Sevilla: Aprovechar bien las Naranjas Amargas

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“Todos los días los vemos en la ciudad y pasamos indiferentes por su lado mientras ellos permanentemente están trabajando para nosotros, liberando oxígeno, absorbiendo las partículas de polvo que se encuentran en el aire, produciendo sombras agradables en verano, sus flores nos perfuman la ciudad y nos anuncian la primavera y con ella la llegada de la Semana Santa y la Feria de Abril; sus frutos en calles y plazas son la admiración de todos los que nos visitan”.

Sabina Rossini y José  Elias. El naranjo amargo de Sevilla

Si, como dice la canción, Sevilla tiene un color especial  es, en gran parte, a sus más de 25.000 naranjos amargos distribuidos por su espacio urbano. De origen asiático, este árbol (Citrus aurantium Linneo var. Amara) fue introducido en Europa por los marinos genoveses en el siglo X. Posteriormente, fueron los árabes quienes lo extendieron por España. La preferencia de este cítrico para su uso ornamental no sólo se debió ver influida por la hermosura de su porte, sus hojas perennes de verde oscuro o sus flores blancas de delicioso aroma, sino también por la tradición china que viajó con éste que dice que el naranjo amargo da la felicidad a su dueño, además de las virtudes curativas que se le atribuye al agua de azahar.

Aunque el fruto es demasiado amargo para su consumo en fresco, su utilización en la industria es común, sobretodo en confitería. Asimismo, de la flor del naranjo amargo -o flor de azahar- se extraen aceites y esencias muy valorados en perfumería y farmacia. También se utiliza su corteza y su fruto como extracto de fruta para dar sabor a refrescos y licores como el Cointreau y el Curaçao. Y también gozó de popularidad en el pasado el vino de naranja. Pero, sobre todo, su uso más extendido a lo largo de la historia se da en la elaboración de mermeladas.

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Fueron los barcos escoceses de la naviera MacAndrew los primeros exportadores de naranja amarga al norte de Inglaterra, que llegaban a Río Tinto cargados de carbón y volvían hacia las islas europeas cargados de hierro y, también, de naranjas amargas. Fue allí donde se produjeron las primeras mermeladas, convirtiéndose en uno de los  alimentos indispensables del tradicional desayuno inglés.

Actualmente, la comercialización del fruto tiene un mercado inestable por existir mayor producción que demanda, teniendo en cuenta que el principal consumidor es el Reino Unido. Quizás el mercado británico se ha tornado insuficiente para la plantación de nuevos campos de naranjo amargo, pero ¿es económica y técnicamente viable el aprovechamiento de la naranja amarga urbana?

En el caso sevillano, el Ayuntamiento procede anualmente a la enajenación del fruto, es decir, que adjudica –por una licitación al alza-  el dominio de los bienes derivados de estos a los comerciantes interesados, que pueden pujar para la adjudicación de la cosecha, con la obligación de total retirada de los frutos de las naranjas ubicadas en la vía pública, parques, jardines y paseos de la ciudad.

Por un lado, el ayuntamiento externaliza los costes de recogida de las naranjas que, tras su maduración, caen al suelo y ensucian las calles y, por el otro, existe un beneficio económico derivado de un elemento, a priori, ornamental. De todos modos, algunos años los márgenes de beneficio no son demasiado elevados y a veces existen dificultades para la recolección. El precio de venta fluctúa en función de la demanda, completamente dependiente del mercado confitero británico.

Curiosamente, en Sevilla, donde se produce el 89% de la producción de naranja amarga para la producción de mermeladas, no se suele consumir en bares o restaurantes, como afirman los autores del libro ‘El naranjo amargo de Sevilla’, Sabina Rossini Oliva y José Elías Bonells.

Existe la concepción de que un árbol en la ciudad tan sólo es un ornamento, pero como se ve en el caso de los naranjos amargos, no es así. En muchos casos, los árboles urbanos se convierten en símbolos tradicionales; en otros, pueden convertirse en un recurso social y económico. Si nos planteamos el arbolado urbano como algo más que un adorno podemos generar riqueza, tanto económica, como social y ambiental. En todo esto, el diseño y el urbanismo tienen mucho que aportar. Por ejemplo, podemos plantearnos el diseño de estrategias o campañas que incentiven el consumo de productos elaborados a partir de naranjas amargas (vinos, aceites, dulces,…) a nivel local; o podemos renovar la logística de recolección del fruto, incorporando personas con riesgo de exclusión laboral; o podemos plantar más árboles frutales en las calles y parques al abasto de cualquiera; o podemos rediseñar avenidas y bulevares considerando un mayor número de especies –¡como en los bosques!- y ganando en biodiversidad, por citar algunas ideas.

Así, cuidando el diseño del entramado urbano podemos llegar a recuperar algo de vital importancia para el bienestar de los ciudadanos, que es nuestro vínculo con el territorio,  muchas veces olvidado.