(068) Las Cumbres de la Tierra y las buenas intenciones

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(cc) luis.labanderar

El nombre técnico de estas llamadas cumbres es Conferencias de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo. La primera de estas tuvo lugar en Río de Janeiro (Brasil), en junio de 1992. La segunda se llevó a cabo en Johannesburgo (Sudáfrica), a fines del mes de agosto de 2002.

Estas conferencias se originaron como una respuesta a la creciente preocupación que se venía generando desde la década de los ochenta dentro de ciertos sectores de la comunidad internacional con respecto a los efectos adversos que el desarrollo humano venía generando en el medioambiente. Principalmente en lo que respecta al calentamiento global, el fenómeno más palpable de los perjuicios medioambientales que puede llegar a generar el desarrollo humano.

La gran novedad –y relevancia- de estas cumbres en el contexto mundial se dio porque se trataba de la primera ocasión en que la comunidad internacional, a través de gobiernos, estados y organizaciones no gubernamentales se sentaban a discutir –y en cierta medida cuestionar-el modelo planetario de desarrollo económico en relación a las consecuencias que este puede llegar a tener en función del medioambiente y –por ende-de la salud y el futuro de los habitantes del planeta.

En el encuentro de Río de Janeiro se revisaron temas como los componentes tóxicos en los combustibles y sus residuos, así como también las posibles fuentes de energía alternativa que debían -por esos años- comenzar a tomarse en cuenta. Además del fortalecimiento del transporte público en las ciudades y la preocupación por la escasez de agua, tema que con el paso de los años se tornó cada vez más preocupante. El principal acuerdo de esta conferencia fue la llamada Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la cual posteriormente desembocaría en el Protocolo de Kioto, el que –fundamentalmente- apuntaba a lograr un acuerdo internacional para reducir las emisiones de gases que inciden en el calentamiento global. Sin embargo, el cumplimiento real de este acuerdo ha sido lento y dificultoso. Sobre todo en lo que respecta a Estados Unidos, que aún no lo ratifica.

Por esta misma razón, en la Cumbre de Johannesburgo de 2002 se buscó reafirmar el compromiso político que se había intentado afianzar diez años antes en Brasil. De esta forma, se logró por primera vez establecer una conciencia generalizada en las distintas naciones participantes (que fueron más de 180) con respecto al “desarrollo sustentable” de los países como único vehículo eficaz para continuar con los progresos necesarios de las naciones sin perjudicar al planeta. Es decir, no hipotecar el futuro de nuestros nietos por un progreso actual desmedido.

Después de estas cumbres, poco ha pasado en lo que respecta a grandes reuniones internacionales que busquen parar el deterioro de nuestro planeta. Sin embargo, si podemos encontrar alguna contribución de estos eventos a nuestro desarrollo y conciencia medioambiental, es que al menos se han instalado conceptos como desarrollo sustentable, calentamiento global y gases de efecto invernadero. Es cierto, hay más conciencia hoy. Pero aún falta mucho, sobre todo compromiso y decisión de los que tienen la sartén por el mango: los países desarrollados y las grandes empresas transnacionales que trabajan con recursos naturales.