Chile

Francisca Imboden habla del “bullying” que sufrió por ser la mala en “Papá la Deriva”

Hizo gran parte de su carrera en TVN, pero el año pasado saltó a las filas de Mega, donde hoy graba la primera nocturna de ese canal, “Sres. Papis”. Su recorrido ha sido intenso, lleno de aprendizajes y siempre de la mano de la maternidad y la crianza. Nunca se ha creído el cuento, y hoy no se arrepiente de nada.

Por: Jessica Celis Aburto. 

Francisca Imboden (44) tuvo que cerrar su cuenta de Instagram y salir camuflada a la calle cuando interpretó a la manipuladora «Rosario» de «Papá a la deriva». «Me decían cosas terribles, sobre todo niñitas chicas. Eran muy violentas, y ahora entiendo por qué hay bullying en los colegios; te tiran todo lo que piensan sin filtrar. El personaje era bien insoportable porque es todo lo que uno no quiere ser, pero lo que pasó con la gente fue un shock para mí», cuenta.

Ahora será parte de la primera teleserie nocturna de Mega, donde su rol «se confabula muy bien con el proceso personal que estoy viviendo. Veo a mi personaje y es como que mirara todas las torpezas que he cometido, y que muchas mujeres cometemos. Es como de esas mujeres inundadas, emocionales, que sufren porque hubiesen querido que las cosas sean distintas y todavía están enganchadas de un gallo».

Este año cumplirás 45, una edad que puede ser bastante simbólica y llena de reflexiones. ¿Las haces?
Todos los días hago reflexiones, sobre todo desde que descubrí la meditación, algo que ayuda mucho a alguien como yo, que soy súper dispersa y hago mil cosas. Estoy constantemente repasando cómo fue mi día, lo bueno, lo malo, viendo cómo se conecta todo. No es algo muy cerebral sino más bien emocional. Estoy bien impresionada de mí, porque tengo una calma interna mucho más potente, un contentamiento que no es conformismo. Me detuve y empecé a ver lo que había en mi vida, y me di cuenta que es bastante bueno, así es que sobre esta base dije: «sigamos caminando». Antes miraba mucho para adelante, ahora lo hago en el presente, no tengo mucha proyección, no porque no crea o sea fatalista, sino porque cuando lo hacía lo pasaba mal, porque la proyección es un ideal.

Antes era mucho más explosiva, categórica; «era buena para decir esta persona es así y asá. Eso es súper torpe, porque al final esa persona que aparece como una mala combinación contigo, para otra puede ser un dulce. El ambiente a uno lo lleva harto a eso, me dejaba llevar por el pelambre externo e interno. Ahora pienso que si la circunstancia no me gusta, voy a luchar para que cambie o no se repita, no en que todo el mundo está en contra mía o que tal persona es la responsable de lo que me sucede», reflexiona.

Dejaste de enjuiciar al otro.
Sí, y a agradecer y también a pedir más. No de «quiero un auto», sino pedir ayuda para que algo te funcione, por ejemplo. Y si funciona dar las gracias, y si no era como pensabas, también hay que agradecer. Uno se cierra y lucha para que algo sea así, así y así, y si no, no lo quieres. O piensas «¿y si hubiera hecho esto en vez de esto?». No, ¡chao con eso! Hoy no me arrepiento de nada, y te juro que le agradezco a todas las personas que se me han cruzado en la vida para algo.

En una entrevista dijiste que fue la meditación la que te permitió trabajar la rabia que te consumía y hacía que la pasaras mal.
Sí. Ahí me entra el hippismo, el shamanico-pastoril que hay en mí (risas). Cada vez que uno se «enmierda», empiezas a exudar mierda, y si pasa eso, empiezas a vivir en la mierda. Hueles mierda, comes mierda…, y yo no quiero eso. Si ahora pasa algo molesto, lo dejo ahí, pasó y se fue. Tampoco le tiro mala onda a nadie, porque la mala onda se devuelve, cada uno tiene sus problemas, ¡y vaya a saber uno por qué una persona actúa de determinada manera en algún momento! Ojalá que esa persona resuelva lo que tiene resolver y sea feliz. Ahí se me junta con el actual tema país que vivimos. Ahora todo el mundo alega, como que todo el mundo fuera probo y sólo los que salen en los medios o son conocidos fueran los que meten las patas. Y resulta que ahora todos tienen una actitud que es anti-bien común. Creo que hay volver a vivir en el «nosotros» y no sólo en el «mí».

