¿Qué pasaría si consumiéramos sólo lo necesario?

El consumismo sigue ganando la batalla.

En la época en que la política, sus actores e instituciones han perdido poder frente al avance del mercado, de la empresa, del capital y del marketing, los ciudadanos han comenzado a distanciarse de las formas tradicionales de hacer política y ejercitar el poder. Han empezado a movilizarse y a indignarse.

Lo que explica la distancia entre la política y la ciudadanía se encuentra en el hecho de que el proyecto colectivo y las transformaciones sociales necesarias ya no son posibles –ni realizable- desde el Estado ni desde la política institucional de la democracia. Al contrario, es la empresa y su aparato publicitario el lugar desde donde se diseña el futuro y las sociedades. Es el mercado, -que nunca es neutro- en definitiva, la instancia desde donde se construye el proyecto colectivo.

Entonces, en este escenarios los ciudadanos se ven obligados a recuperar su cuota de poder. Por tanto, en esta línea son diversas las formas que los ciudadanos tienen para hacer sentir sus demandas. Las calles y la no participación electoral son las que han dominado en los últimos tiempos. Y me pregunto ¿hay otras?

La respuesta es positiva. Quiero poner atención en una; que tiene un potencial que pocos imaginan y que muchos no estarán dispuestos a usar como forma de lucha. Me refiero al reciclaje y al trueque.

No se trata de juntar vidrio con vidrio, plástico con plástico y lata con lata. Hay que transformar el reciclaje en un arma política; en un arma para trasformar y empoderar a los ciudadanos.

Veamos. Hacia finales del siglo XIX el capitalismo de producción se transforma -como una manera de sobrevivir- en capitalismo de consumo. Desde entonces, el mundo capitalista se inundó de mercancías de todo tipo y para todos los bolsillos. Somos, en esa lógica de consumo, de manera permanente seducidos por la imagen y la promesa mercantil de que por medio de los objetos y su consumo mejorará nuestra calidad de vida. Incluso, son dicen que son la vía para la felicidad. De hecho, Coca Cola Company lo repite hace décadas. Hoy lo hace el “retail” local cuando “abc Din” nos dice que “tengo derecho a ser feliz”.

La empresa capitalista no puede detener esta vorágine de producción y crecimiento ilimitado. Los ciudadanos no resisten más la desigual relación capital-trabajo y capital-consumidores. No obstante, es un ciudadano rodeado y abrumado por millones de objetos de consumo. Y día a día, es interpelado a consumir y a seguir comparando objetos. Y al mismo tiempo a trabajar para pagar sus consumos.

Aquí está la clave. El capitalismo no puede dejar de producir autos, televisores, electrodomésticos, ropa –para eso invento la moda-, tecnología y todas las mercancías que circulan en el bazar mundial. Las mercancías deben circular de modo recurrente; por tanto, deben ser vendidas y consumidas. Si este ciclo se quiebra, el orden económico vigente colapsa. Para seguir produciendo hay que ampliar la demanda de modo incesante. Hay que abrir mercados y nichos. Hay que masificar el consumo.

Este es, por tanto, el contexto del re-nacer ciudadano. Este nuevo ciudadano, debe, en primer lugar, dominar su lado consumista y despertar su lado político. Esta en sus manos decidir si quieren más modelo o menos modelo; si quieren una sociedad consumista y materialista o una sociedad solidaria y justa; si quieren, vivir para trabajar o trabajar para vivir; si quieren, destruir el medio ambiente o disfrutar el medio ambiente; o, si quieren ser felices desde el consumo y sus objetos o ser felices desde la emoción.

Si el ciudadano esta enajenado del poder político y doblegado por el capital y su aparato publicitario, debe –si le interesa- romper esta lógica y pasar a la ofensiva; y ello, implica atacar donde más le duele al sistema económico vigente: en el consumo; en la demanda

Entonces, ¿qué pasaría si decidieran no comprar ni consumir más de lo necesario?; ¿qué pasaría, si los consumidores de los países desarrollados no cambiaran sus autos o sus televisores cada dos años?; ¿qué pasaría, si los ideólogos de la moda y el glamour no inventaran ropa y diseños a cada rato? ¿Qué pasaría, si no cambiáramos el celular cada año o en vez de usar el auto –y consumir combustible fósil- usamos al bicicleta?; ¿qué pasaría, si no viéramos la televisión de hoy –dominada por la estupidez- y compramos menos televisores?; ¿qué pasaría, si no nos dejáramos seducir por la ideología tecnológica que deja todo obsoleto en un par de meses?; ¿qué pasaría, si no compramos más objetos producidos en condiciones de esclavitud como lo hacen las grandes marcas de la globalización?; ¿qué pasaría, si cada vez creyéramos menos en el poder de las marcas y su engaño permanente?; ¿qué pasaría, si creyéramos en que “otro mundo es posible?

Parar el modelo, por tanto, depende de reducir la demanda y comprar menos. Esto, sí le duele a la dominación económica vigente.

Hay que reciclar y cambiar mercancías.  Para este giro y estrategia de poder se necesita, en primer lugar, un cambio cultural profundo que fomente y legitime el reciclaje. Reciclar es la clave para crear una sociedad sustentable y más justa. No necesitamos cambiar autos, televisores ni computadores cada dos o tres años; tampoco, los pantalones ni los muebles. Necesitamos, menos mercancías y más solidaridad. Reciclar es la tarea. No más cultura del desecho.

En definitiva, hay que transitar de la “libertad de elegir” hacia la “libertad de decidir”. Lamentablemente, estoy seguro de que muchos indignados no están dispuestos. Y muchos otros, tampoco se bajarán de la 4×4 ni para ir al supermercado.