Terapias de pareja: ¿El salvavidas del siglo 21?

Las relaciones de pareja –y más puntualmente las crisis– son la tercera causa de visita al sicólogo, luego de la ansiedad y la depresión. Si bien el número de consultas ha aumentado progresivamente durante los últimos años, ¿son recomendables para todos? ¿Ayudan realmente?

Por: Valeska Silva Pohl

Cualquier pareja es susceptible de pasar por un momento de crisis. La convivencia diaria puede llegar a erosionar mucho la vida en común y, junto a otros factores, puede complicar hasta la mejor de las relaciones. El cansancio, el estrés, los problemas laborales, económicos o familiares suelen ser los gatillantes y así, casi sin notarlo, la convivencia se transforma en una sucesión de silencios tensos, despechos y respuestas destempladas. Pero las crisis también pueden desencadenarse por situaciones más directas asociadas a la propia pareja, como infidelidades, problemas sexuales o referidas a la crianza de los hijos, por ejemplo.

En este sentido, es cada vez más frecuente que las parejas acudan a terapia para resolver sus conflictos. No sólo eso; es sorprendente que sea uno de los motivos más recurrentes de consulta, y que lo hagan parejas cada vez más jóvenes, incluso pololos adolescentes. Al parecer nos cuesta cada día más resolver solos nuestros problemas, y por ello acudimos a la ayuda de terceros.

"Antes no era tema el ser feliz"
Aunque parezca y suene simple, tomar la decisión de acudir a un terapeuta no es fácil. La sicóloga y especialista en terapias de pareja, Johanna Narr, comenta que las parejas suelen demorarse un promedio de 5 años en consultar. Y el tiempo es, claramente, un factor muy relevante. "Muchas veces se han guardado durante años rencores, conflictos, frustraciones y decepciones. Hay parejas que llegan a terapia con una idea de sentir que 'se hizo todo lo posible'. En esos casos –y después de un par de sesiones– a veces lo mejor que pueden decidir es separarse en buenos términos, y ello se transforma en el objetivo principal de la terapia".

La profesional está convencida que la necesidad de acudir al diván tiene que ver con situaciones asociadas a cuestionamientos más bien profundos, propios de la sociedad actual. "Formamos parte de una historia en que no era tema el cómo nos sentíamos; no era tema el ser feliz o trabajar por una buena convivencia. La expectativa de una pareja no era ser feliz, pasaba más bien por tener una familia 'bien constituida'. Eso era ser exitoso, y significaba aguantar hasta morirte con esa pareja. Hoy somos más abiertos, hemos descubierto que las emociones son importantes y nos hemos dado cuenta que tenemos libertad para decidir. Nos hemos cuestionado si el matrimonio es para toda la vida. Y esos cuestionamientos indudablemente han traído conflictos y problemas que antes no existían y que hoy debemos enfrentar y hacernos cargo. La terapia puede ser de gran ayuda para ayudar a solucionar esos conflictos para los cuales no estábamos preparados".

Pero, ¿qué sucede en las relaciones adolescentes? ¿Es recomendable que en una etapa primaria de la pareja, como un pololeo, se acuda a terapia? Johanna indica que "en mi consulta tengo hasta a una pareja de pololos adolescentes trabajando sus celos, y es muy bonito ver cómo cambiando el lenguaje comienzan a hablar de sus propias inseguridades en relación al amor que le tienen el otro. Muestran sus sentimientos sin que esto los haga sentir débiles y vulnerables, y entre los tres comenzamos a buscar alternativas de resolución del conflicto, empatizando emocionalmente con el otro, sin cuestionar los sentimientos. Eso es vital para formar una relación de pareja sana y basada en el respeto y en la confianza".

Con y sin terapia
Carolina es arquitecta y está casada hace 7 años con Patricio. Hace más de un año y medio pasaron por una fuerte crisis matrimonial, estuvieron a punto de separarse, pero decidieron darse la oportunidad acudiendo a terapia. Hoy siguen juntos.

