La Cárcel

Hay muchas maneras de afrontar un programa carcelario, y no es porque se trate de reciclar un mismo tema sino porque una cárcel es en sí un microcosmos (o microcaos) en donde coexisten múltiples realidades.

Pero si la realidad es un diamante de infinitas caras, el ser humano se caracteriza por percibir sólo unas pocas al mismo tiempo. Y de todos los filtros a la percepción, la TV es aquel que se especializa en mostrar nada más que una cara a la vez. Por algo hablan de pantalla plana, mientras más plana la caricatura de realidad más apta para el consumo masivo.

Las cárceles son un caldo de cultivo muy rico para el cine, porque en toda situación en donde exista algo prohibido (salir de ella) hay una temática, un viaje heroico propuesto: la fuga. Pero se hicieron tantas películas sobre fugas que al final se tornaron predecibles. Es decir… hay muchas cárceles pero en el fondo todas son la misma y no es que me quiera poner panteísta al respecto. Simplemente hay una manera limitada de encerrar a una manga de giles en un mismo lugar, asi que algunas tienen biblioteca, otras tienen internet y en otras hay más ratones que en los restoranes del centro, pero todas son básicamente la misma cárcel asi que todas las películas de fuga, con grandiosos exponentes como El Expreso de Medianoche de Alan Parker y la galardonada Sueños de Fuga (con Morgan Freeman como… Morgan Freeman) al final agotan la temática.

Pero sigue habiendo cárceles y como la gente se vuelve más morbosa se entretiene más sabiendo las condiciones paupérrimas en que viven los reos que contemplando aventuras de escape.Y así proliferan los docu-realitys en donde te muestran la realidad de la vida carcelaria, que a  mi gusto tienen cuatro vertientes, pues se enfocan en las cuatro aristas de un equilibrio precario en donde todo esto se apoya.

Por un lado tienes a los reos, los cuales en cámara siempre son un poco menos malos que en la realidad. Cuando tienen a Carlos Pinto adelante los presos ponen cara de arrepentidos, otros alegan por su inocencia, otros admiten una fracción del crimen y dicen que les cargaron el resto. Hay otros programas que muestran todas las cosas lindas que puede hacer un reo, como cantar en Todos a Coro, hacer artesanía, escribir hip hop o acercarse a Dios con una secta carcelaria. Yo digo: por todo esto del hijo pródigo y la oveja descarriada yo puedo entender que Dios acepte y perdone a los criminales arrepentidos. De hecho aunque no estén arrepentidos puedo entender que haya lugar para los criminales muy creyentes. Pero si eso es cierto -quien podría probar lo contrario- entonces el día en que uno llega al cielo le pueden tocar la cueca, te roban las zapatillas y tienes que hacerte novia de algún ángel para que no te violen los más viejos. Creo que es más sano ser ateo.

La cosa es que mientras en cámara son blancas palomas (como si eso les rebajara la pena) dejándolos solitos un rato en el patio resulta que son esgrimistas (peleas con estoques) y maestros destileros que fabrican chicha con cualquier verdura o materia orgánica que se te ocurra, por asqueroso que suene. Pero eso es en algunas cárceles, parece, porque en otras salvo por la falta de mobiliario parecieran llevar una vida de lo más decente. La arista de los presos te puede mostrar cuán precaria es la civilización y cómo en ausencia de las pautas sociales la gente es capaz de hacer casi cualquier cosa. Es decir, si realmente la moral es sólo el miedo a la policía, entonces en las cárceles difícilmente hay moral porque total ya estás preso.

