Demasiadas calles y ningún atajo

callejon.jpg

(cc) kimdokhac – Flickr

POR JONÁS FIGUEROA

Santiago es una ciudad con muchas calles. Puede tener millones de calles, pero da lo mismo porque al final para ir de un lugar a otro, sólo hay una calle. Sólo una calle y ningún atajo.

Una calle para ir a Maipú, Padre Hurtado y Las Condes. Una calle para ir y venir de Puente Alto y Renca. Salvo excepciones tales como Ñuñoa y San Miguel, todo lo demás es unidireccional. Ves  las mismas caras y fachadas tanto a la ida como a la vuelta. Este es el retrato de una ciudad que se agrandó extendiéndose por los caminos rurales, fluyendo por las alamedas como el agua que se desborda de las palanganas, siguiendo las huellas que primero dibuja el arado y después pavimenta su modernidad con la plomada y la escuadra del albañil.

Sin embargo, hay sectores de la ciudad que son como libros abiertos, mamparas hacia la historia urbana que narran los hechos nacionales; relatos vivos de las vicisitudes del país y del paisaje, de sus largos dramas y cortas victorias. Tal como el Arco del Triunfo de los Campos Elíseos de París, hay barrios a intramuros y extramuros que retratan en las paredes las campañas de sus ejércitos y también los oficios y las toponimias, marcando a fuego el avance imparable de la ciudad sobre campos y acequias; cubriendo de cemento y alquitrán la piel de la madre tierra.

Más allá del círculo de hierro del trazado ferroviario de fines del siglo XIX, surgieron pequeños caseríos como anticipos de una ciudad diversa, lejana en los tejidos y las tramas ortogonales que retratan la ciudad fundacional que se halla a intramuros. Surgieron como localidades que duraron un abrir y cerrar de ojos para después ser anexionadas al crecimiento del cuerpo metropolitano.

Así, en aquella parte de la ciudad que por fuerza de los cardinales llamamos con razón y sin ella, Barrio Poniente, debiendo llamarlo Yungay en toda su extensión, discurrimos por calles que relatan las campañas del general Manuel Bulnes contra las fuerzas de la Confederación del general Andrés Santa Cruz. Yungay y Matucana están ahí para entonar las glorias de nuestros bravos muchachos que fueron entregados a la tierra extraña y lejana en pos de un ideal. Más abajo, en lo que quienes habitan el siglo XIX conocen como San José de Chuchunco, los nombres de las calles marcan historias de jóvenes cuyos rostros surcan los primeras barbas avanzando bayoneta en ristre sobre el candente desierto Antofagasta, Iquique, Dolores, Arica, Chorrillos. De la mano sabia y ordenada del General Velázquez llegaban los pertrechos; un 5 de abril del marino Manuel Thompson arengando las idas y apuros de los miembros de la tripulación de la Esmeralda, no vaya a ser que por falta de abastecimientos tuviésemos que volver a desandar lo caminado.

También sus calles son sinónimos de la institucionalidad que llega de la mano de este militar, el más civil de los generales, el más guerrero de los republicanos. Cuando tenemos que enumerar la institucionalidad del país, se nos llenan las manos para identificar la creación de la Escuela de Artes y Oficio, la de Preceptores, la Escuela Agrícola, el primer observatorio astronómico, la Escuela de Minas y tantas otras instituciones salidas del gobierno de este prócer que supo apaciguar con civilidad sus cicatrices bélicas.

Esta civilidad dibuja la transición más natural que existe entre la ciudad interior y la exterior, entre el barrio Yungay y el barrio que surge por impulso de la urbanización de los terrenos que darían vida a la Quinta Normal, la institución creada para educar y normalizar la actividad agrícola, el pilar económico de los primeros tiempos republicanos. Cuentan los libros de historia que de nuestros puertos salían al Callao y a San Francisco embarcaciones llevando el trigo de nuestras llanuras.

Las calles son la república de la niñez. En las calles el hombre se va construyendo día a día, en las idas y venidas al colegio, en el encuentro con los pequeños amiguitos y en los juegos y en los asombros que se van tejiendo mientras se crece. Si ello es así, la niñez debiese ser el jardín del hombre.

A las toponimias de los paisajes, sucedieron aquellas de las campañas guerreras y hoy se cambian sin mucha razón por nombres religiosos y de empresarios industriales. Cambios de nombres y nada más, porque siguen estando ahí cubiertas de basuras, rotas sus veredas, muertos sus árboles por la sequedad de la tierra; y con estos cambios de nombres, también rompen la tradición. La calle Manuel Thompson hoy se llama Obispo Vásquez, Bernal del Mercado -uno de los compañeros de Pedro de Valdivia- hoy se llama Obispo Umaña. Chorrillos hoy se denomina Hogar de Cristo y la calle Dolores hoy cede su nombre a Jesús Diez Martínez, un empresario de los buses. Después de romper las veredas y secar los árboles, bien se merecen disponer de una calle para molestia de los antiguos residentes y de los que buscan en el plano callejero un nombre que ya no es tal.

En nuestra ciudad hay demasiadas calles, pero ningún atajo.