Adiós señora Hildita (in memoriam: Yoya Martinez)

Señora Hildita: Esto se lo debía desde hace tiempo. Me gustaría decir que pensaba escribirlo antes de que se muriera pero, la verdad, se me ocurrió sólo cuando supe de su muerte. Además, como pasaron varias semanas entre su deceso y la fundación de este blog, la verdad tampoco tenía donde publicar lo que escribiera.

Pero no hay deuda que no se pague y hoy me pongo al día, despidiéndome de un símbolo de la TV chilena.

Señora Hildita:

Esta es la carta de un fan. A lo mejor recibió muchas cartas de fans en su vida. No sé hace cuantos años le habrá tocado recibir la primera, pero todo indica que a mí me tocó escribirle la última. Es un honor inesperado y espero estar a la altura.

Esta carta es distinta, además, porque creo que en su gran mayoría las cartas de fans empiezan diciendo “usted no me conoce pero yo a ud la conozco”. Esta es distinta porque ud me conoció. Durante un par de años fuimos vecinos en aquel viejo pasaje de La Capitanía y me parece que salíamos a regar a la misma hora. Nos saludábamos cortesmente y a veces nos preguntábamos mutuamente por nuestra salud.

Yo -esto no se lo dije nunca pero es verdad- siempre admiré que fuera una actriz tan tremenda que delante de las cámaras pudiera pretender estar menos acabada que lo que estaba en la realidad. Eso me dice que en su interior todavía ardía el fuego que alimenta el amor por las tablas, porque mientras en su jardín daba pasitos cortos y balbuceaba con dificultad las buenas tardes, por las mañanas a pocos metros de ahí, en los estudios de Chilefilms, bastaban las luces y las cámaras para reimplantar la energía vital en ese cuerpo vetusto.

Desde la primera vez que vi la serie, con la espectacular participación de Marcela Osorio y un set de una sola ubicación -el comedor de la casa- el mundo ha cambiado mucho. Cayó el muro de Berlín, empezó y terminó Dragonball Z, Claudia DiGirolamo se puso más joven y más rica, se formó Soundgarden, se separó Soundgarden, y no hablemos de toda mi etapa de enseñanza media y universidad mire que no quiero escandalizarla tampoco. Ha pasado mucho tiempo y los Venegas siempre estuvieron ahí pero, más importante, usted estuvo ahí como símbolo de permanencia, de eternidad.

Curiosamente, en mi caso siempre me topaba con Los Venegas. Ya dije que con ud fuimos vecinos. Con Memito fuimos compañeros de universidad, la Paolita es prima de un primo, la Silvita me hizo llorar en la película “La niña en la Palomera” y el compadre Moncho no es nada mio pero me cae a toda raja, disculpando la expresión. ¿Lo vé? Soy casi un Venegas.

Ahora que uds se ha ido, Los Venegas ya no es lo mismo. Es decir, hacía ya tiempo que no aparecía en pantalla pero el hecho de que aludieran a Ud. -y el hecho de saber que la actriz seguía viva- daba una sensación de estabilidad. En verdad Los Venegas es por mucho la serie más antigua de la TV chilena y una de las más longevas del mundo, y como el hombre vive aferrándose a lo permanente ante el vértigo de ver el tiempo pasar, Los Venegas para muchos es un ancla en medio de la programación cambiante.

Pero bueno, ud. ya no está y la familia paradigmática se descompone. El pelado Venegas está más pendiente de la alcaldía de La Florida y de darle trabajo a gente corrupta como la señora de las frambuesas. Memito ya nunca más se vio, la Paolita es abuela… en fin. Déjeme decirle que yo también cobijo a una suegra bajo mi techo asi que la comparación es inevitable: Qué no daría yo por tener una suegrita aficionada a los caballos y los cañonazos. Pero no, no es ahí donde quería llegar. Para muchas familias chilenas, los Venegas fue en mayor o menor medida reflejo de nuestra familia propia. El hecho de ver que la matriarca ha desaparecido me recuerda que lo mismo tocará pronto en todas nuestras familias, la rueda dará una vuelta completa, una generación se extinguirá, la vida seguirá adelante y tal vez, señora Hildita, nuestros hijos ni siquiera sepan de su existencia.

Por eso prefiero escribirle ahora, antes de que se me olvide o antes de que el flujo del tiempo haga que también de mí se olviden los que vendrán.