo hasta que Mekano sencillamente terminó, dejando -de paso- sin pega a muchos “artistas” que en ese momento descubrieron que de artistas tenían tanto como de neurocirujanos.

Durante la agonía de Mekano Hernandez ilustró a todos los aficionados a la TV con una clase práctica de manotazos de ahogado, forzando al extremo los escandalillos amorosos entre los participantes, divulgando rencillas internas que tal vez no eran verdad, rotando a la coanimadora, echando a Viñuela, trayendo a Juan Pablo Sáez, y otras cosas igual de ineficaces.

La vida da muchas vueltas y la historia es cíclica, pero en cada vuelta se supone que uno aprende algo. Alex Hernández volvió a la carga y se halló de nuevo en la cúspide capitaneando el programa Yingo en Chilevisión, en donde se explota la misma fórmula: jóvenes teóricamente atractivos para su segmento bailan, se enamoran, se besuquean, se celan, pelean y se reconcilian, bailan, concursan ¿Mencioné que bailan? Bueno, en realidad la mayoría sólo intenta bailar. Algunos cantan, algunos en teoría sacan canciones propias y hasta discos. Se enamoran de nuevo, se pelean de nuevo, y la gente los sigue y los admira.

Pero como dije, nadie pasa por la vida sin aprender algo, y Alex Hernandez no es la excepción. En ese sentido Yingo es un producto mucho más sólido que Mekano porque está descremado: le quitaron ingredientes que no tenían razón de ser como la gente fea (por ejemplo Andrés Baile) y el Axé (que ayudó a encumbrar a Mekano pero luego fue uno de sus lastres), quedándose con lo que realmente le importa al público: harta curva y tensión erótica entre los panelistas/monigotes/protagonistas.

Pero además Hernández le añade cosas que no tenía su programa anterior:

  • Lucha de clases, por el contraste populais/modeláis
  • Íconos Pokemon, una tribu urbana que no existía en tiempos de mekano
  • Integrantes que sí saben hacer algo: Iván Cabrera, Natalia Roth, Mónica Ferrada, Yamna Lobos, Carolina Mestrovic son todos ex-Rojo y así, a vuelo de pájaro, se podría deducir que tienen más talento que la flaca pechugona televisiva promedio. (Aunque a Natalia Roth la echaron y ayer se integró a Calle 7 en TVN)

Por supuesto, de nuevo en la cúspide el caballero es lo suficientemente amigo de sus amigos como para volver a darle pega a cantantes que nunca fueron cantantes como Karen Paola.

Así las cosas pareciera que Yingo tiene la fórmula dorada del éxito, pero todas las fórmulas se agotan, y después de varios meses en la cresta de la ola (que no es igual que la cresta de la loma) la apuesta de TVN, Calle 7, con toda su pobreza escenográfica, argumental y animaticia le está peleando el horario de la tarde.

De acuerdo, no es una fórmula nueva como era Rojo. Sus integrantes están muy lejos de ser empáticos y las chicas son curvilíneas y estilizadas pero más bien ausentes, distantes. Da lo mismo, porque es un factor de novedad y sólo por eso le roba algo de público a Yingo. Bueno, por eso y porque algunas de las chicas están realmente bien, como la increíblemente perfecta Belén Muñoz

Pero esta columna no es para discutir sobre las fortalezas de Calle 7, sino para alertarlos sobre las reacciones de Alex Hernandez para proteger su feudo. Después de probar casi todas las redefiniciones posibles cuando tuvo que salir al salvataje de Mekano, y de entender cuales eran las fortalezas del género y cuales los lastres, cabe esperar que en las semanas venideras el curtido director tome acciones radicales.

Aunque desde fuera de la pantalla todos sepamos que Yingo es puro tongo, también tiene sentido suponer que los fugaces pololeos, peleas, escenas de celos y ponceos varios son estresantes -en distinta medida para cada uno, eso si- pero al mismo tiempo lo que más reditúa en sintonía. He aquí que Yingo constituye en sí una máquina perversa que maximiza sus utilidades en directa proporción al sufrimiento mental y emocional de sus participantes.

Ya dijimos la otra vez que el reciclaje de una vieja estrella de Mekano, Francoise Perrot, no era realmente un gesto de amistad de Hernandez hacia su antigua pupila, sino un intento de explotar la veta Edmundo Varas de la Perrot, aún a costa de la salud mental del sufrido chico reality.

Pocos días después, trasciende que el bailarín brasilero Marco da Silva había sido acusado de abuso sexual por una chica que lo sedujo en una discoteque. ¿Coincidencia? Tal vez, pero una coincidencia bastante idónea para acaparar portadas primero con el sensacionalismo de la denuncia, luego con el paternalismo que implica respaldar al carioca.

Ahora sale en distintos diarios (ninguno muy serio, obviamente) que Natalia Rodriguez, Arenita, está internada en el hospital después de un intento de suicidio. Un intento bastante sui generis que incluyó una chorrillana en el puerto, cerveza, pastillas y cabezazos contra un excusado. Pero bueno, mal que mal Yingo -como Mekano- es una farsa y como tal todo lo que lo circunda es una caricatura. Lo terrible es que las caricaturas pueden ser dulces o amargas, y si algo aprendió Hernandez de su última derrota es que una farsa bien sangrienta es tal vez la maniobra más efectiva para retener a su público. Sin ir más lejos, ayer la tragedia de Arenita fue el material perfecto para abrir la semana con harta cebolla.

Tal vez en esta ocasión TVN no sea capaz de arrebatarle la franja a Hernandez, pero ¿A qué precio? Me temo que estamos empezando a notarlo.