Dejar de mirarse el ombligo.
Claro. Dejar de pensar que si algo no es o no pasa como yo quiero, no es válido. Pensar, por ejemplo, desde cosas simples, como que si tienes que reunirte con un grupo no tienes que llegar tarde porque te estás fregando a todos los otros que sí llegaron a la hora. Hay que compartir lo que uno sabe que puede hacer que otros ganen, y no guardarlo sólo para ti. Diría que más que ombligista, actuar así es ser egoísta, feo.

Es complejo. Hay un descontento generalizado, donde es común que en la calle o en una fila del supermercado te empapelen a insultos por cualquier cosa.
Claro que sí. Ahora está todo encriptado, enrejado, con la Seguridad Ciudadana por todos lados, y esa forma de vivir no es la que quiero. A mí me gusta habitar el exterior, no enclaustrarme en mi casa. Eso me parece súper antinatural, y no ayuda a nada a crear comunidad. Mis papás siempre han sido un poco así y uno va incubando cosas desde la crianza. También influye la ciudad en la que nací y viví (Viña del Mar). Me gusta el concepto de barrio, no la urbanización de 800 casas sin plaza, sin boliche o verdulería. Eso no lo entiendo, nadie conoce al del lado y todos están preocupados de que no les entren a robar. Ese es otro punto. ¿Para qué atesorar tanto en tu casa? No necesitas tener todos los libros, ni todas las películas.

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¿Hace cuándo sientes este cambio en tu forma de plantearte en la vida?
Creo que siempre debe haber estado, pero desde los 35 en adelante se hizo mucho más fuerte, cuando nació Mariano, mi tercer hijo. En algún momento me cansé de tratar de agarrarle el ritmo a la vida citadina chilensis clásica. Uno siempre tiene crisis, y en mi vida algunas han sido más potentes que otras. Me ha pasado que en los momentos más críticos, lejos de sentirme sola o apaleada, me he sentido contenida por el universo. Fue ahí cuando dije «basta de creer que uno está solo». De verdad que cuando estoy mal, sé que va a venir algo bueno… Soy una actriz como muchas otras que estamos llenas de capacidades. Lo que hago es pararme diciendo: «yo ofrezco éstas». Y menos mal que me ha ido bien. Siempre estoy haciendo cosas distintas: me metí en la radio –conduce «Té para dos» en FM2–, trato de escribir buscando otras posibilidades, porque sé que mi trabajo en televisión no es eterno y no quiero eternizarme tampoco. No soy de esa gente que llega a la cima, se agarra de ahí y no quiere que nadie más suba porque están ellos. A mí me ha ido bien, pero nunca he sentido ni nadie me ha hecho sentir que estoy en una cima. ¡No lo digo en mala! Ha sido muy cómodo mi desarrollo laboral y humano. Todo ha sido muy orgánico. No puede ser que si haces la pega bien no vayas a tener. Confío plenamente en eso. Hay gente que tiene suerte y no necesita tanto trabajo, pero jamás me comparo con ellas. Siempre me he entregado 100%, me las he buscado, así me ha funcionado y voy a seguir siendo así.

