Mujerolatría: Me gustan todas las mujeres

Rubias y morenas, gordas y flacas, toda mujer tiene una belleza que descubrir

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Flaming June, de Lord Frederik Leighton

Ya que mi primera columna tuvo buena acogida, me animé a hacer una confesión. Vengo a declarar ante el mundo que me gustan todas las mujeres. Que todas son hermosas, que cuando una mujer sonríe deja ver su auténtica belleza por un momento y un ojo bien entrenado puede captarla, en toda mujer. Si tengo que ponerle nombre, supongo que padezco de “mujerolatría”, aunque el término correcto sería decir que soy filógino o ginecólatra. Ambos suenan tan mal que prefiero la palabra que inventé yo.

Por otro lado,  no lo digo 100% en serio, y algunas mujeres no me gustan. No voy a dar ejemplos pero tengo mis gustos y dentro de ellos, aunque me aparto del estereotipo, no es por mucho. Al final, “Me gustan todas las mujeres”  no es un comentario que haya que tomar al pie de la letra, sino ir al fondo de la sentencia. Cuando digo que me gusta todo lo que tenga dos cromosomas X no es porque no discrimine, sino porque vivo enamorado de la belleza femenina con la misma fascinación que un naturalista intenta clasificar y entender la infinita variedad que ofrece la naturaleza.

Mirando a las mujeres, me imagino viendo toda la serie de acontecimientos que llevaron a ese rostro a tomar esa forma a lo largo de los años, y a veces en las arrugas hay más belleza que en el cutis nacarado de una modelo photoshopeada.

Prefiero ponerme el parche antes de la herida y partir diciendo que no soy un hombre infiel. Tuve mil aventurillas cuando era universitario. En buen chileno me hice mierda en esos años, pero luego me casé y me fui poniendo más sedentario. Seguí carreteando con los amigos como soltero por unos años, pero al final la inercia de los treinta y tantos me la fue ganando. Tengo amigos de 40 que salen con dos minas de 25 (alternadamente) y yo digo: “Si una mujer me tiene como estoy, con dos ya estaría muerto”. Es como lo que dice el Decameron: No bastan dos hombres para satisfacer a una mujer”. El hombre que quiera satisfacer a más de una vive un permanente engaño en donde el más engañado es él.

Empecé poniéndome el parche antes de la herida porque cuando uno dice que le gustan todas las mujeres la primera reacción es pensar que soy un lacho o un promiscuo. Pero no he dicho que me tire a todas las mujeres, digo que me gustan.  Aprendí hace tiempo que los gustos y los impulsos son cosas distintas. Si no controlas el impulso de tirarte a cualquier mina que te guste, entonces  eres como un animalito. Si me está leyendo un veinteañero déjenme decirles que estas perlas de sabiduría se adquieren después de muchas noches filosofando con los amigos. De tanto repetir leseras estando curado, algunas se te quedan incorporadas y permanecen ahí estando consciente.

Volviendo al tema, me doy cuenta de que voy por el mundo fascinándome varias veces al día con las mujeres que veo en la calle. Me gusta el caminar ligero de las flacas, y me gusta el contoneo voluptuoso de las gorditas. Me gusta la mirada entusiasta de las jóvenes, y en el ojo cansado de la señora cincuentona que atiende la zapatería de la esquina, veo brillar el fuego de una mujer joven que se fue marchitando a fuerza de trabajo rutinario. Mis ojos invierten entonces el curso del tiempo, trato de adivinar los huesos bajo la piel ajada, y sobre ellos depositar a cambio las mejillas de la joven que una vez existió y tuvo mil admiradores. Me gusta el desparpajo con que una mujer que se sabe regia ostenta soberbia su belleza ante el mundo, y me gusta descubrir la belleza que se oculta en una mujer que se siente fea y no se saca partido. Mis ojos logran descartas los anteojos poto-de-botella y los chalecos jetones. Hacen un fashion emergency en tiempo real y siento que por un momento soy dueño de un tesoro secreto que nadie había encontrado.

