La mujer cosa

Lee la nueva columna de Rodrigo Jarpa sobre esa facilista forma que tienen muchos hombres de cosificar a las mujeres.

Hoy ando grave… quizás por el hastío que me genera ver cómo cada vez, nos relacionamos más con las personas como medios para fines, como objetos parciales cumpliendo funciones especificas, como una paja con más estimulo…

La sexualidad como forma de evitación más que de contacto. Esto es pan para hoy y hambre para mañana. Antes ironizaba diciendo que tengo la consulta llena, gracias a la iglesia católica; ahora digo lo mismo, pero agrego en mis agradecimientos a la “liberación sexual” de la que somos esclavos.

Los hombres hablan de las mujeres como pedazos de carne y las mujeres se están contagiando… lo siento, pero todos vivimos bajo la ley de la gravedad y las tetas se van a terminar cayendo irremediablemente.

En Estados Unidos a un 53% de las niñas de 13 años no les gusta su cuerpo. A los 17 años ese porcentaje aumenta hasta un 78%. El número de cirugías estéticas en menores de 19 años se triplicó entre 1997 y 2007 y hoy, las mujeres gastan significativamente más plata (entre 12 mil y 15 mil dólares en productos y salones de belleza) en alcanzar los ideales que imponen los medios, que en su propia educación.

Esto último, muchas veces encubierto bajo un falso empoderamiento femenino, en que la mujer moderna es autónoma e independiente, sabe lo que quiere, lo que necesita y va por ello.

Al cosificar a las mujeres, les restamos poder y así nos seguimos protegiendo del pánico que nos da la mujer realmente empoderada. La capacidad de su atractivo interior,  lo reducimos a un buen culo o un par de tetas turgentes. Por otro lado, es evidente que es más fácil agredir a una cosa que a una persona.

El siguiente texto, lo escuché por primera vez en mi adolescencia o antes… cuando mi mente obtusa por las hormonas no veía mas allá de un par de pechugas, pero ahora que lo leo, lo leo distinto.

2No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado? ¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. ¡María Luisa! ¡María Luisa!… y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando”.

Oliverio Girondo