¿Hay alguna crisis en particular que recuerdes y que tuviste que trabajar para llegar a esta calma que tienes hoy?
Creo que una grande fue después que me quedé sin pega, luego de tener a Mariano. Hice una mala transacción contractual después de «Alguien te mira». Y si bien no pasé mucho tiempo sin trabajo, no tuve contrato y fue un desastre, porque tenía a mis dos hijas en el colegio y no tenía ingresos por otros lados. Ahí me puse a trabajar haciendo voces, donde te pagan muy a largo plazo; vendí miel; hice mosaicos… Hice de todo. Lo bueno y que me ayudó es que soy ordenada, y desde chica me impongo y apuesto al sistema de salud público (está en Fonasa). También siempre he ahorrado aunque sean dos pesos de lo que he ido ganando. Soy asquerosamente disciplinada en eso. Mis papás son así. Para disfrutar hay que tener siempre algo, por cualquier cosa. En ese momento salvé, pero caí en un hoyo emocional y todo se me puso negro. Perdí la esperanza y todo empezó a funcionar mal. No tenía una pega bien remunerada, y fue cuando decidí contactar, de repente, a un representante con el que trabajo hasta el día de hoy y con quien me llevo súper bien (Juan Carlos Salfate). Él me devolvió la confianza y fue un ángel que me encontré en el camino. De ahí en adelante empecé a rearmarme y todo cambió. Mi calma es una calma trabajada, no es que ande todo el día así.

LA MAMÁ
Siempre se ha hablado, y tú también te has referido, a tu maternidad temprana. ¿Cuál es tu reflexión hoy frente a ella?
Mi maternidad es exquisita. Estoy bien agradecida porque admiro a mis hijos, y los 3 son exquisitos (Trinidad, 22, estudiante de diseño de vestuario y maquillaje; Consuelo, 20, estudiante de diseño de ambientes, y Mariano, 8). Mis hijas mayores me encantan porque siempre salimos las 3, tenemos una buena conversación y me cuentan todo, todo lo que se le puede contar a una mamá sin problemas. Tampoco espero enterarme de todo porque soy su mamá, no soy amiga. No soy una mamá que deja que hagan todo lo que quieran o que se metan con el pololo en la casa. Tengo límites y también un hijo chico al que estoy criando, y ellas me apañan harto en eso. El cariño lo manejamos con harta naturalidad y eso me tiene muy feliz.

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¿La relación y esa confianza que tienen es una respuesta tácita al cómo lo has hecho también?
Sí. Para los hijos los papás siempre han hecho todo mal, pero que ellas conversen conmigo y me cuenten las cosas, aunque sepan que quizás no me guste, lo agradezco porque te aceptan sin criticarte tanto. Ellas toman sus decisiones también, aunque yo no las comparta.

¿Sientes que ser mamá y criar se te ha hecho fácil, duro, o ni lo uno ni lo otro?
Ni lo uno ni lo otro (risas). Nunca fui guaguatera. Cuando fui mamá nunca había cambiado un pañal, y tuve que aprender a cocinar, aunque cosas muy simples. Comía puras ensaladas. Era experta en cómo hacer rendir un champiñón (que picaba en mil partes) y una hoja de lechuga que estiraba harto para que pareciera que era harto (risas). Me quería casar a los 50 e irme a vivir a Francia para hacer un doctorado. Todo salió al revés (risas), pero exactamente como tenía que ser. Siento que me costó, pero lo veo con cariño y tranquilidad. Cuando estaba pasando era bastante crítico, porque ensayar teatro hasta las 2 de la mañana con dos guaguas y andar en micro, no tener plata, era duro.

EL AMOR
Se ha casado dos veces y hace un tiempo declaró que no existe el hombre perfecto, pero no por pesimismo. «Soy una mujer imperfecta, por lo que no puedo pedir un hombre perfecto».

Saliste buena para el matrimonio.
Sí. Una amiga dice «ésta es de las que se casa»… (risas). Pero no ha sido tan así. Mi primer matrimonio fue influenciado por el entorno, que decidió que era mejor que nos casáramos. Y la segunda como que los dos estábamos muy entusiasmados y no sé…, pasó. Creo que he sido dadivosa con la firma (risas). Después de mi segundo matrimonio no tengo ningún interés de buscar un marido. Ya me casé dos veces.

¿Estás en pareja ahora?
Estoy bien, tranquila (risas).

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