No olvidemos el ruido

El 54% de las denuncias ambientales realizadas por la comunidad en la Región Metropolitana corresponda a denuncias exclusivamente asociadas a ruidos molestos.

Dentro del panorama general, la preocupación frente al ruido ha hecho que entidades como la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), y la Unión Europea (UE), establezcan niveles de ruido recomendados como límites de exposición, cuyo valor Nivel Día (LD: Nivel de presión sonora continuo equivalente para el periodo diurno) coincide en 65 dB(A).

En el ámbito local chileno, y dado que la principal fuente de ruido en las ciudades es el tráfico vehicular, es posible considerar como relevantes los resultados del estudio realizado por la Universidad Austral de Chile en conjunto con el Ministerio del Medio Ambiente, denominado “Elaboración de Mapa de Ruido del Gran Santiago mediante software de modelación” del año 2011, cuyos resultados concluyen que el Gran Santiago presenta un 17,4% de su superficie expuesta a niveles mayores a 65 dB(A) LD, siendo su Zona Central la más afectada, con un 68,3% en la misma condición.

Debido lo anterior, no es casualidad que el Informe de Gestión de la División de Desarrollo Estratégico y Estudios de la Superintendencia del Medio Ambiente (SMA) del Gobierno de Chile del año 2013, arrojara que el 54% de las denuncias ambientales realizadas por la comunidad en la Región Metropolitana corresponda a denuncias exclusivamente asociadas a ruidos molestos.
Fuente: Informe de Gestión – División de Desarrollo Estratégico y Estudios – SMA Gobierno de Chile

Cuando leemos noticias o buscamos información acerca de los contaminantes, generalmente encontramos que el interés principal de las personas está enfocado en los agentes químicos que en exceso contaminan el aire, el agua y el suelo. Esto claramente está bien y tiene sentido dado el alto impacto que dicha contaminación provoca en la flora y fauna y en la vida humana, causando enfermedades, afectando la calidad de vida y en algunos casos incluso provocando la muerte. Sin embargo, el ruido también es un contaminante que debiera llamar nuestra atención.

Aunque el ruido paradójicamente sea considerado como un contaminante “silencioso” o “invisible” debido a que no deja residuos, no tiene sabor, olor, textura o color, y no genera efectos directos que se observen a simple vista, como por ejemplo en el caso del agua contaminada que pudiera generar Cólera; el ruido genera efectos que sin duda son igualmente perjudiciales. Alguno de estos efectos son el stress, la pérdida auditiva, cambios en el ritmo cardíaco y la aparición de úlceras gástricas; la alteración del sueño, la concentración, la memoria y el aprendizaje; la reducción de la atención y la eficacia en el trabajo, entre otros, mencionando únicamente los efectos en el ser humano.

Es importante observar que, si bien en Chile la normativa de ruido ambiental vigente, el Decreto Supremo N°146/1997 del Ministerio Secretaría General de la República, regula la inmisión de niveles de ruido en los receptores afectados por la generación acústica de fuentes fijas (instalaciones productivas, comerciales, de esparcimiento y servicios, faenas de construcción, etc.), se excluyen las fuentes móviles (tráfico vehicular, ferroviario, marítimo y aéreo), el ruido proveniente de las viviendas o del espacio público, los sistemas de alarma y emergencia, entre otros, por lo que existe un abanico muy amplio de fuentes de ruido que, a excepción de lo que ocurre con algunas Resoluciones de Calificación Ambiental, no tienen exigencia ni control, y por lo tanto su uso queda únicamente en manos del criterio de quien las utiliza. Es por esto que es necesario avanzar en dos aspectos relevantes: el marco regulatorio y la difusión y educación de la población respecto a la problemática del ruido.