¿Cuánto pelan las mujeres?

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Acá en Chile, chismosear o chismear se dice copuchar. Si esas copuchas hablan mal de alguien, quiere decir que lo “pelamos” o sea, le quitamos la piel y lo exponemos. Cuando a uno se le ponen las orejas rojas, la creencia popular es que a uno lo están pelando.

El que esté libre de pelambre, que tire la primera piedra. Conozco a muy poca gente que no ha pelado a nadie conmigo. Siempre he pensado que entonces, me pela a mí con otros.

No es bonito hablar de los demás si los demás no están para defenderse. Si se trata de figuras públicas, bueno, no queda otra; siempre podremos hablar de Amy Winehouse incluso cuando vivía pero no le íbamos a pedir que estuviera en todos los lugares del mundo donde se hubiese estado hablando de ella. Pero aunque no sea bonito, igual se hace.

Una encuesta de estas súper científicas y creíbles en las que siempre me baso (Sí claro ja) arrojó como conclusión que las mujeres pasamos, en promedio, cinco horas al día pelando. Lo que nos deja sólo 19 horas para trabajar, comer, ir al baño, trasladarnos a nuestro lugar de trabajo, dormir, hacer deporte y todo lo que queramos hacer. No sé a ustedes, pero al menos a mí, la matemática no me da.

Una mujer que pensaba lo mismo que yo, comenzó a llevar un diario del copuchenteo; o sea, anotó todo lo que copuchó en un día.

“Ella tuvo sexo con su amante en el asiento trasero del auto de la esposa” le cuenta una amiga sobre otra amiga a su amiga. Luego de una hora de hablar por teléfono, la mujer le corta a la amiga y le dice “nos vemos en la noche”. Entonces el hijo le dice “Si la vas a ver a la noche…¿Porqué hablaste con ella una hora por teléfono?

Luego la llama su mamá para contarle cosas de sus compañeras de colegio, luego le toca el timbre su vecina para contarle que otra vecina se puso extensiones pero que en realidad no entendía cómo si no tenían plata, después la va a ver una amiga y hablan sobre las operaciones a las celebridades. Después se va a tomar un café, se encuentra con alguien, y adivinen qué hacen. Copuchan. Después llega la amiga que había visto en la mañana a comer. Y siguen copuchando.

Entonces en la noche, el hijo le dice a la mujer: “Tú y tus amigas son patéticas. Ya entiendo porqué los hombres dicen que no pueden entender a las mujeres. ¿Cómo pueden hablar tantas porquerías todo el tiempo?

Oh, qué sabe él. Piensa la mujer.

Qué terrible. Y qué bueno. Qué terrible que un tiempo de mi vida yo era un poco así. Me despertaba en la mañana, tomaba desayuno y comenzaba a llamar a mis amigas. Primero, a las que yo pensaba que podrían estar despiertas. Luego, a las más dormilonas. Obviamente, no todas respondían el teléfono, o respondían y no podían hablar mucho. Luego me levantaba, revisaba el mail, el facebook, algunos blogs y me iba al gimnasio. Luego volvía a casa, me duchaba, dependiendo de la necesidad me depilaba, hacía pedicure o masajes en el pelo. Almorzaba,  y dormía siesta. Después trabajaba en la tesis. O salía con mi mamá. O me juntaba con alguna amiga. Y en la noche me juntaba con mi pololo.

Obviamente, no era tan así todos los días. Trabajaba freelance y a veces podía trabajar desde casa a la hora que quisiera pero otras veces no; otras veces tenía que levantarme temprano e ir a hacer entrevistas. Otros días me despertaba y me pegaba al computador, no precisamente para revisar facebook, sino para trabajar. Otros días, completaba la “lista” de llamadas sin poder ubicar a nadie, haciendo que mi día de trabajo cundiera mucho más.

Y cuando llamaba a mis amigas, hablábamos mucho. ¿Cómo estás?¿En qué estás?”En serio no sabía y qué tal eso”. Desahogos de conflictos maritales, pololísticos, amiguísticos, familiares, tanto míos como de ellas. Un par de copuchas. Un par de pelambres. No creo haber llegado a un “promedio” de cinco horas. Pero si me junto con una amiga, lo que no ocurre demasiado, lo más probable es que hablemos de puras huevadas.

Ahora, eso es impensable. Si llego a hablar por teléfono con alguna amiga, es porque lo hago entre 8.30 y 9.00 am, tiempo en que voy caminando al metro. Pero como los minutos de celular no abundan, no se puede. Otro poco en la tarde y quizá, quizá, un rato en la noche, siempre y cuando ese día no me junte con mi pololo, y todo con el teléfono inalámbrico mientras me cepillo el pelo, quito el maquillaje, me echo crema, me pongo piyama, ordeno la ropa y la cartera para el día siguiente. Y sería. Es que no hay tiempo. Y eso quizá es bueno.

Si fuera dueña de casa, quizá podría hablar por teléfono mientras hago las camas, echo a lavar ropa, lavo platos o cocino.

Nada que hacer, es entretenido conversar. A veces una piensa que sería bueno conversar cosas más elevadas e importantes. Pero ¿qué hacer si los temas de conversación muchas veces surgen en esos términos? ¿Si de alguna forma extraña, cuando compartimos un pelambre, nos sentimos más cerca de nuestras amigas?

Si nos juntáramos más seguido, eso no ocurriría. Claro, hablaríamos de superficialidades, nimiedades, copuchas y pelambres, para luego pasar a discutir temas de importancia.

En todo caso, si lo pienso bien, es un placer culpable. sé que no está bien andar hablando de otros. Sé que pierdo el tiempo, que nada me aporta, que mejor hiciera otras cosas, que es desagradable. De hecho, cuando escucho a las personas pelando, me molesta. Me molesta por ejemplo, cuando he estado en ambientes laborales donde el pelambre es una constante. Es más, me pregunto cómo se la arreglarán esas mujeres para hacer su trabajo y además pelar. O les están pagando demasiado, o tienen menos pega de la que pueden manejar.

Digamos la verdad: ¿Ustedes son buenas para la copucha y el pelambre? ¿O sólo para la conversación de tonteras en realidad?