Las joyas con las que soñé

Luego uno entiende algunas cosas…

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Anoche soñé que encontraba a una señora que vendía joyas. Primero la vi tras el mostrador de una tienda en una casa vieja de Londres en una tienda de horribles cachureos y cuando le dije que quería algo especial, cerro su tienda y me dijo que la siguiera. Dimos la vuelta a la cuadra y afuera de un edificio de ladrillos me dijo que esperara afuera.

Me encontré con una compañera de colegio que nunca me cayó muy bien y conversamos de la vida hasta que la mujer me hizo entrar.

Entonces procedió a sacar de un mueble rollos de terciopelo y a mostrarme sus joyas. En realidad, sólo eran prendedores y broches. Unos pequeñísimos que representaban adherencias a movimientos políticamente incorrectos y cuestionables; como las SS, el Sí del 89, las patitas del movimiento anónimo por la vida pero en dorado, un rayo que representaba la matanza de Noruega, símbolos varios cada vez más pequeños que parecían puntos. La miré con sorpresa porque se veía una mujer buena. Ella me miró con cara de tolerancia y que su colección no discriminaba las posiciones que representaba.

Lo curioso es que la mujer, que se veía 100% inglesa, en realidad, era una chilena que hablaba chileno perfecto. En todo el sueño, sólo habló para decirme los precios.

Entre medio me pidió que saliera o simplemente salí; la cosa es que me encontré con mi compañera que me comentó que su padre tenía lista su empresa y que me querían trabajando ahí: “Si no es más de un palo no me muevo” le dije. Pensaba que en realidad, lo de la empresa era falso, lo de su padre pagándome al día una ilusión, y el millón de pesos al mes, era un imposible.

Luego entonces me encontré nuevamente en la tienda, donde la mujer me mostró algunos prendedores creo que sólo para hacerme sufrir: uno dorado de hojas de árbol entremezclado con flores de turquesa, cuyo precio era impagable, y otro con cristales cuya imagen se borró.

Pasó entonces a mostrarme los que podía comprar: uno para amarrar chalecos sin botones con dos perlas falsas que en mis manos se transformaron en bolitas de algodón. Los compré.

Entonces sonó el despertador y entendí que los símbolos incluso de lo peor, si se guardan sólo son colecciones, pero no por guardarse se olvidan, que bien podía amarrar mis chalecos con un imperdible  corriente, que debería haber comprado el prendedor de hojas doradas con las flores color turquesa porque me gustaba mucho y porque sé que jamás lo encontraré, y que ni cagando me cambio de pega porque en esta, puedo escribir lo que soñé.