Reminiscencia adolescente: Los brillitos

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Es el primer cosmético después del champú y de la colonia. Tenemos cuatro años y nos regalan un set Tammy con brillo, pintauñas y sombra. Por supuesto, todo rosado.

Pasa el tiempo y dejamos de jugar a pintarnos. Ahora comenzamos a pintarnos “de verdad”. En mi caso me enseñó mi hermana pero nos manejamos poco con corrector, base, encrespador y máscara. Los delineadores y sombras no son más que un capricho de la moda que se estrella contra nuestros rostros sin piedad por nuestro color de ojos o de piel. Ha llegado la era del brillo labial.

Todo comenzó con Avon y su frutillita; esa que era para niñas. Antes conocimos Avon Topsy o Little Miss Avon y los relojes con perfume sólido que se enredaban y no salían, la colonia con tapa rosada y todo lo que había antes de los cosméticos de Barbie o de Princesas. El Pop Love que aún existe, que tenía sabor y que siempre se echaba a perder; el brillo rollete Petrizzio ¿O era Pamela Grant? Que les juro era exquisito tanto así que me debo haber comido completo el de mi hermana.

Luego, todo siguió con Adrenalina (la teleserie) los colores flúor y las reinas de la noche. Los labios debían estar brillantes. Voluminosos. Entre matemáticas y química, en el recreo, llegando y al irse: sagrado era aplicarse el brillo labial. Sagrado era también bolsearle a la compañera de banco o ser bolseada por la compañera de banco.

Lo que en ese entonces costaba un brillito (alrededor de mil pesos) era una pequeña fortuna para nosotras y era de tan mala calidad que duraba poco puesto; ergo, había que echarse muchas veces, ergo, el brillito en cuestión no duraba nada. ¿Mencioné que  aparte te lo bolseaban?

Era un sueño cuando la primera compañera de colegio llegó con los primeras vaselinas sólidas de Ágata Ruiz de la Prada; que cuando llegaron a Chile lo hicieron a precio de oro. Era difícil tenerlas y si nos hubieran dicho que era simplemente vaselina que se vendía en la farmacia, que en realidad no hacía nada por los labios partidos y que simplemente estaba dentro de un tarro metálico muy bonito… quizá no las hubiérsemos deseado tanto.

Ahora, ya no uso tanto brillito. Uso, a veces. Me compré una frutillita Avon y un brillo con glitter simplemente para recordar viejos tiempos. La frutillita se rompió. Puse la mitad en un potecito y la olvidé; la otra está guardada porque me dio plancha regalarla a mi sobrina. El brillo rollete está, junto a otros vejestorios en un cosmetiquero “de emergencia” en la casa de mi pololo.

Y es que en ese tiempo no había tantos brillos, tantas marcas económicas, tantas variedades y presentaciones; tantos hidratantes con color que venían allí desde Estados Unidos.

Cuando me las di de matutera, fui a Patronato  y compré una caja de brillos que venían en un pote redondo: semejaban jaleas y todos pintaban transparente, pero tenían diferentes colores, olores y “sabores”.

No entiendo cuál era el propósito. O sea lo entiendo, labios voluminosos, bonitos y deseables. Pero esa pegajosidad. Esa rancitud de echarse después de almorzar sin haberse lavado los dientes porque inexplicablemente hacerlo era de loosers. Ese pegoteo intenso en clases de educación física, esos pelos en la boca cuando salías a taquillar en el recreo y el viento hacía de las suyas con el único cosmético que no te hacía ir a inspectoría. Excepto cuando te lo echabas poco piola, cuando hablabas mucho de él o lo pasabas demasiados puestos atrás y luego no aparecía.

Tengo un brillo que me dieron en un amigo secreto de una práctica que hice en 2005. Perdí un brillo Clinique que compré en súper liquidación y que fue mi primer cosmético “de marca”. Recuerdo con nostalgia uno que compré en la calle saliendo del preuniversitario. Me costó luca, para mí una barbaridad y no duró nada; comienzo a pensar que sólo se trataba de agua. Además, mis compañeras de preuniversitario eran muy varsas.

Un rubor que compré viene con brillos, una paleta de maquillaje viene con brillos de labios. No me he comprado ni labiales ni brillos en años, pero nunca me han faltado. Ya no se me pierden, ya no son tan malos así que no tengo que echarme a cada rato. De hecho a veces no me acuerdo; no tengo clases de química que me aburran y me recuerden que mis labios deban brillar. Pero creo que lo que más echo de menos, es ese gesto cómplice y entre envidioso a veces y pedigüeño otras veces, de echarse brillo y ofrecerle a tu compañera de banco, o verla cómo se echaba y pedirle un poquito.