América Latina y el Caribe ponen el grito en el cielo

Debemos actuar contra la crisis del clima. Equivocarnos nuevamente no es una opción.

Por Climate Action Network Latinoamérica CANLA

La expresión ‘poner el grito en el cielo’ suele usarse en Hispanoamérica para expresar indignación. Gritar es quizás la más antigua forma de protesta que usamos cuando queremos hacernos escuchar.

A poco tiempo de haber celebrado el Día Mundial del Medio Ambiente, vale la pena elaborar una especie de grito colectivo, que alcance los oídos, pero sobre todo las conciencias de quienes tienen en sus manos la suerte del Planeta, y negocian por delegación de todos el futuro de la humanidad entera. Las convenciones y los acuerdos entre países que buscan proteger el medio ambiente se han quedado cortos ante el daño que le hemos infligido. Actuando en nombre de un progreso de dudoso origen hemos abusado de la naturaleza y hoy esta parece vengarse de nosotros.

La crisis del medio ambiente es la crisis del cambio climático, y esta última es, ante todo, una crisis de la sensatez humana. Nos equivocamos como civilización y como colectivo humano. Por ello no tenemos mucho que celebrar, aunque aún podemos rectificar. Poner el grito en el cielo ha de servirnos para comunicar la amenaza y movilizar la acción colectiva.

El desafío de construir una nueva sociedad no puede ser local sino global, y compete no sólo a las disciplinas ambientales y climáticas, sino muy especialmente, a las ciencias sociales y económicas. Es preciso rediseñar las estructuras físicas, culturales y axiológicas del mundo que hasta hoy hemos construido. Equivocarnos de nuevo no puede ser una opción.

Por ello, vale la pena recordar que a principios del siglo XX algunos advirtieron que no podíamos mantener nuestros criterios de crecimiento y progreso materiales basados en la errónea idea de que vivíamos en un planeta infinito. Poco entendimos la sencilla verdad de que el nuestro es un planeta finito, y que por lo tanto ‘desarrollo y crecimiento per se’ son insostenibles por naturaleza.

Cuando afloraron los problemas ambientales globales, en lugar de rectificar el camino, minimizamos la gravedad de los problemas. Proclamamos que de ser cierto que la problemática del ambiente representara alguna amenaza para los sistemas naturales, también lo era que ello podía ser solucionado por el binomio economía tecnología. Pero equivocamos la respuesta global: el desarrollo sostenible.

Un esquema eufemístico de crecimiento que no toca las estructuras conceptuales de la economía clásica. Y algo más: ignoramos que esta crisis contenía en sus entrañas un monstruo más siniestro, que iría a mostrarnos sus perfiles más críticos hacia el final del siglo XX en forma de cambio climático. Una crisis sistémica que amenaza la vida sobre la Tierra. Y también la infraestructura técnica y económica del progreso: las grandes ciudades, las industrias, las infraestructuras de los servicios públicos, la agricultura, el agua, la salud pública, los ecosistemas naturales y construidos, la pesca, los árboles, las semillas, la economía y el arte.

Por estos días se reúnen en Bonn los líderes del mundo para examinar el futuro de las negociaciones sobre la crisis del clima, por ello desde Climate Action Network Latinoamérica CAN-LA pensamos que la sociedad civil debe enviarles un mensaje en forma de grito demandante. Existen muchas razones para que pongamos el grito en el cielo, pero entre todas las que podrían esgrimirse, una se destaca por su alarmante certeza: el Observatorio de Mauna Loa, en Hawai, acaba de revelar que las concentraciones promedio de dióxido de carbono en la atmósfera alcanzaron la barrera de las 400 partes por millón, lo cual pone a la humanidad en el borde de uno de sus límites. ¿Reaccionaremos ahora?

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