Cuando trabajé en un sex shop

“Varios se estarán imaginando que bailé semidesnuda atrás de un vidrio”.

Varios se estarán imaginando que bailé semidesnuda atrás de un vidrio o que atendí un local del centro de Santiago lleno de tipos con gabardinas largas, pero lamento decepcionarlos, no es así. Hace unos años estaba desempleada y me ofrecieron una interesante oferta laboral que no pude rehusar solo por el hecho de ser un rubro que me serviría más adelante en mi trabajo como periodista por las historias que de ahí se desprendían.

El trabajo era simple pero sumamente divertido, tenía que atender un sexshop bien conocido donde debía ofrecer varios juguetes eróticos como dildos, vibradores, lencería súper sexy, arnés, entre otras cosas que ni se imaginarán.

La primera mañana todo marchó tranquilo, obviamente estaba nerviosa porque no sabía cómo ofrecer los productos. No era primera vez que trabajaba como vendedora, no se me hace para nada difícil, pero estos productos debían tener referencias convincentes. Había que vender placer máximo a los consumidores. Y el problema es que yo no los había probado, solo sabía a grandes rasgos lo que debía decir en temas de material o cuidado.

Cuando llegó la primera clienta era una ejecutiva como de película porno. Era extremadamente sexy con lentes, el pelo tomado, un traje de sastre donde su falda escasamente cubría sus muslos. Pero era una tipa seria y reservada. De verdad me llegó a intimidar. Cuando comenzó a ver las cosas comencé con mi speech…”Estos productos son fabricados con látex 100% hipoalergénico, hay en diversos tamaños, etc…”

La tipa me paró en seco y me detalló lo que quería con nombre y apellido, era una profesional del sexshop. Me la imaginé como una dominatrix que se sacaba los lentes, se soltaba el pelo y en cámara lenta lo hacía caer sobre sus hombros mientras sacaba el látigo. Que miedo.

Completé su lista de requerimientos y me dijo “aaaaa….y un gel lubricante” miré la vitrina y le pasé el que tenía más a mano, ella me corrigió porque quería el tamaño Maxim. Lo puso en su bolsa y se fue.

Con el pasar de los días llegaba gente de todas las edades y estilos a buscar la solución a todos sus problemas, la mayoría mujeres que además de ir a comprar se paseaban por la tienda para recibir todo tipo de consejos de sexo o amorosos. Con el tiempo me fui convirtiendo en una experta en estos temas.

Un vez llegó un grupo de amigas que se quedó como una hora riendo y conversado de sexo, fue todo un capítulo de Sex and The City. Ellas estaban buscando regalos para la despedida de soltera de una amiga, cuando se fueron además de llevarse los regalos para la novia cada uno se fue con un amiguito con pilas en la cartera.

Es increíble todo lo que hablamos las mujeres cuando estamos solas. No hay pudor, yo estaba en la universidad y no era una mujer muy experimentada pero en ese trabajo ¡saqué muy buenas ideas!. Otra vez llegó una mujer de mediana edad a comprar dos vibradores, le recomendé las joyitas de la tienda, pero ella quería los clásicos a diferencia de la mayoría que buscaba las cosas más freak. Le dije de broma que si le gustaba variar y si por eso compraba dos, pero me respondió que uno era para ella y el otro se lo había encargado su mamá. Quedé plop! creo que jamás le compraría uno de esos a mi mamá.

La desinhibición era total. Me encantaba, cuando las mujeres visitaban el lugar con sus parejas ellos eran los más vergonzosos, totalmente reservados mientras sus mujeres hacían bromas sobre el tamaño y la intensidad de la vibración. Los tipos parecía que se querían enterrar pero lo superaban, con una mirada de sus amantes. Me imagino lo divertido de ir a comprar en pareja productos para jugar en la intimidad. Complicidad total.

Duré un mes en ese trabajo, pero las historias son para el campeonato. Fue sin duda una experiencia inolvidable.