Lo que aprendí de la infidelidad

Hoy te ves destuida, pero debes prepararte porque viene lo mejor.

Más que las peleas por tonterías, más que la incompatibilidad de sueños y perspectivas, más que cualquier diferencia, la infidelidad sigue siendo lo peor que le puede suceder a una relación.

Ya lo viví, cerca de mí y en carne propia; sentir que el cuerpo se te sacude como queriendo sacarte de su propia materia, sentir que el corazón te late tan rápido y fuerte que tu pecho brinca, que no puedes respirar, que dos manos gigantes te aprietan despacio mientras tus huesos se rompen lentamente. La infidelidad es una agonía.

No hay diferencia entre que te lo digan a que lo descubras, el dolor es igual de intenso e insoportable. Simplemente no hay manera de sobrellevarlo, no hay terapia ni técnica de respiración que puedas aplicar en ese momento en que sientes que te conviertes en un fragmento de nada y te escurres como charco en el piso.

Conmigo tuvieron la decencia de la honestidad y el hombre dio la cara, pero eso no quitó que su voz se sintiera como mil cuchillos recién afilados clavándose en cada poro de mi piel. ¿Cómo se supone que debí reaccionar en ese momento? Quizá más ecuánime, tal vez debí esperarlo tarde o temprano, casi todos coinciden en que siempre hay señales antes de, pero ¿cómo se supone que iba yo a saber?

Te pusieron el cuerno, te engañaron, prefirieron a otra, ¿y? Si es mi ego el que hace todo el trabajito de hacerme sentir mal, en dónde queda el amor, el vínculo fracturado y la confianza. Si hago caso de todas las terapias, debería pensar entonces que si me duele es por mi propia inseguridad. Qué risa.

Pero bueno, hay algo muy cierto en todo esto y es que nadie se muere de amor, e incluso en la peor situación de infidelidad, cuando eres víctima y superas esa horrible y desgarradora etapa, tu corazón se engrandece y tu razón difícilmente te traiciona.

Cuesta, y mucho, entender que hay algo bueno de todo esto, pero yo lo identifiqué en 5 cosas que cambiaron drásticamente mi forma de ver la vida en pareja y a mí misma.

Aprendí a perdonar

Sobre todo pedonarme, porque injustamente llega una etapa durante el duelo en el que el enojo contigo mismo es mucho mayor que el que puedes sentir con otra persona. ¿Cómo permití que me hicieran eso?, ¿cómo no me di cuenta de lo que sucedía? Corté de tajo con las preguntas enemigas y me convertí en mi propia aliada.

Después, lo perdoné a él, y nunca me imaginé poder llegar a sentir tanto odio y amor por una sola persona al mismo tiempo. Por eso entendí que debía hacerlo.

Aprendí a liberar

Cuando perdoné, liberé. Quité del pasillo toda la basura y dejé el espacio libre de obstáculos para dejar que las cosas que venían, las cosas buenas, caminaran sin tropezar. Liberé de mi corazón cualquier emoción que no me dejara volver a sentir o a creer.

Aprendí a reconciliarme y aceptarme

Por fin pude ver con claridad quién soy. La vida me puso en una situación en la que dejé salir lo peor de mí, odié como jamás imaginé, todo mi mundo se apagó y me quedé divagando en lo peor de él. De pronto dejé de sentirme cómoda en ese lugar y salí porque no me gustó esa parte de mí.

Cuando logras reponerte, comprendes que hay cosas de ti que no te agradan ni agradarán a todo el que te rodea, pero lo aceptas e igualmente las quieres. Yo empecé a verme como un paquete completo e íntegro.

Nace de ti la humildad

Poco a poco el ego va cediendo, hasta que aceptas que siempre hay alguien mejor que tú, y no porque te hayan traicionado con una chica más linda, sino porque te das cuenta de que lo que creías que era lo máximo, no lo es. Todo puede mejorar, incluso tú, y lo aprendes de la manera más dura.

Aprendes a valorarte

Lo más importante es que una vez que te recuperas del golpe, puedes mirarte al espejo y ver nuevas marcas, y cada una de ellas te va haciendo más mujer y más humana. Cada cosa que aprecias es parte de tu experiencia. Estás ligera porque te deshiciste de tu pena y recuperaste la ilusión, porque valorarte significa saber que mereces dejarte amar y volver a hacerlo.