Sobre la dificultad de no hacer nada

La hiperkinesis me consume

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Antes de ayer me operé las muelas del juicio de arriba. Lo hice un viernes por la tarde porque no quería pedir permiso por un procedimiento que era programable. Aunque tuve que esperar casi un mes por una hora un viernes en la tarde, preferí que me dolieran las muelas un par de semanas a tener que pedir permiso y luego atrasarme en la pega. Esta cosa de tener siempre el deber por delante, pero en fin, qué se le va a hacer.

La cosa es que cuando caché que sería el segundo, o tercer fin de semana encerrada por problemas de salud, me dio un poco de lata. “Me aburriré” pensé. Pero la verdad, no me he aburrido nada. De nada. Tampoco he hecho casi ninguna de las cosas que pensé que al estar obligada a un reposo relativo, podría hacer sin sentir que estaba perdiendo el tiempo  y el día tan bonito. Las cosas que me gustan , o al menos, las que creo que me gustan.

Ahí está mi Quijote; del que sólo alcanzo a leer un par de páginas cada noche (está en una parte fome, donde hace rato que Don Quijote no habla nada y sólo se relatan cosas narradas por otros narradores medios lateros). Ahí está mi revista edición especial que me regalaron hace varias semanas y de la que sólo he leído la mitad. Ahí está mi libro “del metro” y que me quedan 20 páginas para terminar. Puede ser que no me entusiasme tanto la lectura porque durante mucho tiempo no podía prescindir de ella si no quería que me fuera mal en las clases y perder la oportunidad de aprender.

Claro, igual me puse al día con algunas de mis series (el aparatito que las graba se está volviendo una verdadera adicción) pero sólo mientras dejaba mi pieza pulcra de los apuros de la semana, ordenaba el clóset que era de mi hermano y adonde ahora todos guardamos los chalecos, separaba los que debían ser despelotados y encontraba con felicidad un par de guantes sin hoyos.

También pude organizar las bolsas de supermercado/tienda/demases para dejar las que sirvieran para la basura, y mandar al reciclaje la tracalada de revistitas y folletitos que vienen con el diario y le hacen un flaco favor a la ecología.

Claro, hice cosas; no las que pensaba hacer pero sí las que se me fueron presentando casi como una imposición de hacerlas porque vi que no estaban hechas… quizá es que me relaja ordenar, me tranquiliza ver que todo está en su sitio y sólo a partir de eso puedo tener la mente suficientemente clara y tranquila como para decir: ahora hago lo que me gusta, sólo por que sí.

¿A ustedes les pasa de vez en cuando?¿Cómo hacen para mandar de vez en cuando el deber a la cresta de la loma?