No les voy a decir que soy inmune a los estereotipos de la belleza. Obvio que encanta Megan Fox y Gwyneth Paltrow y Evangeline Lilly, no estoy ciego tampoco y no soy tan cínico como para decir que sólo me importa la belleza interior. Pero mi postura es que la belleza no es un alguien sino un algo. Cuando miro a Megan Fox estoy mirando la misma esencia de ese algo incomprensible que por unos segundos puedo adivinar en los ojos de la señora de la zapatería. Claro, es mucho más fácil encontrarla en Megan Fox porque las hormonas piensan por sí mismas y me empujan a sentir que ella es la belleza encarnada. Pero eso es ilusorio y, en cambio, hay un ejercicio racional en rescatar la belleza de un rostro viejo, que asemeja el reparar un retrato adivinando minuciosamente cómo era cuando recién lo pintó el maestro. Me imagino la historia en cada arruga, como si fueran quebradas erosionadas por muchos llantos.

Me gustan las mujeres con mucha ropa porque adivino la silueta desnuda que cubren con pudor. Me gustan las mujeres con poca ropa porque pocas cosas son tan visualmente atractivas como la piel de una mujer. Me gustan mis vecinas, y las pololas de mis amigos, y las amigas de mi señora, y mis compañeras de trabajo y de universidad y de colegio, y mis profesoras y las cajeras del peaje, del supermercado y del banco. Es tal como puse al principio. Me gustan todas las mujeres.

Y aunque no soy un hombre infiel, así como juego a desnudar mentalmente a las vestidas, y rejuvenecer mentalmente a las más viejas, también me pregunto en la infinidad de posibilidades que existen de haber tenido una vida distinta con una mujer distinta. Cuando las escucho hablar y reir, o siento su perfume en el metro, me pregunto cómo habría sido mi vida si el destino hubiera unido mi camino con el de cada una de ellas en vez de la que se convirtió en mi mujer. Me pregunto por el universo insondable que hay detrás de los ojos de cada una de ellas. Sus frustraciones y anhelos, sus grandes triunfos y sus puntos débiles. A qué sabe su aliento luego de un beso, o cual es su tono de voz cuando susurra en la intimidad. Cómo será compartir un atardecer y escuchar  sus recuerdos de infancia. Me pregunto cómo sería haber vivido la vida de cualquiera de los hombres que ellas han elegido como compañeros. Me pregunto si yo las haría más felices o ellas me hubieran hecho infeliz. Si hubiera curado a las que estaban heridas, o si hubiera herido a las demás. Me visualizo en la enorme telaraña en donde cada posible nudo es una vida juntos que no ocurrirá, para bien y para mal.

De alguna manera soy dolorosamente consciente de que admirando la belleza sólo rasguño la superficie de personas cuyas vidas nunca se entrecruzarán con la mia, que soy un analfabeto paseándose por una biblioteca donde sólo atino a admirar la portada de cada libro. No es que vea a las mujeres como un simple objeto ornamental, pero admirar el aspecto estético del sexo opuesto está muy lejos de entenderlas ni un poquito.

Miro a cada mujer y veo al mismo tiempo la belleza y la inminencia del destino. Al mismo tiempo percibo juntas la cuna y la tumba, y en el viaje único de cada una entre ambos puntos, la estela de belleza irrepetible de la que toda mujer es parte, y que es parte inmanente y consustancial de toda mujer. Y entonces hago una pausa para leer todas las tonteras que escribo y pienso, a veces, que debieran meterme a un manicomio y, otras, que tengo un don. Si acaso es un don, entonces debo recono cer que no es tan útil como volar o tener superfuerza.

No se gana plata con este don como cuando se es buen tenista o futbolista, pero sigue siendo un don. Mi don es que me gustan mucho las mujeres, todas ellas, y que mis ojos me permiten ver la belleza incluso en las que se apartan del estereotipo, o se han descuidado o no se sacan partido. Como dije, a lo mejor es el tipo de cosas que lo conducen a uno al manicomio si las dice en voz alta. Y como yo no soy huevón, en vez de decirlas en voz alta las escribo en un blog y con seudónimo.

Nos vemos!