Mi pelo y yo

Porque es una carta de presentación, yo cuido mi pelo

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Creo que tengo una obsesión con mi pelo. No solo con el mío sino que con el resto de la gente también. De hecho, siempre he dicho que de no haber sido periodista hubiese sido peluquera, de todas formas amo mi profesión.

Todo comenzó cuando era chica. Mi mamá es fanática de la perfección en el pelo y siempre me inculcó que éste era la carta de presentación de una persona, incluso más que la cara. Veía como ella se lo recortaba, se lo peinaba con el secador y un cepillo de esos redondos. Dejaba su cabeza como de peluquería, con la chasquilla perfecta, un brillo increíble y los pelos donde debían estar.

La mayoría de las veces ella me peinaba para ir al colegio. Me dejaba las colas de caballo perfectas, sin ningún pelo levantado, la chasquilla redondísima y los ojos chinos de lo tirante que dejaba el pinche. Además, ella me cortaba el pelo y cuando fui creciendo, ella me hacía el brushing cada vez que me lo lavaba. Por eso desde los 13 años que tengo secador de pelo personal y plancha. Pero no cualquier secador, sino uno de esos de peluquería. Con estos implementos aprendí a peinarme sola, a recortar mi chasquilla, hacer moños, hacer ondas, rulos y hasta hacerle cortes capilares a mis amigas. De hecho soy la peluquera oficial de todas ellas para los carretes o fiestas formales.

Todas las mañanas mi pelo pasa por una especie de ritual. Me lo lavo cuidadosamente, con dos pasadas de champú y una de bálsamo, me lo cepillo en la ducha y al final, dejo que un chorrito de agua helada caiga sobre él para darle brillo. Después de lavármelo, ocupo una crema para peinar de marca profesional. Luego, hago mi partidura estratégicamente hacia al lado –digo estratégicamente, porque dejo que los pelos de mi frente se vayan acomodando hasta dejar en el punto indicado- y comienza el secado. No me lo seco al lote, sino que con mimano evito que el frizz invada mi cabeza. Cuando ya está seco, me aliso mi flequillo, las puntas del pelo y remarco mis ondas naturales. Si al mirarme al espejo no siento que micabello está como quiero, no me muevo de donde estoy. La chasquilla tiene que estar en perfecta posición, no debe haber ni un pelo desordenado y menos algún rastro de volumen en alguna parte que no quiera. En días de frío, echo a mi cartera una mini plancha de pelopor si algo se sale de lugar.

Los peluqueros que han pasado sus manos por mi pelo, la han sufrido un poco. Desde un principio les dejo en claro que tiene que hacer lo que le pido, que no se les ocurra pasarme la entresacadora de cabello y tengan en mente que pasarle mi cabeza, es un acto de confianza extrema. Menos mal que ya tengo a mi peluquera de cabecera, Claudia, que me entiende perfecto lo que quiero y ayuda que mi cabello se vea sano y brillante. De hecho en pocos días debo ir por un recorte, pues cada tres o cuatro meses, elimino las puntas florecidas.

Como les dije, la obsesión no es solo con mi pelo, sino que también con el del resto. Siempre tengo la manía de mirarle el cabello a mis amigas y a la gente en la calle y pienso en las cosas que podría hacerles para que se vieran mejor. Por lo mismo, mis cercanas me piden a menudo que las ayude, ya sea con un recorte o un peinado diferente, y la verdad es que me fascina hacerlo.

Y ustedes, ¿Qué hacen por su pelo?