Por otro lado están los gendarmes, cuya idiosincracia yo creo que roza el masoquismo. Creo que de todos los trabajos del planeta no hay ninguno que te empuje más al síndrome Burn-Out que hacer de autoridad en la cárcel. Mal pagado, temiendo por tu vida, expuesto a malos olores y un espectáculo macabro permanentemente y para más remate casi sin ninguna de las ventajas de pertenecer a las Fuerzas Armadas y de Orden empezando por un sueldo bajísimo y un retiro insuficiente. Mientras en el Inferno de Dante el susodicho lugar acumula a los que deben pagar sus culpas al cuidado de crueles demonios, en las cárceles los que ocupan el lugar de crueles demonios sufren acaso más que los condenados. Esto no nos dice nada sobre las cárceles en sí, sino que deja en evidencia que Dante nunca pensó en los demonios: quien les paga, cómo les paga, cuándo tienen vacaciones ¿Hay concursos internos? A lo mejor los demonios que torturan a los condenados deben reportar a Cacodemons o Barons of Hell que a su vez sólo hacen presentaciones de powerpoint apropiándose del sufrimiento inflingido por sus subalternos: hasta en el infierno hay jefes vaca que saben del negocio. Pero en las cárceles no es tan así y desde el pelao hasta el coronel sufren de un trabajo que nunca querría experimentar.

En tercer lugar tenemos a las familias, y aquí hasta un canalla como yo sufre un poco, porque salvo contados casos se podría decir que la familia no tiene culpa de los crímenes del jefe de hogar, pero purgan la pena junto con él. Los hijos crecen sin un padre, estigmatizados y abandonados. Las mujeres sin un marido y a menudo pasando pellejerías para conseguir dinero privadas del ingreso de aquel. Las mujeres de reos son un poco como Penélope, pues postergan su vida y quedan como en pausa -o como dice la canción, se paró su reloj infantil- pero el tiempo sigue pasando y al final descubren que los 5 años que el marido pasó en la cárcel y en donde ellas vivían en función de mandarle cartas, llevarle cigarros y acudir a las visitas conyugales fueron 5 años perdidos.

Con los niños sucede otro tema y es incluso más grave. La mujer pierde a lo mejor 5 años, pero un niño que crece con un padre en la cárcel pierde toda la vida. Esto, en realidad, no tiene arreglo porque uno debe estar fuera de circulación y el otro debe estar jugando, es una lástima que no puedan estar juntos pero tampoco es buena idea juntarlos como no sea en las visitas periódicas en donde se puede disimular un poco lo que hay más allá de la sala de visitas.


Finalmente, el cuarto protagonista de las historias y docurealitys de cárcel es la misma cárcel. Tal como puedes hacer un relato en clave vivencial del protagonista, puedes hacer uno en clave testimonial del escenario, y la cárcel es tal vez el escenario más complejo de todos. Primero, porque es un lugar pensado para que no te arranques, luego se piensa en un tenor distinto que una vivienda o edificio público. Segundo, porque los habitantes no tienen mucha opción de quejarse sobre su hábitat ni tampoco mucha disciplina para mantenerlo en buen estado. Al final, es verdad que tenemos cárceles modelo que pese a seguir siendo cárceles están limpias pero miren la sutileza: están limpias, están en buen estado. El régimen transiente permite que estén mejor de lo que estarán, porque a largo plazo eso no es sustentable. Con el tiempo las cárceles van fermentando, supurando la maldad que cobijan dentro, la frustración, la alienación (i.e. sicoseo) de sus habitantes. Yo no se si pecaré de animista o supersticioso, pero pienso que los lugares donde se erige una cárcel constituyen una cicatriz en el tejido de la realidad, y esa cicatriz no desaparece cuando se destruye la cárcel para hacer edificios. Quedan muchas cosas ahí, entre recuerdos, muertos, túneles y sufrimiento abstracto. No puedes hacer un inferno de bolsillo entre cuatro calles y pretender que se puede borrar con una simple retroexcavadora.

En esta columna sabemos que la TV es una herramienta de manipulación pero la disfrutamos igual. No abjuramos de nuestra condición de marionetas como todo hombre mortal pero, a diferencia de la masa inconsciente, vemos los hilos que hacen bailar a la gente. Que me perdone el Dr Manhattan por esta paráfrasis tan barata pero no se me ocurrió cómo más cerrar el artículo. Ahí se ven!