¿Sienten las plantas?

 

La respuesta es sí, las plantas sienten. Aunque aún no es posible dilucidar si registran emociones propiamente tales, al menos se ha logrado comprobar que reaccionan temerosas frente a ciertos estímulos de peligro y positivamente ante muestras de cariño. Incluso tienen memoria: no olvidan a quien las lastimó o quien las cuidó.

El responsable de estos descubrimientos es Cleve Backster, un policía de Nueva York, que en 1966 se le ocurrió utilizar el detector de mentiras con las plantas de su oficina: fijó los cables a sus hojas, se dispuso a encender un fósforo sobre ella para incendiarla y entonces la aguja del polígrafo se volvió loca girando de un lado para otro. Así, Cleve pensó que los vegetales podían experimentar la telepatía. No había otra forma de que esa planta supiera que él pretendía quemarla.

Orgulloso de su teoría, el incipiente científico continuó realizando experimentos. Primero, puso a hervir unos crustáceos y en la pieza del lado ubicó a las plantas conectadas al polígrafo. Cuando los cangrejos comenzaron a morir, el detector de mentiras nuevamente se agitó.

Convencido de que su teoría era correcta, Backster realizó otro estudio más: pidió a seis voluntarios que se presentaran en una habitación con los ojos vendados, donde habían dos plantas. Luego, en absoluto secreto sólo uno de los hombres se encargó de arrancar a una de ellas de raíz y pisotearla hasta destruirla.
Cuando entraron los hombres nuevamente a la habitación la planta testigo no reaccionó ante ninguno de los inocentes, en cambio cuando el asesino de la planta vecina se acercó, la aguja una vez más se agitó.

Quedaba saber ahora si las plantas sentían amor o, al menos, cariño. Para eso Marcel Vogel, químico de California, le pidió a una amiga que sacara dos hojas de una planta: mientras a una la dejaría abandonada en el comedor, a la otra la ubicaría junto al velador de su cama y le daría un cuidado especial. Apenas había pasado un mes cuando su amiga lo llamó: la hoja dejada en la sala había comenzado a podrirse, pero la otra seguía viva y muy verde. De hecho ¡vivió dos meses!

Aunque el trabajo de Cleve ha sido rechazado en varias oportunidades por otros científicos, su teoría no es descartada. El 2006 Massimo Maffei, un biólogo de la Universidad de Turín (Italia), llegó a la conclusión de que las plantas sentían el peligro de gusanos posados sobre ellas. Ante ello producían una sustancia volátil que atraía a la avispas, que de un sólo pinchazo inyectaban sus huevos en el vientre de los insectos. Al poco tiempo, cuando las larvas comenzaban a nacer, los gusanos explotaban y las plantas por fin estaban a salvo.

Pero hay más. El perfume expulsado por las plantas no sólo servía para defenderse, sino también para alertar a sus especies vecinas. Los vegetales estaban pidiendo ayuda.