Última Salida: Pucha que somos buenos

Yo no sé si esto será un fenómeno local o global, pero como al final el papel aguanta todo, voy a pensar que es local, que este país tiene la costumbre de golpearse el pecho pensando: “Gracias Señor, porque soy mejor que mi vecino!”.

El programa Última Salida de TVN se aloja justamente en la esquina de Avenida el Morbo con Calle el Chaqueteo. Ver a una persona autodegradándose al extremo nos provoca lástima pero también alivio: “Gracias, Señor, porque no estoy tan mal como ese que salió en la TV”.

Antes que nada, para los que no hayan visto el programa, Última Salida de TVN está narrado en clave de docurreality, el género de moda que reemplaza a los docudramas como Mea Culpa. Se trata de hacer un seguimiento a un drogadicto y a su familia, revelando de la manera más cruda los hábitos de consumo, el sufrimiento de su círculo más cercano, la suciedad y la sordidez en que se mueven los adictos más acérrimos y, finalmente, cada programa concluye con una “mediación” una instancia en que el círculo más cercano le hace una encerrona al adicto, con la presencia de un especialista, y lo convencen de internarse.

La verdad es que el programa es impactante, porque en el seguimiento muestra de manera muy cruda, muy explícita el  consumo. Lo único que no muestran directamente es la instancia en la que el drogadicto compra la droga, porque la idea no es exponerlo (a él ni al periodista) a un traficante enfurecido que los deje como colador. Pero fuera de eso, el programa ha mostrado una chiquilla fumando pasta base en una antena de TV (quedó completamente sintonizada) un alcohólico que vomitaba sangre, un tipo que jalaba como 10 gramos diarios de coca y ya no tenía tabique y una señora que se tomaba como un litro diario de jarabe para la tos (por la codeína, obviamente). Todo en cámara, con el adicto comentando lo rico que se sentía el volón.

Todos habían perdido familia y trabajo, aunque les quedaba un círculo familiar cercano compuesto por padres y hermanos, miren que alguien tiene que hacer la mediación. Todos abnegados, sufriente, llorando en cámara por la impotencia de ver a sus seres queridos precipitarse al abismo.

Al lado de la intensidad de las imagenes que anteceden a la mediación, el momento cúlmine del programa se torna en anticlímax: uno esperaría que el acto de abjurar del hábito adictivo sea como un parto, un acto de violencia y creación al mismo tiempo (pucha que hablo lindo, voy a postular al fondart con el proyecto “hable como un artista sin estar cagado del mate”) . En cambio, la misma esencia de la mediación implica exponer al drogadicto a un impacto -consistente en la encerrona misma- tan fuerte que lo desarme, cosa de pillarlo volando bajo y encontrarlo llano y dispuesto a internarse.

Lo anterior me hace pensar que muchos de estos adictos internados se arrepienten al poco tiempo porque sienten que no accedieron al tratamiento por convencimiento sino por presión. Sin embargo en Última Salida muestran como epílogo las imagenes de los ex-adictos algunos meses después, como para que uno haga el contraste: les cambia el color de la piel, la mirada, la postura y hasta la voz. Bien por ellos.

Como dije al principio, este programa cae en suelo fértil en nuestra idiosincracia, porque somos muy dados a sentir consuelo en la degradación ajena. Esto es como una isla desierta en donde naufragan dos tipos y una chica. Si uno de los tipos se ahoga o se lo come un tiburón, el otro se alegra: por descarte se queda con la chica. En un país tan pequeño como el nuestro creo que vivimos con la misma sensación, que la degradación de los demás ensalza nuestra condición de normales, deseables, limpios.

En San Mateo 7:3 se habla de ver la astilla en el ojo ajeno en vez de la viga en el propio. En realidad no me compro mucho de lo que sale en los evangelios pero al menos nos sirve para ver que la costumbre no la inventamos nosotros: sólo la perfeccionamos hasta convertirlo en nuestra oración dominical. Cuando la familia de clase media-alta acude a la iglesia y el sacerdote llama a pedir por los pobres, los desamparados, los drogadictos, los cesantes, los que saben del negocio y no hacen bien la pega, etc etc el pensamiento interior no es “Oh señor, no pido para mí sino para ellos” sino “Oh señor, gracias por hacerme superior a ellos”.

Hasta para rezar somos egoístas. Chita que es linda mi tierra!

PD: Sholawi te puse puros unos por incompetente