"Estábamos pasando por un momento súper difícil, con dos posturas muy opuestas frente a nuestra relación de pareja. Yo sentía que el camino era el divorcio y él, que podíamos solucionarlo. La sicóloga logró poner en palabras lo que él y yo sentíamos, porque cuando estás viviendo en medio del conflicto no es fácil expresarte bien, todo se transforma en discusión y pelea. Ese fue el punto de partida para solucionarlo". Carolina, evidentemente, está a favor de las terapias. Pero reconoce que el profesional a cargo de ella es un factor clave. "Estoy convencida que la sicóloga fue vital en nuestro proceso. Sin ella no lo hubiésemos logrado", asegura.

Alejandra, ingeniera en administración y vendedora de seguros (46 años), tiene una posición muy diferente. "Soy anti-terapias. No necesito un terapeuta que me diga lo que ya sé, que el amor se acabó, probablemente gracias a nuestras propias individualidades, egos y falta de empatía. Y definitivamente no tengo ganas de perder mi tiempo intentando rearmar algo que está quebrado, porque la confianza no se recupera. Prefiero gastar esa plata en un viaje y no en una terapia, que igual terminará en una separación". Ella estuvo casada 18 años, ya lleva 4 separada, y acaba de rehacer su vida sentimental hace un par de meses.

Por su parte Francisca, abogada de 38 años, lleva 12 de matrimonio. "Las comunicaciones, la inmediatez, la necesidad de tener más plata y la competencia permanente en la que vivimos es algo que no existía hace algunas décadas, y que nos ha hecho cambiar las percepciones sobre muchas cosas, especialmente sobre el amor, la pareja y la sexualidad.

Siento que en ese sentido nos ahogamos y frustramos rápidamente, perdemos la paciencia y la tolerancia frente a las dificultades propias de la vida, a diferencia de lo vivido por nuestros padres, por ejemplo. Pensé en acudir a terapia, pero me propuse intentarlo antes en conjunto, con mi pareja, y con mucho esfuerzo, trabajo y sentido del compromiso logramos recuperar nuestra relación. Pero claramente no ha sido fácil". Para ella sí es posible superar una crisis sin terapia, pero con gran esfuerzo y sacrificios de ambos. De todas formas, no descarta la posibilidad de acudir a una en el futuro.

Cuando la vorágine de la cotidianidad o los problemas enfrentan nuestros afectos más cercanos, la supervivencia dependerá de cómo la afrontamos, cómo la canalizamos y de la actitud que adoptemos para no perder el amor y la motivación. Definitivamente, con o sin ayuda de terceros, la posibilidad está en nosotros mismos y en nuestra voluntad.

Consejos básicos para arreglar las cosas:
1. Si estás enojada, no intentes encontrar la solución. Con la cabeza "caliente" generalmente tenemos problemas para expresarnos correctamente, y tampoco es el minuto de decidir qué decir o qué hacer. Algo tan básico como parar, salir a dar una vuelta de 20 minutos y volver, puede calmarnos.

2. No juzgar ni "tasar" el trabajo del otro. En una relación de pareja o un matrimonio ninguno "trabaja" más que el otro, ni tiene uno de mejor categoría. Profesionales y dueñas de casa, ambos son activos, aportan a la familia, deben ser valorados.

3. No más remordimientos ni sacarse en cara, especialmente los que se arrastran desde el inicio de la relación, porque generalmente se transforman en rabia por el otro.

4. Poner a uno delante del otro. Parece muy obvio, pero en la vorágine del día a día y la necesidad de destacar en lo profesional o académico nos hace olvidar lo más simple: tu pareja es tu familia, y debe ser tu prioridad número uno. Esto significa que tu matrimonio necesita estar por delante de tus amistades, trabajo o lo que sea. Ojo, no confundir con la pérdida de identidad propia, pero sí es necesario desarrollar la empatía por el otro.

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