Tres inmigrantes cuentan cómo es celebrar la Navidad lejos de casa

Nuestra forma de mirar el mundo cambió gracias a miles de inmigrantes que llegaron al país. Otros aromas y sonidos se apoderaron de las calles, y nuevas celebraciones invitan a abrirnos. Una colombiana, un sirio y una venezolana relatan cómo viven estas fechas y su proceso de adaptación.

En algunos hogares chilenos se acostumbra a pasar la Navidad en torno a un arbolito lleno de luces parpadeantes, una estrella en la punta, acompañado de un plato con pan de Pascua y el infaltable cola de mono. Aquellos que le dan más relevancia a esta fecha, cenan, otros regalan experiencias o envían cartas al Viejo Pascuero.

Para quienes celebran el 24 de Diciembre, los ritos y tradiciones cobran real significado. Las emociones a flor de piel, un regalo hecho a mano, el amigo secreto. Pero, ¿cómo se vive en otras latitudes? ¿Qué rituales se realizan? ¿Qué comida se prepara?

Tras la decisión de migrar, vienen también las dificultades de aprender un lenguaje diferente, dejar la tierra, extrañar a las personas queridas, el choque intercultural, la solución de una vivienda, conseguir un trabajo estable, transportarse, entre muchos factores que impactan a nivel humano. Y, para algunos, cobran relevancia de cara a la celebración de festividades o fin de año. Se extraña la casa, los recuerdos y, vivirlo en un contexto ajeno, no está ausente de cierto grado de melancolía.

Compartir en comunidad

En diciembre, por las calles de Colombia, se siente aroma a Navidad, un perfume que combina la panela y la maicena. Para sus habitantes, la fiesta comienza con una tradición que se realiza desde hace 40 o 50 años y traspasa generaciones, incluso fronteras. Cada siete de diciembre, las puertas de las casas, las veredas y las plazas se llenan de faroles encendidos y las personas se reúnen para compartir la luz en el Día de las Velitas.

Así lo vivía Martha Rocha en Bogotá. Gestora cultural y creadora de Kolombia Kultura Itinerante,  quien reside en Chile desde hace diez años y, junto a sus compatriotas, ha replicado esa forma de vivir las fiestas en Santiago. En su ciudad de origen, los barrios se decoran con guirnaldas, los vecinos se organizan para instalar luces en los árboles de los parques, en las calles y en sus viviendas. “Es impactante el espíritu navideño, es muy especial. Todo se llena de colorido y hay un ambiente muy alegre”, cuenta.

Luego del Día de las Velitas, durante una semana y media, se arma el pesebre, las familias se reúnen, cantan villancicos y todo con los niños como protagonistas. Se comen buñuelos (bolitas de queso y tapioca) y natillas, (postre de panela y fécula de maíz). Con la intención de compartir, también se prepara una cena en la ciudad, donde el centro es un pavo relleno.

Martha trabaja como administrativa en una oficina de contabilidad, pero en su tiempo libre organiza actividades como las fiestas patrias de Colombia y un festival llamado Colombia invita a Santiago, donde colaboran con municipalidades y con la Parroquia Latinoamericana, punto neurálgico de la migración.

Tiene dos hijos: la mayor se tituló de odontóloga en Colombia y el menor vivió en Chile hasta que terminó la enseñanza media y se fue a vivir a Europa, por lo mismo, este año pasará la Navidad sin su familia, pero rodeada de amigos y amigas. “Nos reuniremos los colombianos y colombianas, prenderemos velitas, escucharemos nuestra música y compartiremos nuestra comida. Es bien bonito lo que sucede en nuestra comunidad”, relata.

La comida como protagonista

Navidad

Arbolito, pesebre y la preparación de las hallacas, una comida especial de Navidad, siempre en familia o con amigos, así recuerda María Migdalia Ramírez (40) sus navidades. Ahora disfruta de mantener los ritos que aprendió de niña en Caracas, su ciudad natal, pero ahora en Chile, junto a sus seres queridos.

Era junio de 2014 cuando arribó a Santiago desde Venezuela. Venía embarazada de cinco meses, con su marido y su hijo pequeño de la mano. Llegaron a compartir un departamento con otra familia, en el que ellos ocupaban un dormitorio para los tres.

Para María Migdalia lo más difícil fue llegar sin empleo y sin conocer a nadie, pero con su esposo se mantenían positivos: “Me apasiona cocinar, así es que buscamos alguna oportunidad para trabajar en lo que me gusta y empezamos a hacer empanadas típicas de mi país con harina de maíz y con rellenos como el ‘pabellón’, nuestro plato nacional”, explica.

Fueron estratégicos. Los primeros meses, con el dinero que trajeron, compraron cuatro exhibidores y los ofrecieron en su edificio y en minimarkets. Todo hasta que su esposo encontró un trabajo poco antes del nacimiento de su hijo menor, el “príncipe chileno”, como le llaman en casa.

“Una vez que nació mi bebé, volví a cocinar. Además, aprendí a hacer empanadas chilenas”. En 2016, participó de un programa impulsado por la Municipalidad de Santiago y logró armarse de los implementos necesarios para abrir Bienmesabe, una panadería venezolana en el centro de Santiago.

Según María Migdalia, la celebración venezolana de la Navidad acostumbra a ser en grande, con los seres queridos. “Así como los chilenos celebran las fiestas patrias, nosotros la Navidad. Me gusta hacer esa comparación”, comenta.

Recuerda que en su país se organizaban patinatas (fiestas), con un menú que incluía pan de jamón, ensalada de gallina, pernil y, por supuesto, su plato típico navideño como protagonista: las hallacas, las que antiguamente se preparaban en familia.

La nostalgia por su tierra la ha movilizado a preparar las hallacas y pan de jamón, para quienes no tengan tiempo de cocinar y quieran sentirse en casa.

Valorar y aprender de lo nuevo

Navidad

Hace un año, Nabil Mohammed Shehawi (36) llegaba a Chile junto a su esposa Roa y sus dos hijas, Basil y Juli, y otros 62 refugiados. La familia voló directamente desde el Líbano, país que los acogió luego de escapar de la pequeña ciudad de Salameya en el centro de Siria, zona destruida por una guerra civil que ha durado siete años.

La familia de Nabil practica el islam, pero no usa el vestido completo, conocido como hijab. Sus primeros meses en Chile fueron difíciles, principalmente por el idioma y el estilo de vida. Anhelaban a su gente, su tierra y recuerdos, pero, para surgir, decidieron que debían pensar en el presente y el futuro, razón que los movió hasta el sur del mundo.

“La cultura es bastante diferente”, dice, y se apura en agregar con alegría: “Los problemas fueron resueltos, nuestras hijas han podido ir a la escuela y ahora tenemos amigos y vecinos chilenos”.

En el islam, no acostumbran a festejar la Navidad, porque es una tradición que corresponde al catolicismo. En cuanto al Año Nuevo, tampoco realizan una gran fiesta como en Occidente, pero mantienen otros ritos debido a que su calendario es diferente y el cambio de folio se celebra con canciones religiosas y folklore.

En 2017, la primera vez que Nabil y su familia celebraron la Navidad, se reunieron con amigos sirios, recién llegados como ellos, pero este año piensan pasarla junto a sus vecinos chilenos en una cena navideña. “Encuentro todo hermoso y nuevo. Me encanta aprender nuevas tradiciones”, comenta.

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